Trump: Cuando el sistema se escupe en la cara (contiene spoilers)

Opina - Internacionales

2016-11-15

Trump: Cuando el sistema se escupe en la cara (contiene spoilers)

 

 

There’ll be the breaking of the ancient

Western code

Your private life will suddenly explode

There’ll be phantoms

There’ll be fires on the road

and the white man dancing.

 

Leonard Cohen. The Future.

I

Muchos analistas políticos que buscan entender la victoria de Trump caen en las mismas artimañas retóricas, reduccionistas y apocalípticas empleadas por el sujeto que critican. Que es el fin del mundo, que ganó el machismo racista y xenófobo, que colapsó la cultura, que los estadounidenses son unos idiotas. ¡Pff! ¿Dónde han estado viviendo los últimos cincuenta años?, ¿en Hollywood? Muchos actores amenazaron con abandonar el país si el magnate inmobiliario ganaba ­—los mismos que se enriquecen con una de las industrias más misóginas del planeta—, y claro, pueden hacerlo porque sus condiciones de vida se lo permiten, pero dudo que lo hagan, porque sencillamente nada cambiará en Bel Air.

II

Los que tienen pesadillas con el botón nuclear, compren un paquete turístico a Libia, Siria e Irak y embriáguense con el olor a pólvora y carne humana quemada, facilitado por la administración del decentísimo Barak Obama; recuerden que su anterior secretaria de estado, Hilary Clinton, empezó la tarea mucho antes, cuando era senadora, impulsando la invasión a Irak. Que Trump prometió expulsar a 2,5 millones de migrantes, ¿no sabían que el afroamericano Barak Obama echó más gente que ningún otro presidente? Que Trump defiende la tortura, ¿nos podrían explicar qué es Guantánamo y cuáles son los procedimientos de persuasión más eficaces de la CIA? Que Trump no es un político sino un vil plutócrata, ¿entonces cómo es posible que la administración Obama salvara de la quiebra a seres tan indignos como los banqueros, con dinero público, mientras miles se quedaban sin casa? Que Trump desconoce la realidad del cambio climático, ¿y es acaso un gran avance reconocer los protocolos internacionales sobre los gases de efecto invernadero pero seguir manteniendo la dependencia de los hidrocarburos por simples intereses económicos? Sí, Trump es el anticristo.

III

A los que amanecieron tristes porque el heteropatriarcado blanco se tomará de nuevo las calles donde los hippies retozaban líricos y poliamorosos, y los negros cantaban blues de la mano de los policías despreocupados porque la revolución sí será televisada, me gustaría preguntarles si realmente creían que Hilary Clinton representa una verdadera alternativa a ese modelo hegemónico. La mujer blanca multimillonaria y heterosexual que aspiraba al puesto militar y político más poderoso del mundo, ha demostrado en toda su trayectoria que de haberlo conseguido, no haría más que personificar los valores masculinos de violencia y exclusión propios de este cargo. Su programa a favor de las minorías, las mujeres y los niños tiene un trasfondo corporativo y paternalista que no amenaza un ápice el monopolio institucional que distribuye, estratégicamente, roles e identidades. Por esto puede decirse que toda minoría que aspire a los beneficios económicos y sociales de la clase dominante, bajo los principios del capitalismo, legitima el sistema de opresión que tradicionalmente ha padecido.

IV

A los que les indigna que estemos ante una crisis cultural porque el representante de todo lo contrario al mundo letrado, liberal y sofisticado, un payaso vulgar y grosero, sea presidente de EEUU, habrá que recordarles que esta cultura, la occidental, nació con el germen de su destrucción cuando empezó a sembrar y acumular remolachas hace unos ocho mil años (un soplo, en comparación con los anteriores cien mil años de nuestra vida como cazadores recolectores).

La política, como el monoteísmo, males inevitables de las sociedades agrícolas, se ha vuelto mucho más sucia con el tiempo. Aguantamos su olor porque ha sido revestida de palabras correctas y modales exquisitos. Un teatro, una farsa, sin embargo, alguien que ha coqueteado con la televisión basura o el espectáculo audiovisual más kitsch y popular, como Trump, es visto con recelo por el sector bienpensante de la alta cultura que elogiaba la fotogenia de Kennedy o el pundonor de serie B de Reagan. Y ahí está parte de su éxito, en comparación con simuladores más refinados como Clinton, Trump hace de él mismo, ese es, por ejemplo, su principal rol en las películas en las que aparece, es Donald Trump, y lo hace tan mal que en 1990 se ganó un Razzie (los premios a lo peor del cine) por su papel secundario en una comedia romántica de fantasmas. Él es una caricatura que hace de caricatura, un farsante que se asume como tal, y si se mira bien, este no es más que un signo de autenticidad, el nuevo credo de la contemporaneidad. Los carismáticos Barack Obama y Bernie Sanders, en el espectro filosófico opuesto, también encarnan el evangelio de la sinceridad.

