¿Por qué le seguimos apostando a la guerra?

Opina - Conflicto

2016-10-27

¿Por qué le seguimos apostando a la guerra?

NO. Esa fue la decisión rotunda y contundente de la mitad más uno de colombianos que salieron a votar el pasado domingo 2 de octubre en el plebiscito para refrendar los Acuerdos de Paz entre el gobierno nacional y la guerrilla de la FARC, cuyo propósito era ponerle fin definitivo a uno de los conflictos más largos, complejos y sanguinarios que perviven en el hemisferio occidental.

La negativa de los colombianos al Acuerdo, tuvo un eco que dejó aturdidos a amplios sectores del país y a la comunidad internacional, los cuales aún intentan sobreponerse, explicar qué pasó y por qué Colombia dijo NO a la posibilidad de transformar la historia del país.

Al día de hoy, han sido ya múltiples los análisis expuestos desde diferentes orillas sobre las causas, consecuencias y atenuantes de la decisión tomada a partir de un mecanismo de participación ciudadana tan controvertido como el plebiscito, establecido por la Ley 134 de 1994 y cuyo propósito es que el pueblo se pronuncie frente a una decisión del ejecutivo sin la necesidad de que la misma sea avalada por el Congreso de la República.

Explican algunos que en la política moderna, una buena manera de convencer y obtener apoyo del electorado es diseminando el miedo a través de las “artes’’ de la propaganda negra, lo que pareciese un retorno a los tiempos de la guerra propagandística, en la cual, Joseph Goebbels fue su más notable precursor durante la Alemania Nazi.

Tal parece que dicha postura quedó confirmada con las declaraciones del excandidato a la Alcaldía de Medellín y hasta hace poco miembro del Centro Democrático, Juan Carlos Vélez, quien en su papel de gerente de la campaña por el NO, le contó al Diario La República, cómo a través de estrategias de desinformación, convocaron a diferentes segmentos y regiones a votar, apelando a la indignación. Más grave aún fueron sus aseveraciones sobre la omisión y tergiversación de información trascendental para la comprensión de los Acuerdos por parte de la ciudadanía, sobre todo de aquel gran segmento de la población que no lee, que no contrasta la información y que consume política a través de medios masivos, del voz a voz barrial y de las redes sociales.

Más allá de todo este huracán mediático desatado por Vélez y el Centro Democrático, hay quienes sostienen que Colombia es un país donde su población carece de formación ciudadana y cultura política, que el problema de los colombianos es que “tragamos entero” y nos cuesta trabajo entender con argumentos. Preferimos lo fácil, las explicaciones con poco raciocinio y las fórmulas simplistas.

Y así, como una masa maleable, nos dejamos convencer a punta de mentiras. Sin embargo, ante ello, nos dice Héctor Abad Faciolince, da la impresión de que la “ignorancia” de los colombianos no es buena explicación. “Si lo nuestro es ignorancia, forma parte de la misma ignorancia global, del primer mundo que destruye la idea de una Europa unida y en paz, del segundo mundo que elige una y otra vez al mafioso de Putin, y del tercer mundo del extremo oriente y del extremo occidente”.

Parece entonces que nos enfrentamos a un problema no solo local, sino global. Basta observar cómo Donald Trump ha logrado movilizar millones de ciudadanos en Estados Unidos bajo el lema “Make America Great Again” (“Hagamos de nuevo grande a América”), un tagline que encierra sin dudas, una clara incitación a la xenofobia y a una especie de endogamia nacionalista, que observa como despreciable y peligroso todo lo que es distinto, lo que es raro, lo que viene de afuera.

En sus recientes debates por la presidencia, Trump ha llegado a afirmar que países como México son un gran enemigo a derrotar, porque ofrece una mano de obra industrial más barata que atenta contra la fuerza laboral y las oportunidades de trabajo de algunas ciudades del eje industrial de Estados Unidos. No conforme con ello, ha propuesto la construcción de un muro que divida ambas naciones y le ponga freno, según él, al problema del narcotráfico y la violencia provenientes de México y otros países latinoamericanos.

Y es allí, en esa violencia discursiva, en donde se construye esa otredad, ese enemigo público, que en mercadotecnia política se ha vuelto tan efectivo para movilizar las masas, para legitimar la violencia como forma única y eficaz de resolver conflicto, y que algunos no solo en Colombia, sino alrededor del mundo, han sabido capitalizar para favorecer sus intereses personales, políticos y partidistas. El miedo como principal herramienta del poder y la creación de un enemigo público para manipular a las masas.

