Verdades incómodas

Opina - Conflicto

2017-09-30

Verdades incómodas

La patria, o lo que queda de ella, es una mala madre: amenaza, secuestra, despoja, mata: es igual de amoral e insensible que lo señores con los que se prostituye.

Cada tanto, las madres patrias, construidas sobre pantanosas leguleyadas, son lanzadas por sus hijos al averno para que purguen sus culpas y recuperen la vergüenza.

Si las patrias –parteras de desgracias mitológicas- se pudieran escoger, como se escoge la marca de unos tenis, muchos se sentirían orgullosos emperadores que acaban de ganar una guerra, por no haber escogido esta; otros, entre ellos quienes la escogieron y quienes no, dirán que tan solo es más de lo mismo.

Por lo general, las madres jamás toman decisiones que pongan en peligro la sinuosa vida o la limitada felicidad de sus hijos. Pero en la naturaleza humana hay excepciones -y, sobre todo, justificaciones.

Entre 1985 y el 2013, indican los promedios, un colombiano fue secuestrado cada ocho horas y al menos cuatro murieron simultáneamente en una masacre cada semana [1]. En 1965 es dictado el decreto 3398, convertido en legislación permanente con la ley 48 de 1968, una ley colombiana que empezó a incubar uno de los actores responsables de las macabras cifras: el paramilitarismo.

Dicha ley permitía que el Estado fortaleciera a grupos civiles que estuviesen defendiéndose “del comunismo armado, vendiéndoles armas y [proporcionando] entrenamiento y coordinación” militar. Según lo narrado por María Teresa Ronderos en su libro Guerras recicladas [2] –una meticulosa investigación sobre el contagio y la metástasis de la enfermedad- el primer paramilitar del país brotó en Puerto Boyacá. Después de que las FARC secuestraran, en 1979, un hijo predilecto del pueblo y se burlaran de quienes pidieron su libertad, Henry de Jesús Pérez decidió pedir ayuda al Batallón Bárbula del Ejército para que apoyara el grupo paramilitar que él quería conformar junto a sus hijos y otros finqueros del municipio boyacense.

El Ejército solo tomó en serio a Pérez cuando él y sus compañeros de causa asesinaron a nueve guerrilleros que cobraban vacunas en la zona. En 1981, Luis Antonio Meneses alias “Ariel Otero”, por entonces teniente del Batallón Bárbula y quien sería el segundo al mando de la emergente organización paraestatal, decidió unirse a Henry Pérez y sus muchachos. “Según testimonios recogidos por el investigador Carlos Medina Gallego, hubo una reunión formal de todos los poderes de Puerto Boyacá para sellar la creación del grupo armado antisubversivo. A esa reunión acudieron el alcalde militar [Oscar] Echandía, representantes de la Texas Petroleum Company, ganaderos, jefes políticos, la defensa civil, miembros de las Fuerzas Armadas, comerciantes e invitados especiales”. [3]

El Ejército también fue un aliado clave de Los Escopeteros, el grupo armando que Ramón Isaza formó para defenderse de las vacunas de la guerrilla en Sonsón, Antioquia. La IV Brigada del Ejército donó las primeras ocho escopetas calibre 12 mm y tramitó los permisos correspondientes para que Los Escopeteros las usaran.

En “Declaraciones que “Ariel Botero” dio a la policía (…) explico que él supo de tres reuniones nacionales de coordinación entre las Fuerzas Armadas y los paramilitares, y aseguró que se montaron 22 juntas de autodefensa campesina en 17 departamentos, con las cuales el Ejército se coordinaba por radio y tenía un oficial destinado a ello”. [4]

Además, Henry Pérez dijo a la Revista Semana que el coronel Yanine Díaz, nombrado en 1983 comandante de la XIV Brigada del Ejército bajo cuyo mando estaba el Batallón Barbula de Puerto Boyacá, acostumbraba a justificar su apoyó al grupo armado de Pérez con esta frase: “Nosotros partíamos de un principio: para combatir al enemigo nos uniríamos hasta con el diablo”.[5]

Investigaciones del DAS concluirían que en la Finca La Paz, cerca de Puerto Boyacá, integrantes del Ejército preparaban militar e ideológicamente a civiles reclutados por Pérez. “Soy contraguerrilla, y en mi pecho llevo el odio contra las guerrillas comunistas. Quiero venganza, mucha venganza. Quiero sangre, mucha sangre, para calmar mi sed”, repetían, a una sola voz, los futuros milicianos. [6]

Los paramilitares son egresados de Universidades militares, financiadas por empresarios, y certificados por empresarios electorales –mejor llamados políticos o “caciques- que se beneficiaban burocrática o patrimonialmente.

Desde el 2006 hasta el 2016, la Procuraduría “registró 519 procesos disciplinarios contra funcionarios: el 50 % de ellos recaían sobre alcaldías (109 procesos), gobernaciones (37), Concejos municipales y Asambleas departamentales (40) y el Congreso de la república (73) por vínculos con grupos paramilitares o con bandas criminales”. [7]

Hace unas semanas, la reforma constitucional que pretendía prohibir el paramilitarismo excitó la opinadera de la neurasténica opinión pública. El politólogo Pedro Medellín y la periodista María Isabel Rueda consideraron que la propuesta además de inviable, era aberrante puesto que el único artículo del acto legislativo insinuaba que “en Colombia ha sido legal armar grupos paramilitares. Lo cual es absolutamente falso y tremendamente injusto con el Estado colombiano y con la sociedad que lo constituye”. [8]

-Decía Emilio Lledó que “recorrer nuestra propia vida en ese espejo de lo que hemos sido, nos hace descubrir el rostro interior que nos acompaña”-. Parece lógico que la filiación cromosómica y metafísica con la madre patria desencadene en la negación de lo innegable.

Si repasamos arbitrariamente la historia, la verdad no destruyó castillos pero desequilibró el funcionamiento natural del ecosistema político y social. En estos momentos de nuestra angustiosa historia -que Daniel Ferreira bautizó como la “tergiversación de la batalla. La lucha por el control de la verdad, por sanear a las instituciones de la responsabilidad y sacarlas de la historia universal de la infamia”- [9] la sociedad colombiana debería hacerle un juicio moral a la patria. Tal vez sirva –solo- para darnos cuenta que si muriera la madre patria, quedaríamos bajo el amparo de nuestra despiadada y cínica indolencia.

 

 

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[1] Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.23)
[2] Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.34
[3]Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.35
[4]Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.53-54
[5] Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.45
[6] Ronderos, M. Teresa (2014). Guerras Recicladas. Penguin Ramdom House, Colombia. P.58
[7] Ver: http://www.semana.com/nacion/articulo/procuraduria-adelanta-519-investicaciones-por-parapolitica-y-bacrimpolitica/470010
[8] Ver: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/maria-isabel-rueda/colombia-paramilitar-columna-de-maria-isabel-rueda-119112
[9] Ver: https://www.elespectador.com/noticias/cultura/los-magnificos-articulo-701780

 

Juan Alejandro Echeverri
"No sabia que quería ser periodista hasta que lo fui y, desde entonces, no he querido ser otra cosa". Comunicador Social en formación. Amante del fútbol y devoto de los libros.