FARC y ELN: Dos procesos distintos, un sólo anhelo

Opina - Conflicto

2017-02-12

FARC y ELN: Dos procesos distintos, un sólo anhelo

Ahora que por fin se dio inicio a la fase pública del proceso de negociación política entre delegados del Gobierno y la dirigencia del Ejército de Liberación Nacional (ELN), vale la pena detenerse a mirar algunos detalles de la metodología planteada para el desarrollo de los diálogos de paz y diferenciarla de la que se implementó durante el proceso de paz adelantado con las Farc.

En primer lugar, las líneas rojas planteadas por Santos a las Farc se mantienen para la negociación con el ELN. Estos inamovibles del gobierno: 1. No se toca a las Fuerzas Armadas, 2. No se tocan las relaciones internacionales, 3. No se toca el modelo económico y 4. No se toca el modelo político, darían al traste con el proceso que recién se inició en Quito, cuando las propuestas emanadas de la Mesa Social, compuesta, por ahora, por sectores sociales, entren en conflicto y se topen con la rigidez de esas líneas rojas o inflexibles trazados por el Gobierno.

¿Qué pasará entonces cuando eso suceda? Llegado ese momento, el COCE dirá que los diálogos no podrán seguir porque no existe real voluntad de la contraparte para modificar o cambiar sustancialmente las causas y las circunstancias contextuales que legitimaron en su momento el levantamiento armado y de inmediato señalará como responsable al gobierno, por mantenerse firme en esos puntos que no está dispuesto a negociar, por la presión que hace sobre este el propio Establecimiento.

Señalo entonces que la negociación política entre los delegados de Santos y los plenipotenciarios del ELN queda supeditada a las propuestas que saldrán de una Mesa Social variopinta, cuyas legítimas aspiraciones chocarán inexorablemente con la rigidez de aquellos inamovibles que le permiten al régimen negociar hasta cierto punto, sin que ello implique modificar sustancialmente las correlaciones de fuerza y los privilegios de específicos sectores sociales, políticos y económicos que históricamente han ostentado el poder y han manejado, hasta hoy, los destinos del Estado colombiano.

Al no sufrir derrota alguna, e incluso al no sentirse realmente amenazados por las dinámicas del conflicto armado interno, estos sectores de poder tradicional saben muy bien hasta dónde pueden ceder y qué tanto juego le pueden dar al presidente para avanzar en una negociación política y ponerle fin a la guerra interna.

Procesos distintos, un solo anhelo de paz

Distinto fue lo que sucedió con la negociación política que se dio con las Farc. En primer lugar y a diferencia con lo que parece suceder con la dirigencia del ELN, el Secretariado de las Farc exhibió desde el principio de los acercamientos y durante el desarrollo de los diálogos en la Habana, una inquebrantable voluntad de no pararse de la mesa hasta no lograr un acuerdo con el gobierno.

Durante el proceso de la Habana, hubo una sola Mesa Política en la que las Farc pusieron no solo la agenda pactada, sino un fuerte pragmatismo para negociar con el gobierno. Si bien se recibieron propuestas de diversos sectores de la sociedad, las discusiones y negociaciones no dependían de manera directa de la aprobación o desaprobación de un “tercero” que determinara el curso de la negociación.

Es decir, en Cuba las Farc de manera directa negociaron con los plenipotenciarios de Santos, mientras que el ELN pretende jugar el rol de intermediario, dado que la negociación se daría entre la Mesa Social —el pueblo— y los delegados del gobierno. Se trata sin duda de una compleja metodología cuya aplicación e implementación hasta el momento no se ve con claridad cómo se haría.

Al parecer y según informaciones recogidas, en el COCE no habría consenso aún alrededor de asuntos como finalizar el conflicto armado, abandonar la lucha armada y  dejar las armas. Si esto es así, supeditar la negociación política a las concesiones que el gobierno pueda hacer a las demandas de la Mesa Social, estaría dentro de los cálculos políticos de una dirigencia elena que no llega convencida en torno al abandono de la lucha armada.

Esta circunstancia interna no expondría, por ahora, grietas visibles en la estructura del poder y del mando del ELN. Simplemente estaríamos ante una actitud equivocada, o ante la comisión de un craso error de la dirigencia de esa guerrilla, que no dimensiona el momento histórico por el que atraviesa el país, resultante de un proceso de paz con las Farc que avanza a pesar de los contratiempos en esta etapa de concentración de los subversivos, camino a la entrega de armas, la desmovilización y su conversión a partido político.

Ahora bien, la metodología planteada para los diálogos con el ELN no deja de ser llamativa, interesante y democráticamente viable, en la medida en que convoca a participar a sectores sociales que históricamente el régimen de poder han perseguido, asesinado, estigmatizado y desconocido sus demandas y aspiraciones. Acá entran a jugar otros factores: cultura política, evidenciada en el real interés de algunos sectores de participar en las discusiones y llevar propuestas concretas a la mesa, los tiempos de la negociación ante la cercanía del final de la administración de Santos, y un posible cansancio de sectores de opinión frente a la búsqueda de la paz, debido a la larga negociación en La Habana.

Hay que señalar, eso sí, que la Mesa Social deberá de tornarse ampliada ante la llegada a ella, ojalá, de la academia, de los militares retirados y activos, de los gremios económicos, de los partidos políticos, de las iglesias y de los medios masivos, entre otros sectores. Por esa vía, será un error que a dicha Mesa Social solo confluyan los sectores campesinos, populares, afrocolombianos e indígenas que han podido construir, con mucha dificultad y trabajo, una agenda, la misma que se ha hecho visible a través de lo que se conoce como  el Congreso de los Pueblos.

Desde el 7 de febrero, los negociadores del ELN y del gobierno tratarán de afinar la compleja metodología planteada y discutirán asuntos que los lleven a pactar, ojalá, un cese del fuego. Deberán correr 45 días para lograrlo. Hay que estar atentos a lo que suceda en Quito.

Sin duda, estamos ante procesos distintos, guerrillas diferenciadas y un solo establecimiento. Y quizás, un solo anhelo de ponerle fin al conflicto armado interno, eso sí, con disímiles formas de entender y concebir la paz.

Adenda 1: Acabar con la corrupción público-privada es imposible. Tocaría desmontar el actual régimen. Y si se logra, líderes del nuevo régimen montarán sus propias mafias.

Germán Ayala
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.