Ese enemigo público en Colombia ha tenido diferentes nombres: liberales, izquierda, comunismo, guerrilla, narcotráfico y más recientemente la ideología de género o el “castrochavismo’’, un acrónimo que bajo la lupa de la academia, carece de todo fundamento teórico y rigurosidad conceptual. Hay sectores retardatorios que pujan con todas sus fuerzas para que el enemigo persista, lo obligan a mutar para que no se acabe, porque es quien justifica el ejercicio de su poder; sin enemigo, ellos no son nadie y a través del miedo y del pánico colectivo diseminado a través de modos tan creativos como ilegítimos, logran acaparar la atención, movilizar, tener la credibilidad que de otra forma no obtendrían. La argumentación no es lo de ellos, sí lo es la confusión y la desinformación.

A propósito, nos dice Carlos Fajardo que “detrás de los actuales debates teóricos sobre nacionalismo, sobre identidad, sobre política y fundamentalismo religioso, hay un tema oculto: la pasión”, y, prosigue: “La pasión ideológica lo colma todo en el neoconservadurismo actual. Contrario al procedimiento razonable y democrático que llega a la aceptación de acuerdos, la pasión es siempre impulsiva, sin mediaciones: lo quiero todo o nada. De esto al fascismo no hay distancia alguna. Sus resultados son los dogmatismos, el terror, las persecuciones, las acusaciones, y, por ende, paranoias y atrocidades”.

Lo que pasó en Colombia con la votación del 2 de octubre fue el resultado de una profunda desinformación, entremezclada con una manipulación calculada y premeditada por fuerzas políticas opuestas a la ruptura de viejas prácticas políticas clientelistas y corruptas que, además, crean la idea de un enemigo al que hay que destruir a toda costa.

El NO fue un voto castigo, una decisión con fundamento en una indignación errónea. Por supuesto que los colombianos debemos estar indignados, pero no por las mentiras que nos presentaron como verdades, sino por asuntos aún más graves que permanecen ocultos a la observancia de la opinión pública.

Michel Foucault en su concepto de Biopolítica, explica que las sociedades modernas se caracterizan porque el poder ya no se ejerce sobre el cuerpo o sobre el individuo sino sobre la masa, de allí el concepto emergente de “población’’ en los estudios políticos contemporáneos.

Explica Foucault que el poder político requiere el desarrollo de tecnologías de control, normalización y estandarización de las sociedades. Es en este punto donde la guerra aparece como una nueva tecnología de la biopolítica que tiene su base en fenómenos como el racismo, la exclusión y el rechazo de lo que no entra en el campo de lo “normal (…) Esa es la primera función del racismo, fragmentar, hacer censuras dentro de ese continuum biológico que aborda el biopoder’’. Agrega que “el racismo, justamente, pone en funcionamiento, en juego, esta relación de tipo guerrero ─si quieres vivir, es preciso que el otro muera─ de una manera que es completamente novedosa y decididamente compatible con el ejercicio del biopoder”.

Podríamos afirmar entonces que elegir la guerra y la violencia como camino es un asunto íntimamente entrelazado con fenómenos globales que encuentran en países como Colombia, condiciones propicias para su profundización. Ciertamente, hay sociedades más proclives a la violencia que otras; hay países que, sin duda, tienen una mayor tendencia al conflicto y que ven en la guerra la posibilidad de eliminar al otro, evitando así la dolorosa verdad y la confrontación, eludiendo el compromiso con su historia, con su memoria.

En contraste con ello, y desde otras latitudes, vemos cómo algunas naciones han decidido poner fin a la guerra, en contextos aún más complejos que el colombiano. Sudáfrica e Irlanda del Norte son solo algunos de los ejemplos de sociedades que antepusieron la alternativa democrática a la vía armada, donde la tríada gobierno, ciudadanía y combatientes decidieron en conjunto escribir una nueva historia para sus países, más allá de cualquier interés político. Estas sociedades se impusieron a cualquier cálculo político, a cualquier predicción teórica, a cualquier análisis estadístico.

Valdría la pena entonces que nos preguntáramos los colombianos: ¿por qué seguimos tan seducidos por la guerra?

Publicado el: 27 Oct de 2016

Diego Jaramillo
Comunicador Social - Periodista Especialista en Estudios Políticos En permanente búsqueda de la verdad.