Peñalosa, el arte callejero también es para todos

Opina - Cultura

2017-08-22

Peñalosa, el arte callejero también es para todos

Desde hace años las calles de Bogotá se han convertido en galerías de arte donde se pueden apreciar murales llenos de color, crítica y vida. Si bien no todo lo que se pinta en los muros es visto como arte, hay que decir que muchos de los grafitis que se exponen a lo largo y ancho de la ciudad poseen contenidos políticos, sociales y culturales. Murales de memoria histórica para recordar a la UP o a Jaime Garzón, o muros con mensajes sobre violaciones a Derechos Humanos y daños a la naturaleza son algunos de los ejemplos que podemos encontrar, en su gran mayoría, en el centro de la ciudad, específicamente, en el recorrido de occidente a oriente por la Calle 26.

En los últimos días se ha llevado a cabo una “jornada de limpieza” que hace parte de la idea de urbanización del alcalde Enrique Peñalosa donde se busca embellecer y recuperar el espacio público, de manera que la sensación de seguridad, limpieza y orden se mantenga en los ciudadanos del común.

Si bien esta idea resulta acertada para un nuevo sentido de pertenencia por Bogotá, hay que decir que en medio de esta jornada hay que saber elegir qué es lo que en verdad merece ajustes y qué merece ser respetado y valorado. Con lo anterior quiero hacer referencia a la falta de respeto y de apreciación por el arte que se observa en algunas pasajes y calles de la ciudad.

El debate por el arte callejero en Bogotá no es de ahora. Hace unos años, cuando Rafael Pardo quedó como alcalde encargado de la ciudad en el 2014, se presentó una polémica ante la decisión de pintar los muros que están ubicados sobre la Calle 26 en el centro de Bogotá. Allí, al igual que hoy con Peñalosa, se generan preguntas como: ¿Qué es considerado arte? ¿Toda manifestación o expresión de arte en los muros es aceptable? ¿Hasta qué punto una firma de un grafitero es considerado arte callejero? ¿Se incumple la ley cuando se realiza un grafiti en una pared de una propiedad privada? ¿Es el espacio público un lugar en el que se puede hacer arte? ¿El grafiti es arte callejero o es vandalismo?

Todas estas cuestiones son válidas y suscitan un debate que no solo responde a cuestiones políticas y culturales, sino que también responde a temas de gusto y de apreciación por el arte.

Pero antes de entrar de lleno en la postura que quiero exponer, considero importante introducir la definición del arte callejero o el grafiti para que el lector entienda el trasfondo del problema sobre eliminar y violar la libre expresión de quienes plasman en la monotonía y en la cotidianidad algo de pintura y de consciencia a través de los trazos.

Hay que aceptarlo: los que sólo se dedican a dejar su firma y a dejar pintado el escudo del equipo del cual son hinchas no permiten que el arte callejero florezca y sea visto como una manifestación tan válida como cualquier otro tipo de arte en el mundo. No solo resulta de mal gusto, pues en algunos casos ni se entiende la firma, sino que también resulta molesto cuando deciden hacer este tipo de acciones por encima de aquellos murales que sí han sido elaborados con una finalidad y un mensaje de consciencia.

Colectivos ambientales, medios como Pacifista y artistas urbanos como Toxicómano le han apostado a convertir los murales en lienzos que sirvan como medios para manifestar problemáticas sociales y expresar, en algunos casos, su inconformidad ante los vacíos y la corrupción presentes en el gobierno y en la alcaldía.

Rostros de mujeres indígenas, animales que simbolizan nuestra flora y fauna y denuncias como los asesinatos sistemáticos de líderes sociales en Colombia hacen parte de las pinturas que han sabido ser plasmadas con colores y con rigurosidad para hacer que el mensaje cale en los espectadores que, en muchas ocasiones, no saben valorar o apreciar lo que se hace con responsabilidad social y con un gran don artístico.

En Grafitis en Bogotá: ¿barbarie, arte o política? (2014) el periodista y crítico de cine y televisión, Omar Rincón, afirmó que “El grafiti es un modo de comunicación que usa a la ciudad como escenario y a través del cual el ciudadano ejerce su libertad de expresión al denunciar públicamente pero de manera anónima. Sin embargo, al usar la ciudad como pantalla de expresión, los grafiteros suelen ser acusados de vándalos que dañan la piel y la estética urbanas, y por eso no les caen bien a los poderes y a los que dicen tener buen gusto.”

Allí se presentan entonces elementos que alimentan el debate y las preguntas que mencionamos anteriormente. Por un lado, está el problema de la estética en el arte y del buen gusto por los grafitis que, al ser manifestaciones callejeras, pueden verse como acciones vandálicas por “rayar” una pared de una casa o de un edificio y por no ser expresiones que están encasilladas y guardadas en una galería o en un museo, pues también hay quienes afirman que el arte solamente puede verse apreciado en exposiciones de galerías y museos.

