Relevo generacional en pro de la paz

Opina - Sociedad

2016-10-30

Relevo generacional en pro de la paz

A la generación nacida en los años 60 nos quedó grande, recordando el dicho popular, la construcción de la paz, plantearnos alternativas novedosas para la reconciliación y el perdón y, sobre todo, maneras para entendernos como pueblo y consolidarnos como nación.

No sé si es por ser hijos paridos en, por y para la guerra, y haber trasegado la noche de la barbarie en la cual el derramamiento de sangre nos insensibilizó y deshumanizó al punto de que comercializar con ella se nos hizo habitual. O nos quedamos ciegos por las décadas en que vivimos sin ver la luz de la vida y de un futuro mejor; hoy en día, no nos reconocemos, no sabemos quiénes somos, y elegimos la penumbra de la incertidumbre y del miedo.

Hay heridas mal cicatrizadas, algunas o tal vez muchas todavía sangrantes, queloides que al menor roce o posibilidad de perdón nos recuerdan dolores y sufrimientos del pasado insano que ha colonizado nuestros cuerpos, imposibilitándonos  para la más mínima  expresión y recepción de afecto, ni qué decir de amor.

Cada uno se ha refugiado y encerrado en su cueva fría y solitaria a esperar sanar y poder salir. ¿Cuánto? Esta parálisis e inmovilidad como crisis curativa no dio resultado. Las heridas se necrosaron y la solución será la amputación de los miembros innecesarios.

Nuestro corazón se endureció y refrigeró. Por supuesto, como mecanismo de supervivencia, según nos dijeron y lo creímos; nos volvimos todos enemigos y desconfiamos de todos por todo y para todo. Confrontamos la violencia en la que nacimos con más violencia, la reprodujimos elevando su nivel de intolerancia y de desconocimiento al otro.

Con un corazón obnubilado por la rabia, nuestros pensamientos y racionamientos fueron de venganza y sometimiento sin reparar en la forma, ni a quién. Por lo cual, sobre el andamiaje social, económico y político que traíamos de la colonia, construimos uno más estrecho, discriminatorio e inequitativo.

Nuestra delegación inmadura y amorfa en el Estado y Gobierno, elegida para que asumiera y resolviera lo que nosotros como pueblo no queríamos o nos dolía enfrentar, terminó generando exactamente eso: un Estado y Gobierno inmaduro y amorfo incapaz de proponer por fuera del estatus quo, maneras novedosas para vivir en paz.  Por consiguiente, en lo político preferimos partidos, pactos y acuerdos excluyentes, elitistas y clasistas, gobiernos con intereses personales y en representación de unos pocos; unas fuerzas armadas sin monopolio de la armas; un poder coercitivo débil y sin conexión con la realidad nacional que atiende.

Socialmente, quedamos fragmentados, sin saber quiénes somos, sin valorar las necesidades y dolores del otro; indiferentes, desapegados a lo nuestro, más interesados en los acontecimientos de afuera, desconocedores de nuestra raíces culturales, suplidas por los espacios de entretenimiento de los noticieros.

Siendo así, los resultados del plebiscito del 2 de octubre de 2016 no podrían haber sido otros. Y tal vez, haya sido mejor así, para constatar que a la generación nacida en los 60 nos quedó grande consolidar posibilidades de paz para nuestros nietos. Por dolor, miedo o indiferencia.

Precisamente, todo indica que son los nietos de esta generación víctima y victimaria, los llamados a perdonar, reconciliar, visibilizar y visionar una futura Colombia en paz.

He participado en las tres marchas, en la instalación Sumando Ausencias y sigo por las redes sociales a varios grupos de estudiantes y movimientos sociales como la Asamblea Permanente por la Paz y cabildo abierto. Esto en Bogotá, ya que a nivel nacional e internacional, en distintas ciudades se han organizado marchas y otros actos sociales y civiles, lo cual me reconforta y me ha devuelto la esperanza. Aclaro, he asistido como acompañante reconociendo que el liderazgo y conducción es de la nueva generación de colombianas y colombianos que tienen un sueño de país distinto al de sus abuelos y padres. No esperaba esta reacción social y menos de los más jóvenes; solo hay que vivir para aprender y sorprendernos.

Las arengas han sido fuertes y claras contra unos y para otros, las pancartas, reconciliadoras y visibilizantes, dándole voz a los sin voz; se ha recibido la diferencia y se ha valorado, se ha reclamado por un deseo y sueño colectivo sin distinción entre lo público y privado, todos caminando en pro de mismo objetivo. Me he sentido regocijado por la decisión, por los actos simbólicos, por la resiliencia de la juventud y sobre todo por los nuevos vientos de paz y reconciliación.

Publicado el: 30 Oct de 2016

 

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Oscar.Angel