Una negación ambiental

Opina - Ambiente

2017-09-07

Una negación ambiental

Durante varios años hemos conocido, compartido y escuchado críticas muy fuertes contra la práctica del monocultivo, en particular, contra la caña de azúcar, el café y recientemente, la palma africana; todos, cultivos amparados en la legalidad y en una institucionalidad presta a modernizar lo que supone “atrasado” o “pre moderno”; y en la ilegalidad,  encontramos a la marihuana, la coca y a  la amapola.

La disquisición que aquí se propone no busca proponer alternativas, solo busca, en un ejercicio del pensamiento, reflexionar alrededor de algunos de los sentidos o perspectivas desde las que podemos comprender el lugar, simbólico y físico, que tiene dicha práctica en un país catalogado como biodiverso y culturalmente diverso.

Así entonces, señalo que el monocultivo, como experiencia agrícola, constituye una acción transformadora económicamente rentable, para unos pocos, y por eso, viable y quizás perenne en el tiempo; en cuanto a lo social, el monocultivo resulta controvertible y controvertido en la medida en que genera y exacerba conflictos sociales; y desde una perspectiva ambiental, esa misma práctica y experiencia agrícola resulta evidentemente “no ecosistémica”, en el entendido en que el mismo monocultivo deviene con un carácter artificial.

Declaro al Monocultivo como una negación ambiental en el sentido en que borra conexiones, funciones y relaciones ecosistémicas.

Y por ese camino, modifica sustancialmente paisajes sobre los cuales diversas comunidades establecieron, muy seguramente, vínculos culturales y por tanto, unas emocionalidades sobre las que pudieron soportarse primigenias ideas alrededor de lo sustentable, entendido este vocablo, como el resultado de una relación inmanente entre seres humanos y los ecosistemas que el monocultivo aniquiló durante su proceso de “instalación”.

Además, el Monocultivo recrea una nueva estética que aleja al ser humano de la posibilidad de contemplar la variedad de plantas y animales que compartían y coexistían antes de su llegada. Eso sí, hay que decir que esta nueva estética, muy particular por cierto, no solo resulta diametralmente opuesta a la que de forma natural expresaron los pobladores cercanos a los paisajes y a los ecosistemas que remplazó el monocultivo, sino que sirve de dispositivo ideológico a procesos más amplios de homogeneización cultural asociados, por ejemplo, a las concepciones de desarrollo y progreso.

Un Monocultivo, igualmente, constituye un “cultivo” en el que la figura del campesino no tiene cabida, porque ya no se necesita: o la máquina lo remplaza o el cortero, viene siendo la imagen pauperizada de ese “viejo campesino”, hoy convertido en trabajador, proletario, operario o jornalero.

El carácter artificial del Monocultivo afianza el poder transformador del ser humano y valida la lógica del sometimiento sobre lo natural (ecosistemas poco transformados), erigiendo a la técnica y al desarrollo, por ejemplo, en materia de mejoramiento de variedades, en deidades que, como faros, aún iluminan a quienes fungen hoy como abanderados del desarrollo agroindustrial y verdaderos jinetes del Apocalipsis, si examinamos con cuidado los efectos negativos que dicha práctica agrícola tiene sobre la vida de campesinos, comunidades afrocolombianas y pueblos indígenas.

Al final, el Monocultivo, en cualquiera de sus variedades como el Café, la Caña o la Palma Africana, siempre estará asociado al triunfo de dos tipos de racionalidades, la capitalista y la científica, que se oponen a las racionalidades socio ambientales de aquellos pueblos primigenios que a través de la historia establecieron relaciones inmanentes con territorios y ecosistemas naturales.

 

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Germán Ayala
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.