La sociedad de la mentira

Opina - Sociedad

2017-04-27

La sociedad de la mentira

Vivimos en la sociedad de la mentira. Se miente por hacer ejercicio. La verdad es una flor exótica que carece de dolientes que la cultiven. De hecho, parece como si el ejercicio de la política lo exigiera.

Pero no hablemos solo de la mentira útil en política, a la que aludimos ya en pasada oportunidad. Se sabe claramente que el poder autocrático se oculta y oculta y para ello echa mano de la ficción.

Me refiero a esta forma de vida que ha adoptado la sociedad colombiana en la cual lo común, lo normal, lo cotidiano, es la farsa.

Porque en Colombia, triste es decirlo, mienten las gentes del común que alardean frente a sus colaterales, sus congéneres, fingiendo y exagerando unas condiciones de vida que no tienen. Se miente para aparentar un estatus que no se posee, unas condiciones de vida boyantes que se anhelan, pero de las cuales se carece.

O bien, se miente para exagerar la pobreza, arribándola a la miseria para obtener beneficios que deberían ser para quienes, en realidad, los necesitan. Es clásico ya el hecho de que basta que suceda una tragedia como las de Mocoa o Manizales, para que resulten más reclamantes de indemnización que víctimas reales.

Mentir es simplemente faltar a la verdad. Basta con inflar una cifra, basta con disminuir un dato y ya se está en el campo de la mentira.

Se crean falsas verdades de las cuales se desprenden falsas realidades. Y así, miente el poder, bien para aparentar eficiencia en el manejo de la cosa pública, o bien para desprestigiar a sus opositores.

Pero mienten también los opositores cuando crean realidades de pacotilla, para desacreditar al gobierno o para aparentar un apoyo popular o extranjero del que carecen.

La sociedad de la mentira es un mercado en el cual comercian unos y otros;  en el cual se compra y se vende ese preciado producto de la quimera. Y todos son conscientes de lo que hacen.

Recientemente, en plena Semana Santa, concretamente el Viernes Santo que se supone es día sagrado para los católicos, dos colombianos que han ocupado sucesivamente la Presidencia de la Republica, la más alta dignidad que concede la Democracia a un ciudadano, se inventaron una historia asaz graciosa según la cual el primer mandatario de la máxima potencia mundial los había recibido y tratado a fondo con ellos los hechos y las circunstancias de nuestra realidad actual y de su futuro inmediato.

Imagen cortesía de: UNIDREAMER

Incluso, no tuvieron empacho alguno en vincular a un senador de ese país a la comedia. Pero con tan mala suerte que, como el aludido no estaba enterado de la jugada, no les pudo hacer la segunda, como dicen los músicos, y salió a desmentirlos, al tiempo que la Casa Blanca aclaró que lo único que hubo entre el actual gobernante norteamericano y los dos colombianos nostálgicos del poder fue un simple “hello”.

Y esa es la tragedia del mentiroso. El adagio popular asegura que primero cae un mentiroso que un cojo. Y el problema es que la propia consciencia de que se ha mentido, lleva al falaz a enredarse en su propia tela como si fuera una araña inexperta. Cuando trata de abundar en detalles para apuntalar la falsía termina por edificarse una trampa de la que no es capaz de escapar.

En el caso de los dos expresidentes, la situación es tan dolorosa que ninguno ha dado la cara al público para explicar por qué mintieron. ¿Qué pretendían con esa infantil conseja? ¿A quién beneficia una actitud semejante?

Sin embargo, está tan acendrada la tendencia a la mentira que ni siquiera tuvieron temor a hacer el ridículo con su acto. Están tan convencidos de que el pueblo colombiano les cree todo lo que hagan o digan, que no les importó quedar en evidencia.

Y lo verdaderamente grave es que al pueblo colombiano tampoco le importa que le mientan. Al fin y al cabo, esta sociedad de la mentira está integrada, antes que nada, por los propios ciudadanos que seguimos comulgando con ruedas de molino, como se decía anteriormente. Seguimos tragando entero. Seguimos felices de que nos engañen, porque nosotros también estamos dispuestos a engañar. Y como en aquel famoso bolero seguimos pidiendo “miénteme más,  que me hace tu maldad feliz”

 

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Armando López Upegui
Historiador, Abogado, Docente universitario y Maestro en Ciencia política.