La negación

Opina - Sociedad

2017-08-11

La negación

Hace un tiempo una mexicana que pasó una temporada en Bogotá me contó la extrañeza que le producía la actitud de sorpresa que tenían los bogotanos cuando empezaba a llover, “si en esta ciudad siempre llueve, por qué siguen preguntando y diciendo con sorpresa: ‘¿está lloviendo?’”.

Ante esa sentencia era difícil responder, porque tenía razón. De alguna forma, en Bogotá muchos nos negamos a reconocer esa realidad tan palpable y preferimos pensar que lo común es extraordinario. A pesar de haber vivido casi toda mi vida en Bogotá, aún sigo saliendo, en las soleadas mañanas, sin sombrilla, pues el clima hace parecer que sea imposible pensar en que lloverá, pero, cuando empieza a llover, vuelvo a lamentarme de esa mala decisión, como si fuera la primera vez que me pasara. Y esto, estoy seguro, no solo me ocurre a mí.

Este es uno de los ejemplos que ayudan a entender qué es lo que nos caracteriza en gran parte, no solo a los bogotanos, sino a los colombianos (y probablemente a toda la humanidad, no somos en Colombia una especie única y extraña).

Hay una tendencia a la negación tan fuerte en nosotros que puede considerarse ya no como la consecuencia de vivir en un país en donde todo el tiempo uno quisiera salir huyendo de la realidad, sino como una de las causas de que esa realidad sea tan insoportable.

En muchas ocasiones también oí hablar a muchos colombianos de lo increíble que era la capacidad de goce de algunos habitantes de las zonas más pobres del país (Chocó, por ejemplo), que a pesar de vivir en la miseria seguían bailando y sonriendo. Y eso lo decían mis compatriotas con orgullo y como si fuese una cualidad.

Ese es el valor que le damos a la negación, tanto a la del que sonríe ante su propia desgracia (pero no de manera irónica o sarcástica, sino como una forma de no reconocer lo miserable de su situación), como la de quien admira esa forma de comportamiento, pues este último también niega la terrible experiencia que vive ese sujeto que sigue bailando y sonriendo. Y a causa de esto, le parece que no es necesario responder a sus exigencias básicas.

Esta fue una de las imágenes que se vieron en último paro en Buenaventura, en donde nos maravillaba la manera festiva de protestar de los habitantes de esa zona. La ausencia del Estado en esa región del país es una materialización de esa negación constante con la que miramos la realidad. Y acostumbrados a no enfrentarnos a esa realidad, cuando irrumpe nos parece escandalosa e indeseable, por lo que preferimos concentrarnos en los detalles pintorescos que se nos presentan.

Ante la dolorosa realidad preferimos la negación y eso explica que, como los bogotanos con la lluvia, sigamos sorprendiéndonos cuando se evidencia alguno de los escándalos que anuncian las noticias. Nos parece irónico, pero al mismo tiempo propio del país de lo real maravilloso, que el ex fiscal anticorrupción, Luis Gustavo Moreno, sea condenado por corrupción. Pero, la verdad esa no es una situación novedosa. Esa situación es similar a la del antiguo Comisionado para la paz, Luis Carlos Restrepo, quien armó la desmovilización de los paramilitares (y que nos asombró con su discurso sobre la ternura), pero quien también ahora es un prófugo de la justicia.

Es decir, que quienes están encargados de perseguir a los corruptos deben atraparse a sí mismos; y los que acuerdan que una de las partes del conflicto colombiano se entregue, deben salir huyendo para no enfrentar a la justicia a la que entregó esos paramilitares. Todo esto, a pesar de lamentarlo, nos produce una extraña risa, como la del que se da cuenta que hace parte de una cámara escondida.

Y estos dos personajes son solo dos casos de los muchos que se encuentran en la historia reciente de nuestro país (uno más, el ex ministro de agricultura Andrés Felipe Arias condenado por privilegiar con recursos del Estado a grandes terratenientes por encima de los campesinos). Pero a pesar de todo esto, nosotros seguimos viendo la realidad con la ingenuidad del que la ve por primera vez. Y en este caso la ingenuidad no es una actitud valorable.

Nos parece que todos estos casos son dignos de las novelas de Gabriel García Márquez y, entonces, nos sentimos orgullosos de haber dado material literario para que nuestra realidad maravillara al mundo por medio de nuestro Nobel. Pero no nos damos cuenta de que el realismo mágico de su literatura no era un homenaje a nuestra realidad sino una denuncia de esa forma ingenua y cegada de enfrentarnos a nuestras terribles situaciones.

Tal vez, si empezamos reconocer que nuestra realidad no es solamente el material literario de nuestros autores sino la difícil vida que cada día experimentamos seamos capaces de empezar a vislumbrar una posibilidad de cambio.

 

Mario Henao
Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Realiza en estos momentos su tesis de maestría en Estudios de Cine y Teatro Argentino y Latinoamericano en la Universidad de Buenos Aires. El tema de su tesis es la dramaturgia del escritor franco-argentino Copi. Ha trabajado como profesor de colegio y de universidades en donde ha estado a cargo de cátedras sobre el oficio de escribir. Publicó artículos sobre cine, entre los que se destaca el realizado sobre la película del mexicano Arturo Ripstein El lugar sin límites. Este artículo salió en la revista de la Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual. Ha participado en diferentes coloquios y congresos sobre teatro. Además, participó como actor en la obra documental Mi única fe, presentada en Buenos Aires, en el Festival Fringe 2013 de Madrid y en la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2013. En compañía de Nicolás Morales fundaron el club del Fuego Secreto en la librería Casa Tomada en donde desarrollan charlas sobre literatura queer.