¿Fernando Vallejo es sólo un viejo fastidioso?

Opina - Literatura

2017-06-22

¿Fernando Vallejo es sólo un viejo fastidioso?

Fernando Vallejo es escritor.

Parece tonto afirmar esto, pero no resulta así si se observa con mucho cuidado la manera como son asumidas sobre todo sus intervenciones públicas, sus propuestas y hasta su condición sexual o el timbre de voz que usa. Las pasiones que despierta por donde va tienen como consecuencia una exagerada polarización: Vallejo es amado hasta la hilaridad por un grupo de fanáticos, la mayoría jóvenes, que lo encuentran lúcido, valiente, delante del hipócrita libreto de esta sociedad. Así mismo Vallejo es odiado con fiereza por los motivos más disímiles, que van desde su ateísmo hasta la manera irrespetuosa como habla de los poderes, o por un supuesto discurso repetitivo y con aires de aparente cantaleta desparramado por él cada vez que le brindan ocasión.

Se cuestiona, adora, denuesta al orador, al personaje público que parlotea e insulta sin cesar delante de los respetables auditorios, pero se olvida con mucha rapidez que Vallejo es escritor.

Y son pocos quienes han tratado de entroncar sus vituperios al grueso de su obra, lo más valioso que tiene y en lo cual resulta inigualable. El afán iconoclasta del Vallejo oral es una faceta más de su propuesta artística, contestataria, beligerante e impecablemente escrita.

En otras palabras: Fernando Vallejo más que un profeta o un corruptor es un hombre de letras, y tras cada discurso público o cada libro intenta hacer literatura.

Lo suyo es pura voluntad de estilo, un modo pulcro de escritura que él asegura haber aprendido por sí mismo y que le sirve, como arte de la injuria, para desenmascarar la mentira, sea esta eclesiástica, gubernamental, científica, o para manifestar el dolor por su país – tanto la Colombia de su niñez y adolescencia, que ya no existe, como la Colombia desastrosa, corrupta de la actualidad -.

Imagen cortesía de: A clear glimmerEsta visión de lo real no es el mero insultar por insultar de un resentido. Proviene de una angustia y una amargura maceradas a través de los años las cuales, mediante una prosa refinada, ha sabido convertir en potentes temáticas literarias, con capacidad de ser símbolos o metáforas del caos que habita. Así, la figura del globo que arde mientras se eleva en ‘Los días azules’ da cuenta de la pérdida del Paraíso durante la niñez; la libreta donde apunta los muertos en ‘El don de la vida’ es un combate material – malogrado de antemano – con el olvido; la restauración de una casa en ‘Casablanca la bella’ es el esfuerzo inútil por paliar la desgracia familiar, social, histórica. Todo esto lo escribe haciendo uso de un lenguaje feroz, brusco e involuntariamente cómico que nace de su intención primordial: la honestidad.

Bastaría comparar con sus libros los discursos agresivos por los que es objeto de crítica. La búsqueda de una redención y de un pacto con el horror cotidiano es la misma.

A los ataques o alabanzas por sus improperios desconectados de su producción literaria, se suma un reclamo permanente de diversos contradictores quienes aseveran que Fernando Vallejo solo vocifera y no contribuye a dar soluciones, o que sus aportes son nulos.

Quienes dicen esto tal vez desconocen o no conocen bien la gran contribución de Vallejo, como autor, en materias que pasan por una reformulación y renovación del ensayo biográfico, la puesta en cuestión de la Iglesia Católica Romana de igual a igual por medio de argumentaciones históricas, la escritura de una gramática del lenguaje literario única en su género e indispensable para comprender los entresijos de la creación literaria, un brillante modo de abordar el realismo como tema, y sí, también, una refrescante y muy singular recuperación del discurso en plaza pública, forma un tanto olvidada de hacer literatura.

No es arbitraria, tampoco, su actitud repetitiva e insistente porque hace parte del estilo que ha gestado: arroja sus dardos una y otra vez sobre las mismas problemáticas pues sabe que los males denunciados no sólo continúan vigentes sino que han adquirido portentosas maneras de legitimarse.

El autor de El desbarrancadero seguirá perorando, sin duda, con su tribuna aquí o en donde se lo permitan. Más que todo para bien de la literatura.

Este país tiene entre sus tesoros invaluables a un gran escritor llamado Fernando Vallejo. Por desgracia, mucha gente se ha quedado con la imagen superficial de un ancianito fastidioso que profiere groserías delante de multitudes. Aun esta gente no nota la grandeza de Vallejo. Porque ni siquiera la sospecha.

 

 

( 2 ) Comentarios

  1. Vallejo tal vez es un gran estilista, sí. Pero no hay que confundir forma con fondo. Los buenos argumentos no dependen de la forma, y si uno mira a través del estilo de Vallejo no hay mucho.

    • Menciono, en aras de ampliar la discusión, seis contribuciones de Fernando Vallejo:
      1. Una visión renovada del arte biográfico que apela al estudio de documentos rudimentarios de archivo y a especulación ensayística.
      2. ‘Logoi’, gramática del lenguaje literario, que intenta ordenar o clasificar los giros y maneras universales de la técnica literaria.
      3. En su novelística una mixtura equilibrada de lo autobiográfico con la elaboración ficticia.
      Además puede ser entendida como un testimonio de primera mano en cuanto a las consecuencias de la época de La Violencia, o del influjo de la cultura del narcotráfico en el individuo común.
      4. Una polémica – documentada rigurosamente, además – historia de la Iglesia Católica Romana.
      5. Puesta en cuestión del naturalista Charles Darwin por su ambigüedad en la definición del concepto ‘especie’, corazón y eje de toda la Teoría de La Evolución.
      6. Rescate del filólogo colombiano Rufino José Cuervo, autor de un diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana. Vallejo opera en el libro que le dedica como traductor e intérprete del legado de Cuervo lingüista.
      Desde luego, no hay una ideología en Vallejo, ni se le pueden pedir aportes en cuanto a cátedra política. La retórica bastarda y virulenta que usa en los discursos es mera elocuencia y sería sesgado cotejar sus aportes a las letras y al humanismo desde esa instancia, la más endeble de toda su propuesta literaria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Darío Rodríguez
Ese es el problema.