La paz es la fea del baile, pero la que mejor baila

Opina - Conflicto

2016-09-08

La paz es la fea del baile, pero la que mejor baila

Una discusión en la que todos creen tener la autoridad para hablar de la guerra. Desde anécdotas de cómo la guerrilla pedía vacunas a sus familiares en fincas, hasta verdaderos casos de horror donde las balas se llevaron a quienes amaban, componen la escena de lo que hoy por hoy es nuestra tribuna pública: las redes sociales.

Hinchas furibundos por el sí y por el no, se atacan y agreden en el ciberespacio. Imponen su verdad. Muchas veces sin oportunidad para la dialéctica. El compromiso único es con la fe a sus dichosos principios y de cómo le fue a cada cual en este baile de cabezas y piernas mutiladas que tuvo un after party de 52 años.

Se tildan de ignorantes unos a otros. Se vulneran y no se soportan. Es ahí donde vale la pena preguntarse si estamos preparados para vivir en paz. Aún no hemos desarmado el odio ni reprogramado el discurso violento con el que nacimos. Los fusiles fueron silenciados, pero al parecer no hay quien calle la sed de venganza.

Lo más difícil será siempre la paz. Requiere reconocer al enemigo, darle valor a su discurso y escucharlo. Y en Colombia no sabemos sino de algarabía, gritos y hablar carreta aunque no sepamos de nada. La guerra es mucho más fácil, se trata de llevar a combatir a los más pobres, sacrificar generaciones enteras de gente que no le importa a nadie pero que la élite ha decidido llamar “héroes de la patria” para enmendar el grave error de enviarlos al combate.

Esa gente excluida que se mata por una ideología, por un pan, o por plata. Esa gente es la que pide hoy reincorporarse. Ellos son los que no quieren seguir en una disputa que bordeó límites impensables, que infringió el Derecho Internacional Humanitario, que fue tan irregular que incluso permitió a agentes del Estado matar a los civiles para mostrar que iban ganando. Aquí todos nos hemos equivocado. Incluso usted y yo, por permitir que hayan sido tantos años, cuando pudimos forzar el diálogo efectivo hace ya mucho tiempo.

Esta es la oportunidad para solucionar nuestro conflicto por la vía institucional y dejar el método de la bala, con el que algunos expresidentes fueron electos y mantienen un fortín político.

Nos sentamos a hablar con una guerrilla que no está vencida. Por tanto, es necesario ceder. En tema de tierras se plantea un importante enfoque de género y protección de las mujeres, punto que se extiende por todo el acuerdo. Una necesidad de disminuir las brechas entre el campo y las ciudades. Inversión para las zonas rurales. Un punto de participación política donde aparecerán nuevas fuerzas en el escenario nacional, donde ser fortalecerá el pluralismo y donde las FARC no serán mayoría, es decir, no podrán tomar decisiones oscurantistas, a menos que ganen más escaños en las elecciones. El cese al fuego y de hostilidades donde se reincorporarán definitivamente a la vida civil con garantías de seguridad y con la firme intención de ayudar a combatir a esos reductos que no quieran desmovilizarse o vuelvan a delinquir.

La solución al problema de drogas ilícitas. Verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición para las víctimas. Es decir, darle la cara a las familias afectadas y dignificar a quienes ya no están. Y el compromiso para que no se repitan nunca más estos hechos atroces. Eso es lo que estamos aceptando negociar.

Y es importante que intente leer los acuerdos, aunque definitivamente no son fáciles de digerir para toda la población. Están sujetos a interpretación y a pugnas personales entre el odio por lo que pasó y la necesidad de perdonar.

En definitiva, es más fácil creernos algún cuento. El de la paz, con todo y sus sapos o el del temor más grande para una parte de Colombia que es ser comparados con Venezuela o Cuba. Y ese es uno de los bastiones de quienes se oponen al proceso de paz entre la guerrilla de las FARC –la más vieja del continente americano- y el Estado, una comparación a todas luces amiga del miedo y distante de la realidad.

Imagen cortesía de: brookings.edu

Imagen cortesía de: brookings.edu

No podemos convertirnos en los herederos vengativos, no debemos relevar el odio. No hay razón para seguir buscando la paz perfecta. Esa no existe. Habría que recordarle eso al expresidente Uribe, que parece más desconcertado al reconocer que no fue él quien ganó la guerra, ni logró la paz que en enriquecer el debate.

Es necesario ofrecerle garantías a los excombatientes. En un panorama desalentador donde no tengan posibilidad de reincorporarse, donde sean señalados, estigmatizados y nuevamente excluidos el esfuerzo no habrá valido la pena. También nos corresponde dejar de andar con camándula y cuchillo por la calle, con esa doble moral de ayudar al prójimo pero ajustarlo a paria.

Rechazar al vecino por excombatiente, o no aceptar a alguien en la empresa por ese mismo tema es un acto de violencia también. La resocialización en política criminal en Colombia ha sido un fracaso. Si no se cambia la manera de ponerla en práctica estamos jodidos. ¿Vieron? Hay mucho por hacer. Y no solo es tarea de líderes políticos.

¿De quién es esta guerra entonces? De los 7 millones de víctimas que tiene Colombia o de los 100.000 victimarios o de los otros 42 millones de colombianos a los que la guerra ni cosquillas nos ha hecho. Es de todos. O nos ponemos la camiseta y dejamos el pasado de dolor atrás o seremos también participes de las guerras venideras. Aquí importa el baile. Y esa paz a la que le hacemos el feo es la que mejor se mueve. Tiene ritmo y quiere con nosotros. ¿La dejaremos con la mano estirada?

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Ómar Vásquez
Aún no me dan mermelada. Soy becario del Premio Simón Bolívar de periodismo y ganador del Premio Bicentenario de Periodismo "memoria del conflicto". Nací en el llano. Actúo para no morir de realidad.