Toro en el purgatorio

Opina - Cultura

2016-07-18

Toro en el purgatorio

En el purgatorio dantesco tendría lugar un particular encuentro. Siete terrazas -círculos- que en La Divina Comedia verían pasar las almas en pena de quienes hubiesen sido culpables de algún pecado capital.

En la cima del purgatorio, descrito por Alighieri como el ‘paraíso terrestre’, aquel lugar donde las almas permanecen inocentes y se preparan para su ascensión al paraíso, yacía Lorenzo aún confundido por los hechos que le habían llevado allí. Se levantó sorprendido por su inmaculado lomo que ya había sido librado de banderillas y manchas de su propia agonía. Miró hacia la falda de la montaña y divisó un rostro conocido.

De la primera terraza –la de los culpables de soberbia- venía llegando Víctor con una piedra sobre su espalda que le hacía caminar encorvado como a todos aquellos que habían pecado de engreimiento en su paso por la Tierra. Lorenzo sintió temblar sus patas por un momento al verle acercarse, pero al notar que ya no traía traje brillante ni capote cambió sus temores por bondades. Le tendió una pezuña para ayudarle a subir tan empinada cuesta y mientras le quitaba la piedra de encima se dirigió al exhausto mártir:

  • Te debo una disculpa, ¿eh? No he querido lastimarte, tan sólo estaba asustado y las banderillas me alteraron más de lo debido. Hice un mal movimiento y no pude esquivarte. ¿Sabes? Estaba muy nervioso y en cuanto se han abierto las compuertas no he sabido para dónde correr, quería volver a mi prado. Las gradas estaban ardiendo y no sabía si pedían tu vida o la mía, las dos se han quedado en el ruedo y tal vez aún no les baste. Desde pequeño me dijeron que mi destino era ser usado en una metáfora en la cual el hombre enfrenta sus miedos. Dime, Víctor, ¿Por qué las metáforas matan? A decir verdad, prefiero estar aquí, este purgatorio me agrada más que al que me llevaron la última vez, allí en ese círculo en que te conocí, donde creímos ser ovacionados y ha bastado con toparnos aquí y ahora para entender que más que aplaudir nuestra presencia lo que en verdad les emocionaba era la hipótesis de la muerte, la tuya o la mía. Y aunque ahora se anuncien muy enlutados por tu destino, sentirán que su boleto lo ha valido porque no hay mejor hipótesis que la que encuentra su correlato en el ruedo.
Imagen cortesía de: www.davidhammerstein.com

Imagen cortesía de: www.davidhammerstein.com

Víctor le escuchaba atento a Lorenzo mientras tocaba su pecho sin saber si era la cornada o la disculpa inocente lo que le punzaba el corazón.

  • Intenté explicarle a tus amigos –continuó el toro- pero no escucharon razones. Les grité que no había sido mi intención, que no quería hacerte daño y que sólo intentaba volver a mi corral. Intenté recordar cómo logran tus amigos disculparse ante la muerte, pensé en decirles que la tuya había sido una jugada artística, pero ni siquiera con la seguridad de convencerles sería capaz de deshonrar tu caída con tan macabra disculpa. Tus amigos vinieron enfadados a deshacerse de mí. Ni siquiera luché, llegué a pensar que lo merecía por haber sido tan torpe. Ahora, estando ambos aquí yo quisiera escuchar tu versión. ¿Verdad que ambos estamos aquí por accidente? ¿Verdad que a ti también te han obligado a entrar al ruedo? ¿Verdad que tampoco pensabas que era arte? No doy crédito al disfraz que llevabas. Le temí al ruedo y a la afición pues con dicho contexto es difícil explicar que la muerte -por cornadas o estocadas- no es justicia ni mala suerte.

Y mientras Lorenzo echaba sus casi 600 kilos sobre el sempiterno prado dispuesto a escuchar un relato sin autoincriminaciones, Víctor sólo atinó al silencio mientras se preguntaba sobre la justeza de los hechos en la Plaza de Teruel.

Publicada el: 18 Jul de 2016

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Mateo Córdoba Cárdenas
Estudiante de Sociología, Universidad Nacional de Colombia. Miembro de Congreso de los Pueblos y Plataforma ALTO.