¿Rodrigo D se ha ido? Ser joven en Medellín

Opina - Sociedad

2015-08-21

¿Rodrigo D se ha ido? Ser joven en Medellín

Medellín vivió su holocausto. El mismo año que cambiamos la Constitución (1991) para reformar el país, en la Villa del Aburrá nos matamos con toda la fuerza: 6.493 almas asesinadas. Un año antes, Víctor Gaviria ya había puesto en pantalla el germen de esta infamia: Rodrigo D no futuro hablaba de un mundo de adolescentes y jóvenes que ya no iban a ser eso que les habíamos prometido: el futuro. Se vivía rápido entre armas, motos, drogas, metal y punk. Los jóvenes se descontaban el futuro.

Veinticinco años después es bueno preguntarse si Rodrigo D se ha ido, si No nacimos pa’ semilla o, al fin de cuentas, ¿qué representa eso de ser joven hoy en Medellín?

En este tiempo, redujimos la tasa de homicidios en un 90%, pero de las 658 muertes violentas ocurridas en 2014, 332 corresponden a jóvenes entre los 14 y 28 años. Son el 50%. Como lo dice el periodista Esteban Duperly en el libro Carrera de Obstáculos, (editado por la Secretaría de la Juventud de Medellín), “basta de contar cadáveres, porque repugna. La conclusión redonda es que durante poco más de una década los jóvenes han puesto la mitad de los muertos. O a veces más”.

Pero no puede reducirse, como en el caso de la guerra misma, a hablar de buenos y malos, de amigos y enemigos, de salvadores y villanos. El rótulo, la marca, nos dicen muy poco de los jóvenes y solo refuerzan el estigma, porque incluso aquel que comete conductas de riesgo o ha delinquido es, al mismo tiempo, líder, deportista y, a ratos, hasta un buen hijo.

A nosotros los periodistas nos gustan las cifras porque tienen mucha sangre y se venden como pan caliente (más en días de elecciones), pero Duperly, en su libro, las invierte, y así nos enseña que los jóvenes no son el problema: más del 80% no consumió alcohol en el último mes, el 90%no presenta conductas agresivas severas, el 95% nunca llega a generar adicción a las drogas y el 96%de las adolescentes no queda en embarazo.

La potencia del mundo juvenil es abrumadora. Si se superponen dos mapas en los que se ubican, de una parte, los sitios de mayor criminalidad en Medellín y, por otro lado, aquellos donde surgen y se manifiestan con más intensidad los procesos de participación y movilización de las juventudes, ambos resultan casi idénticos. Eso, de algún modo, ya lo contaba Rodrigo D: la música, los movimientos contraculturales, el arte todo, ayudó a muchos jóvenes a vivir y pervivir al conflicto. Más de 5.000 jóvenes moviéndose actualmente por la ciudad, organizados en cerca de 500 grupos juveniles, dan cuenta de ello. Hacen de todo, o casi de todo: teatro, música, hip hop, deportes extremos y alternativos, circo, trabajo comunitario, resistencia antimilitarista, huertas ecológicas, educación sexual y de género, formación política, voluntariado, cultivo de las almas…

Antimili Sonoro, Ciudad Frecuencia, AgroArte, Casa Arte, Toque de Salida, Revolución sin Muertos, Resistiendo a Caer, Jóvenes sin Fronteras, son los nombres de iniciativas, procesos, entidades o momentos de encuentro que esta juventud, de la mano de muchos adultos, inventaron para resistir al conflicto, para no caer, para hacer memoria. Es, como lo dice la profesora Alexandra Agudelo, “una condición narrativa de la memoria para habitar el mundo, una investidura para afrontar los territorios”, una construcción entre nos-otros, eso que los teóricos pomposos han llamado alteridad. Una condición performativa, que no es más que la posibilidad de transformación sin ingenuidades. Llamar a las cosas por su nombre, pero evocar y conmemorar también con alegría y en sentido compartido.

Imagen cortesía de: angelunatico.blogspot.com

Imagen cortesía de: angelunatico.blogspot.com

Dice Jesús Martín Barbero, quien pasa de nuevo por Medellín (ante un auditorio repleto de jóvenes a quienes lo primero que hay que explicarles es quién carajos es Rodrigo D, porque nacieron a mediados de los noventa), que ser joven hasta hace poco era una desgracia, una epidemia. “Ese mal que se cura con los años”, decía una frase que ya es cliché de los estudios en juventud.

Por eso, para entender si Rodrigo D se ha ido, Barbero propone, por lo pronto, barrer con ese concepto arcaico de identidad que heredamos y desterrar para siempre el estereotipo.

Las ciudadanías jóvenes, esas que habitan nuestras urbes y que, en el caso de Medellín, representan una cuarta parte de su población (unos 570 mil jóvenes), son móviles y mutantes. Nos enseñaron un engendro doble -dice Barbero-: que las culturas sobreviven si conservan la identidad y que la clave para ser un ser humano es tener una identidad. “Pero ese uniforme ha sido la base de todo fascismo”, señala. Por el contrario, “las identidades juveniles tienen piernas, raíces que se mueven”. Se nos despelotó la identidad.

Por otra parte, agrega el filósofo, el estereotipo es rígido, se levanta a las seis, se acuesta a las nueve. Mientras que la metáfora se desordena, no lleva horarios, se emborracha con las palabras. Una nueva metáfora de eso que significa ser joven en Medellín se está gestando. No es una metáfora de moda o de exportación, sino esa que las nuevas generaciones sabrán proponerle a esta ciudad y al país.

El tiempo de la juventud ha llegado. En cualquier lugar de la ciudad, a esta hora, ellos están construyendo su nuevo relato. Para algunos jóvenes de Medellín Rodrigo D se ha ido; otros, consideran que su presencia es vigente y resulta necesaria como forma de exorcizar el mal siempre presente; para el tiempo de otros más, sencillamente, Rodrigo nunca existió.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Julio César Orozco
Periodista sin oficio, abogado sin causa, filósofo por vocación, fotógrafo por afición, maestro en formación.