¿Vaso medio lleno o medio vacío?

Opina - Conflicto

2017-03-29

¿Vaso medio lleno o medio vacío?

Razón tiene Henry Acosta, -el famoso empresario que contribuyó al acercamiento inicial entre las FARC y el gobierno, aún desde los tiempos del Expresidente Álvaro Uribe Vélez-, cuando afirma que la respuesta a la pregunta sobre los avances o dilemas iniciales de la implementación, varía según la fecha en la que se realice, el espacio territorial de donde provenga o el personaje o actor que la emita, ya esté vinculado al desarrollo del proceso o en plena oposición al mismo.

Efectivamente, más rostros de optimismo o de “vaso medio lleno”, hicieron presencia en el balance del proceso de paz que se llevó a cabo, en el acto de lanzamiento del Observatorio de Paz de la Universidad Libre en el Posconflicto (23 de marzo de 2017), quizás aupado, tanto por los directivos líderes del proceso, académicos y estudiantes, como por el selecto y comprometido grupo de invitados, tan prestos a impulsar la paz, aún a costa de sus propias vidas. Es posible que algunas voces pesimistas, de rotunda oposición y de percepción de “vaso medio vacío”, hayan faltado en el escenario.

Pero el optimismo, va más allá de ver lo que queremos ver. Sin duda, el mayor avance y motivo de orgullo y jactancia, está en la terminación de la guerra entre las FARC y el ESTADO. Y este es el punto más importante del balance, sin duda olvidado o minimizado por miles de colombianos y por aquellas lánguidas y aireadas posturas que avasallan y golpean a diario, el actual proceso de implementación. Escuchar a un otrora actor de la guerra decir en un solemne acto académico: “no vamos a retroceder”, “la parte más importante del posconflicto ya se cumplió, la culminación de la guerra es un hecho”, sorprende de manera contundente, muy a pesar de las condiciones precarias de su guerrillerada e incluso de las dificultades que ha tenido la creación de la Justicia Especial para la Paz y de la inclusión de serias transformaciones a la versión inicial presentada, así como la lenta y preocupante aplicación de la Ley de amnistía.

Grato escuchar a un ex actor de la guerra, -el señor Carlos Antonio Lozada, Miembro de la Delegación de las FARC en los diálogos de La Habana- con la entrañable certeza de haber cerrado una puerta de dolor, aún bajo la incertidumbre propia de esta fase inicial. Presenciar el desarme de los fusiles y de las “mentes”, frase utilizada reiteradamente por Henry Acosta, o “el regreso a la civil” o “a la vida política, familiar o social sin fierros”. Claro está, sin olvidar que esta historia no fue construida de forma unilateral por las FARC y que, por lo tanto, no es la única culpable.

La guerra terminó, pero la paz y el posconflicto apenas comienzan. El gran reto, “cumplir el acuerdo”, avanzar en la pacificación concertada del país, el fin del ELN como movimiento ilegal y su posible reconstrucción como partido político o movimiento social. El tema es de gran calado, y de gran complejidad en un país que ha construido su historia al lado de las armas, la cultura del dinero fácil, el “cuartico de hora” y la corrupción. Una Colombia que se acostumbró a andar con el fusil en la mano y la mirada en el enemigo, para silenciarlo eternamente.

Una organización territorial que ha permitido el despojo, el destierro y el abandono, muy de la mano de los acendrados y egoístas sentimientos centralistas. Organización que hoy deberá darle una respuesta a los miles de guerrilleros que “llegaron para quedarse” en esos nuevos territorios de paz y a las víctimas, las verdaderas beneficiarias del proceso de paz. En palabras del académico Francisco Barbosa, “el acuerdo no es de las FARC ni del gobierno”, “el acuerdo es del Estado colombiano y de manera especial de las víctimas, que bajo lógicas de justicia transicional y perdón, están a la espera de la reparación y la no repetición, además de la creación de las condiciones para el “nunca jamás”.

En el balance quedan tristemente librados los asuntos del Estado en materia de implementación. Más optimismo y disciplina se observan en las filas de las FARC.

Por ejemplo, en materia legal, desconcierta la lentitud contradictoria de la famosa estrategia del “fast track”, tan a la deriva de los vaivenes e intereses de los políticos. Tal como lo he señalado en otras columnas, lo ideal hubiese sido una Asamblea Nacional Constituyente, una “carta de batalla”, así como lo presenciamos en el año de 1991 con el M-19, pero los miedos, se apoderaron del país y la polarización. Ya se avizorará pronto este instrumento.

Por ahora este mecanismo excepcional con los ordinarios, son la única alternativa para impulsar tantas reformas constitucionales y legales que escandalizan a todos aquellos que aún no entienden las lógicas transitorias y de excepcionalidad por las que transcurre el país para superar la guerra. Leen el posacuerdo con los lentes del Estado de Derecho “ordinario” y “tradicional”, peor aún, arropados con los intereses electorales del año 2018, que convirtió a la paz en el caballito de batalla y de caza votos, estrategia propia del mundo del populismo.

Imagen cortesía de: Mi Región

Donde ven sustitución o muerte de la Constitución Política de 1991, yo veo reconstrucción constitucional en la fase del posconflicto. Los avances son lentos y poco ayuda la baja imagen del presidente Juan Manuel Santos y los escándalos del mundo de la corrupción, hoy tan visible – ante el fin del “enemigo eterno”: Las FARC. En cualquier caso, escándalos que también ensombrecen el ambiente del posconflicto, tal como lo afirmó el alto directivo de la Universidad Libre, Dr. Jorge Gaviria Liévano: “Nos preocupa que los nubarrones de corrupción que agobian hoy al país y a la región se puedan convertir en peligroso pretexto para evitar que el proceso de construir la paz se cumpla con el ritmo acelerado que demanda”.

Frente a los retos políticos, además de los propios de la lógica de oposición y de las reformas que se avecinan en materia electoral -en mi criterio tan necesarias-, el principal está en defender hasta la saciedad los acuerdos y los futuros procesos de paz. Tal como lo señaló Humberto de la Calle Lombana: “impulsar una gran alianza nacional”, un movimiento tan contundente como aquel que surgió ante el preocupante “triunfo del NO”. Dejar el tema de la paz en manos de la clase política tradicional es “hacerle conejo a la historia del país” y a este cierre de guerra, “no nos vamos a dejar arrebatar lo logrado”, “la paz vale la pena, va más allá de 2018, es un tema de Estado, del que se tienen que apropiar todos los colombianos”.

Finalmente celebro que esta clase de reflexiones se lleven a cabo en las aulas, los auditorios, los laboratorios, los observatorios, los paraninfos, en fin, desde la academia. Tal como lo han hecho Fernando Dejanon Rodríguez y Alejo Vargas, tan comprometidos desde hace varias décadas con estos nobles asuntos. El Profe Alejo Vargas insiste en el papel de las Universidades en la construcción del posconflicto, dicha tarea va más allá de los aportes del mundo de las ciencias sociales y del derecho. Sensibilización, creación de profesionales para la paz, apoyo académico, conocimiento e investigación de punta en los asuntos de reconstrucción territorial, reincorporación, creación de empresas colectivas, desminado, entre otros, constituyen el gran reto del mundo crítico y del conocimiento frente al posconflicto.

 

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Liliana Estupiñan
Doctora en Sociología Jurídica e Instituciones Políticas/abogada. Académica, investigadora y consultora en Derecho Constitucional y Régimen Territorial. Directora del Grupo de Investigación en Derecho Constitucional Nacional y Comparado de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre