La paz lejana

Opina - Conflicto

2017-06-05

La paz lejana

Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, se negó a participar en un foro organizado por el expresidente Samper en el que se discutirían temas correspondientes al Proceso de Paz con las FARC. La razón que esgrime es que no se le comunicó que estaría en la misma mesa con guerrilleros (haciendo alusión a Pastor Alape). Vale la pena considerar con cuidado esa posición y el mensaje que pueda estar mandando a la población civil (la que, en últimas, será la encargada de vivir y construir el famoso post-conflicto).

El hecho de que el alcalde de una ciudad tan importante como Medellín sea incapaz de discutir, de hablar, de plantear posiciones frente a ex integrantes de la guerrilla deja un sinsabor. No porque quiera justificar a las FARC, sino porque se supone que a estas alturas Colombia debería estar yendo a la reconciliación, no volviendo a las rencillas y odios que marcaron el derrotero del conflicto.

Lo que hizo Gutiérrez envía un mensaje claro: quienes estuvieron en el monte no merecen nuestra compañía. Demarca un “ellos” que etiqueta con inferioridad, y justifica a esos ciudadanos que, por temor, dolores del pasado, o rencores –que bien pueden estar justificados-, no son capaces de aceptar que la guerra ha terminado.

Es necesario dejar de mentirle a la ciudadanía sobre el Acuerdo, empezar a hacerles ver que este implica encontrarse a ex farianos en su universidad, en su trabajo, en el bus que toman. Los guerrilleros no van a desaparecer. Muy por el contrario, van a estar ahora más que nunca en la cotidianeidad. El Acuerdo no se firmó para que sigan en el monte, se firmó para que vuelvan a la vida civil.

Lo anterior es quizá lo más difícil del Proceso de Paz. ¿Cómo decirle a una víctima de la violencia que debe aceptar que un guerrillero lo atienda en el supermercado? ¿Cómo explicarle a quien perdió a su familia en el conflicto que quien se sienta a su lado en el transporte público hizo parte de sus verdugos? Esa no es una tarea sencilla y su buena ejecución sienta las bases para que no renazca la violencia.

Es inhumano justificar una segregación tan peligrosa y polarizadora. Debemos evitar que quienes lucharon en el monte se vuelvan ciudadanos de segunda categoría, excluidos y repudiados por la sociedad. Eso sería reproducir el germen de la violencia, y las consecuencias serán nefastas.

Necesitamos integrar a esos que decidieron bajar las armas, y aprender a –cuanto menos- soportar su presencia. Es imperativo entender que en la Colombia del posconflicto deberían caber todos, y se debería poder defender banderas sin empuñar un fusil. Será una tarea complicada evitar esa división entre buenos y malos.

Por ahora, la actitud del alcalde Gutiérrez demuestra claramente que estamos lejos de la reconciliación, lejos de una Colombia en paz, y lejos de un postconflicto. Al menos hasta ahora, se ha construido una paz sin ciudadanía (o sin toda la ciudadanía); una paz que deja a muchos con inquinas y que, de no corregirse, puede traer consecuencias sociales fatídicas.

La paz que conocemos es una paz lejana, que pertenece a la televisión, los discursos y las noticias, pero que no queremos que nos toque. El Acuerdo está bien siempre y cuando no nos afecte, no nos llegue a la puerta. No es para menos, 50 años de guerra no se solucionan en un lustro. Solo nos queda esperar a ver que nos depara el post-acuerdo.

 

Reynell Badillo Sarmiento
Internacionalista en formación, UniNorteño.