¿Partidos invisibles o debilidad institucional?

Inscribir una candidatura por firmas, viniendo de una institucionalidad, es lo mismo que decir que alguien es profesional pero que ninguna universidad lo acredita.

Opina - Política

2017-10-22

¿Partidos invisibles o debilidad institucional?

Recientemente en el país, hemos podido percatarnos del fenómeno de precandidaturas presidenciales por la modalidad de firmas elevadas ante la Registraduría Nacional, lo que se ha vuelto el boom en todas las corrientes políticas del contexto nacional.

Y vaya que no es ninguna pérdida de tiempo, ni jugada improvisada de los expertos en marketing político de los candidatos, que van centígrados más allá de lo que marca el termómetro electoral por ocupar el primer lugar en la casa de Nariño.

Desde 1958, con el Frente Nacional, y la posterior consolidación del bipartidismo en Colombia, tenemos en el imaginario popular y colectivo el concepto de partido, de bisagras institucionales, del respaldo tradicional que concede una colectividad a un candidato, que le arropa, le arrulla y le carga en sus brazos hasta permitirle dar sus primeros pasos, lanzarse al público e improvisar su primera palabra hasta que por fin llegue a caminar “solito”.

Esto es tan solo el mínimo de cuidados y mimos que los partidos políticos en su rol de “madres” otorgan a sus “criados”, como es de esperarse que estos, cuando lleguen a la cima del éxito, retribuyan de algún modo el voto de confianza que les depositaron, el sinnúmero de sacrificios y afrentas por la supervivencia en el círculo vicioso de sostener un umbral y de no esfumarse como el humo en los campos de batalla electoral, cuando eran tan sólo unos aspirantes, novatos del ejercicio político.

Así como las líricas musicales traen intrínseca una melodía, la política lleva adherida una filosofía de vida que le permita sostenerse y reafirmarse en la arena política, esto sucede cuando se trasciende de la adolescencia a la adultez, se solidifican las posturas en un ideal de partido, de una casa de apoyo, que lleva impregnada una esencia de lo público, de lo social, del modelo económico, de la superación de la pobreza, la erradicación de la violencia, la estructura, la naturaleza y el fin de la aplicación de la política, como ciencia, como arte, como profesión, como oficio de vida.

Resulta mezquino, sigiloso y haragán cooptar con desbordada astucia y rapidez las ventajas que trae consigo la ley para burlar todo un proceso democrático, riguroso y paulatino como es el de lanzar una candidatura oficial y partidista con las formalidades fácticas y jurídicas que ello implica; el auspicio y el aval de un partido que en últimas termina por legitimar una aspiración política, inyectar fuerza, coherencia y reafirmando así una ideología cuyo mensaje permita calar en las conciencias de escépticos y de todos aquellos que, como a un amor ciego, le hemos apostado una y otra vez en reiteradas veces a confiar en el otro.

Mientras que en la otra orilla, la ventaja de inscribir una candidatura por firmas, de un personaje de la vida pública que ha hecho carrera desde siempre por llegar a la Presidencia, utilizando como estrategia de campaña sus logros institucionales, con presupuesto nacional, y funciones propias e inherentes al cargo que ostenta.

El hecho de que algunos individuos de apellido de abolengo hayan hecho de la política un circo, no puede ser condicionante para que la mayoría decepcionada e indignada de los efectos mágicos del poder burocrático, que han desacerbado su posición dominante con su larga trayectoria amarrada de prácticas que desnaturalizan la política, declinemos ante estos. Seguramente se han perdido batallas, pero no la guerra.

Claramente, las ventajas de lanzar una candidatura por firmas con antelación al término legal, trae consigo beneficios adicionales al aspirantes tales como: no reportar ante las autoridades electorales los gastos de campaña, 4 meses adicionales, y precedidos del término ordinario para hacer actos de campaña, proselitismo en eventos que terminan por disfrazar con recolectas de firmas, entre otros.

El llamado que debemos hacer es premiar la legalidad, incentivar la institucionalidad y reconocer el crédito a quien se esmera por reafirmar los principios en un proyecto político, que de no ser por los partidos, no se jugarían sus fichas en todo por nada.

Cabría preguntarnos si de esta manera nos estamos acostumbrando a romper los esquemas, para que no nos subsuman las olas de competencia y seguir la corriente que nos conduzca al abismo, o hacer de lado el juego sucio y rampante y optar por defender los ideales de una corriente que lleva en su sangre, postulados firmes y contundentes para transformar su entorno.

¿Acaso tiene sentido enarbolar una bandera en época electoral, abandonar sus filas y luego marchar a una “presunta independencia” pero sin eludir los ejes vertebrales del engranaje político? Inscribir una candidatura por firmas, viniendo de una institucionalidad, es lo mismo que decir que alguien es profesional pero que ninguna universidad lo acredita como tal.

Los afanes políticos dejan entrever las ambiciones personales por encima del interés general, ya no estamos en la era donde las ideas definían los colores de la institucionalidad, marcaban pautas y establecían patrones de pensamiento en el electorado, sino en la estrategia de gobernar por gobernar, contra todo pronóstico.

 

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Juan Giraldo
#Derecho, #Política #Democracia “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.” Voltaire