La diferencia entre un acosador que piensa que los mexicanos son violadores y una mujer que dice luchar por los derechos de las minorías, mientras apoya bombardeos que acaban con la vida de cientos de niños en el oriente medio, es que el pensamiento políticamente correcto de Clinton nos oculta que las cosas están andando mal desde hace mucho tiempo, nos tranquiliza en nuestra medianía y nos termina convenciendo de que escuchando hip hop pagamos nuestra deuda con el racismo.

Ambos son criminales.

V

A los que no saben cómo explicarles a sus hijitos que la mitad de los estadounidenses son unos idiotas emocionales sin sentido crítico, habrá que confesarles que la educación con ellos tampoco funcionó. Esa es precisamente una de las perspectivas más equivocadas al tratar de explicar el éxito de Trump, la supuesta ignorancia de una masa de obreros, blancos protestantes y guerreristas, perdidos como hienas en ese interior profundo y arcaico del país. ¿No es el mismo tipo de descalificación hecha por Trump al tratar a los migrantes como los portadores del mal? Culpar a la gente por ser pobre o por haber recibido una mala educación nos impide observar con verdadero sentido crítico las condiciones sociales y materiales que provocan ciertos comportamientos. No miremos al hombre, miremos la época. Ahí está la clave de todo.

Desde los últimos cincuenta años, hemos estado viviendo en un estado liminar, el punto gris de inestabilidad suscitado por grandes transformaciones, sutil y contradictoriamente interrelacionadas, entre las que se encuentran el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información, la emancipación de las minorías como efecto dinámico de las fracturas coloniales tras la segunda guerra y la flexibilización del capital bajo el modelo neoliberal. Bajo estas condiciones, es lógico sentirse perdido, pues han estado provocando la pérdida de un centro regulador de significados: de la Verdad, la Fe, la Identidad.

Con el neoliberalismo llegaron la precariedad y la terciarización laboral, la privatización de la seguridad social, el éxito económico como única promesa para la realización personal. En otras palabras, la imposibilidad de planear el futuro.

Con el reclamo de los derechos por parte de las minorías tradicionalmente excluidas, el Otro (negro, musulmán, gay, transgénero) se vislumbra como una amenaza al ordenamiento social que privilegia los roles e identidades binarias (hombre y mujer), heterosexuales y blancas, ordenamiento que es considerado, a su vez, natural y verdadero.

Con las nuevas tecnologías de la información se profundiza el culto a la personalidad y se debilita la resistencia a la frustración por las expectativas económicas y sociales no cumplidas. Los algoritmos de las redes sociales nos separan de los grupos con intereses opuestos y nos impiden trazar verdaderos vasos comunicantes entre colectivos ideológicos diversos. Somos unos lectores del siglo xx que todavía consideran el soporte escrito como algo verdadero (el periódico y el libro eran fuentes de autoridad, incluso un libro de fábulas como la Biblia). El gran reto educativo de nuestros días será enseñar a leer en el ciberespacio: identificar e interpretar montajes, difamaciones, tuits, teorías de la conspiración.

Lo paradójico es que muchas de estas situaciones son creadas por el mismo establecimiento que ofrece a Trump o Clinton como solución, paliativo o regulador, en el marco de un sistema electoral que solo funciona con publicidad y dinero. Trump ganó porque leyó esta desazón. Make America great again fue en realidad un pedido de ayuda de la gente, una expresión de la confusión, un clamor que ha sido mal entendido. Sus ideas a favor de la terminación de los tratados de libre comercio o su abierta animadversión por los matrimonios igualitarios son una muestra de su apuesta. Lamentablemente, la respuesta será el incremento de los ataques de odio. Es por esto que no habrá opción y la gente tendrá que salir a la calle, romper la soporífera condescendencia que la administración Clinton solo hubiese profundizado y asumir que la imaginación política no recae enteramente en sus representantes. El temblor del cambio que vivimos se hará más fuerte.

Publicado el: 15 Nov de 2016

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Jacobo Cardona Echeverri
Antropólogo y escritor. jacobocardona.com