Soy asesino y padre de familia. Alejandro somos todos

Opina - Literatura

2017-05-05

Soy asesino y padre de familia. Alejandro somos todos

Sutilmente desgarradora la incursión de Fabio Rubiano, dramaturgo, director y actor, en el mundo literario. Entrar en ‘Soy asesino y padre de familia’ fue lindo y jodido, así tal cual es este país. En 98 páginas que se van volando –adornadas con unas potentes ilustraciones de Santiago Guevara-, usted puede conocer la historia de Alejandro, un asesino a medias al que de lo único que se le puede culpar, es de restablecer el orden. Hacer que los rebeldes, los que se rebelan, vuelvan al rumbo correcto y tengan una buena conducta; cosas de gente de bien, ustedes entienden.

Alejandro tiene dos hijas y, como todo buen padre de familia –de los buenos, no de los que, por ejemplo, son homosexuales-, quiere lo mejor para ellas. Por eso hace lo que tiene que hacer, y uno lo lee asqueado, sin entender muy bien cómo se es capaz de algo como eso pero yendo hasta el final.

En Colombia son miles y miles los que han muerto de las formas más espeluznantes en los últimos años. Y somos millones y millones los que descansamos sobre eso. Nos sentimos plácidos en nuestras pequeñas burbujas a las que no entran las cabezas de los degollados con las que se jugó fútbol o las muchas piernas que salieron en átomos volando por una mina de esas que todavía hay escondidas en los campos.

Como el asesino y padre de familia, todos queremos que nuestros hijos se casen con gente bonita porque la fea y pobre no aguanta. Y todos convivimos con ese “orden” canalla que se ha “reestablecido” repugnante, sádica y sistemáticamente por años. Nos gusta que haya gente que esté “defendiendo la democracia, maestro”, porque no por nada es la más antigua de Latinoamérica.

Y cuando vemos algo escalofriante en esos noticieros amarillistas y manipuladores sentimos que, dependiendo del bando al que perteneciera el muerto, puede ser justificable porque nos retumba en la mente eso de que “no estarían recogiendo café”. Y en esas falsedades vivimos y morimos. ¡Todos somos Alejandro!, así al saber lo que él hace en lo oscurito –con música de arpa de fondo para amenizar y confundir, esto último es infalible-, sintamos náuseas.

Pero no somos los únicos. Los horrores de la guerra no distinguen de patrias ni fronteras. Ese negocio criminal del que se lucran solo unos pocos, ha dejado mutilados a diestra y siniestra, literal. La guerra deja huellas físicas y en el alma, todas tenacísimas, algunas se ven y otras no pero todas están ahí.

En una de sus charlas más recientes, a la que pude ir y ver de cerca de ese hermoso ser humano que es Diana Uribe, la historiadora decía que lo que se nos viene con la comisión de la verdad, luego de la firma de los acuerdos, va a ser una catarsis fuerte como nación. Esta mujer que destila vida por donde se le mire, la verdad es que es bella, señaló que esta es una oportunidad para mirarnos de frente como país. Para, digo yo, salir de la burbuja y, dice otra vez ella, resignificarnos.

Diana nos contó, con ese vozarrón tan entrañable que de verdad nos transporta a otros espacios, cómo en Irlanda, Sudáfrica, y Liberia, entre otros varios lugares, la paz fue posible, fue real, fue una apuesta difícil pero al final se ganó y con ella ganaron todos.

Imagen cortesía de: JARHAT PACHECO

A mí unas amigas que trabajan en derechos humanos me dijeron una vez que yo no sabía lo que se sentía que unas madres de un pueblo en el Magdalena Medio les dijeran que no volvieron a comer pez del río porque sentían que si lo hacían se estaban comiendo a sus hijos, asesinados y picados en pedacitos antes de botarlos como basura a ese imponente cuerpo de agua que recorre todo el país.

Es cierto, yo no sé lo que se siente; he vivido en una burbuja. Y no quiero imaginármelo. Lo que quiero es que todos lo sintamos, que todos nos estremezcamos de una u otra manera por eso tan terrible que ha pasado por tanto tiempo y que puede dejar de pasar si tomamos las decisiones correctas, si dejamos de poner el foco en los que piden la guerra que nunca han vivido.

Por eso celebro el libro de Fabio, y lo agradezco. En un libro tenaz, así como su obra Labio de liebre. Es un libro que deberíamos leer todos para que, sumados a la invitación de Diana, podamos ser algo diferente. Para que nos consternemos y podamos, como dice la historiadora, escribir un nuevo capítulo en un país que de pánico y terror ya ha tenido bastante, lejos de la venganza y la violencia que nos ha acompañado por tanto tiempo.

Un país en el que, los que quieran –solo ellos y nadie más- sean padres y madres de familia, tal vez no tan de bien –como por ejemplo los que son homosexuales- pero sí más auténticos y amorosos –como por ejemplo los que son homosexuales, y otros-.

 

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Mónica Vargas León
Mujer. Periodista. Treintañera. Tercermundista.