Por otra parte, está el problema de la libre expresión mediante el uso del arte callejero como medio para manifestarse ante el poder y el Estado de manera pública y sin ningún tipo de restricciones.

No obstante, como se dijo al inicio del texto, parte del argumento central de la alcaldía para llenar de grises los murales que tenían una gran variedad de colores es el de embellecer la ciudad. Lo anterior entonces nos hace pensar en qué entienden ellos por belleza y si en realidad dejar la ciudad tan gris como la nube de smock que se está generando por la contaminación es un acto estético.

Para ello, sería conveniente hablar de lo que alguna vez mencionó el filósofo inglés David Hume, quien en su Teoría sobre el gusto afirmó que “La diferencia, se dice, entre el juicio y el sentimiento es muy grande. Todo sentimiento es correcto, porque el sentimiento no tiene referencia a nada fuera de sí, y es siempre real en tanto un hombre es consciente de él. Sin embargo, no todas las determinaciones del entendimiento son correctas, porque tienen referencia a algo fuera de sí, a saber, una cuestión de hecho, y no siempre se ajustan a ese modelo.”

De lo anterior se pueden entender dos cosas: Por un lado, sería mucho más sensato para el ejercicio de análisis del arte, hablar a partir de un juicio, es decir, de una cuestión de hecho dado que nuestro comentario estaría basado netamente en el objeto y no en algo tan personal como lo es el sentimiento. Pero, por otro lado, si quisiéramos simplemente opinar sobre qué tan bella es la obra si sería mucho más conveniente hablar desde nuestras afecciones debido a que la belleza no es una facultad del objeto sino una idea presente en la subjetividad de cada persona.

Ahora bien, más allá de entrar en debates sobre lo que puede ser bello para unos y para otros no, la otra falla de Peñalosa, que más que interesarnos a los que apreciamos los murales y las denuncias que hay en ellos, es la de borrar pinturas que hacen parte de lo que ya es considerada una actividad para el turista que visita Bogotá.

Desde el 2012, Christian Petersen, un australiano radicado en el país, se encarga de realizar el Tour de “Street Art” o arte callejero en el sector de La Candelaria en el centro de la ciudad. El recorrido, que dura alrededor de dos o tres horas, busca enaltecer el movimiento del grafiti en la capital en manos de Toxicómano, Bastardilla, Lesivo, DJLU, entre otros artistas reconocidos en este género.

Para unos el grafiti es un método por el cual se presenta una postura política; para otros, representa una forma distinta de expresar nuestra cultura y de hacer del arte algo no tan formal y elitista, sino un poco más incluyente y con un mayor sentido social. Y para otros, debido a su postura conservadora, consideran que el grafiti no representa ninguna muestra cultural sino que por el contrario, se trata de algo que atenta contra la imagen y limpieza de la ciudad.

Lo que Peñalosa está haciendo es opacar y no embellecer la ciudad. No sólo está reprimiendo la libre expresión, sino que está afectando a quienes viven del arte callejero y quienes consideran que el espacio público es, también, un escenario para ser escuchados, para ser vistos, para ser tenidos en cuenta con su voz, su trazo y su voto para denunciar y manifestar aquello que nos incomoda a muchos.

Que borre todos aquellos “rayones” que no tienen fundamento ni forma, pero que no elimine aquellos murales que inspiran esperanza, memoria, paz y reconciliación con nuestra tierra y todos los que la habitamos. No se trata tampoco de negarles la oportunidad a los grafiteros de dejar su firma, ellos también tienen el derecho de participar. Negarles ese espacio es contradecirse con lo dicho anteriormente.

El punto es que Peñalosa decidió decir que esta era una Bogotá mejor para todos, por ello debe tenerlos en cuenta también, pues más allá de ser minoría o mayoría, no deben ser estigmatizados pues parte de su pasión está en hacer de una calle una nueva galería.

Que abra espacios dedicados al grafiti es una solución. La otra, que como todo en este país, esté orientada a la educación para que los artistas urbanos no dañen la imagen de nuestros monumentos, por ello que sea necesario darles también la capacidad de dirigirse a espacios específicos para dejar su huella.

Así, como se dijo unos renglones más arriba, la idea es que se entienda que el grafiti es un arte incluyente y un arte que tiene como fin –no todos, pero sí muchos de los que están plasmados en Bogotá- dejar un mensaje de consciencia, de respaldo y de tolerancia, de modo que el grafitero no solo se muestra comprometido con su arte sino que también se muestra comprometido con el tiempo y el espacio que todos habitamos y por el cual buscamos siempre una nueva oportunidad para mejorar.

 

Jorge Andrés Osorio
Estudiante de filosofía y letras. Interesado en reconstruir historias y narrar al país desde el periodismo. Trabajo temas en cultura, sociedad, memoria, conflicto y literatura.