Esta violencia no es nuestra

Opina - Conflicto

2017-05-24

Esta violencia no es nuestra

Uno de los hechos que históricamente han sido aceptados como detonante de la violencia en Colombia es el magnicidio del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. La guerra de guerrillas desatada en la década del cincuenta apoyada por las influencias externas de la revolución cubana y el poderío de la antigua URSS, puso de manifiesto todas las falencias políticas y sociales que yacían dormidas en nuestro territorio pero que solo se vieron exacerbadas por la trágica muerte del caudillo.

No obstante, para muchos otros, la génesis del conflicto interno colombiano nace desde la época de la colonia y el surgimiento de nuestra era republicana, teoría que es tan válida y tan cierta como el hecho de haber tenido aproximadamente cuarenta y nueve guerras civiles tan solo en el siglo XIX y haber empezado el siglo XX con el conflicto denominado La Guerra de los Mil Días. En ese orden de ideas, podríamos afirmar que ninguna persona venida de estas tierras ha tenido un solo día de paz en los últimos doscientos años.

Factores como la desigualdad, la falta de oportunidades, el desprecio por la vida y la negligencia por parte de las clases dirigentes para respetar los derechos de los pueblos, han permitido la incubación de esta violencia, en ocasiones silenciosa, que nos ha acompañado desde nuestras cunas hasta nuestras tumbas. Hemos aprendido que esta violencia es casi endémica y hemos llegado a considerarla propia, inherente a nuestros pueblos, y hemos aceptado su presencia a tal punto que nos hemos acostumbrado a su sombra sobre nuestras vidas.

Pero la realidad es otra. La violencia no solo ha sido nuestra, sino que ha cabalgado por la historia del mundo entero sin mayores obstáculos. La historia de las confrontaciones de la humanidad es tan antigua como la raza humana misma. Desde los inicios de las grandes civilizaciones antiguas las guerras han estado a la orden del día y la supremacía de poder se ha impuesto a través de la violencia. Ejemplos hay muchos: Durante el siglo V a.c. se llevó a cabo la guerra del Peloponeso que enfrentó a Atenas con Esparta dejando centenares de muertos. En el mismo siglo se desarrollaban las guerras Médicas que enfrentaron a persas y Helenos y durante los siglos III y II a.c. se tranzaron en batalla romanos y cartagineses por el dominio del Mediterráneo en las llamadas Guerras Púnicas.

Personajes de la talla de Alarico II, rey Visigodo; Atila, rey de los Hunos y el siempre temido Gengis Kan, se impusieron en el mundo entero en la antigüedad, no precisamente a través de ofrendas florales, sino armados de las más horripilantes tácticas de tortura y aniquilamiento de pueblos enteros.

La iglesia católica haría lo propio y también desde siglos muy lejanos auspició verdaderas orgías de sangre, como el exterminio de los albigenses occitanos en el sitio a Beziers por orden del legado papal Arnoldo Amalrico, este último al servicio del papa Inocencio III; las Cruzadas en las que fueron fríamente exterminados turcos, musulmanes, cristianos ortodoxos, paganos y judíos; la Santa Inquisición, que no fue cosa distinta que mandar a la hoguera a todos quienes no comulgaran con su doctrina ni fueran áulicos de sus desmanes –un ejemplo lamentable fue la muerte en la hoguera del astrónomo Giordano Bruno- y un larguísimo etcétera. Tal sería la corrupción de la Iglesia católica, que en épocas de la edad media, ofrecía sin recato indulgencias -perdón y amnistía a sus pecados- a todos lo reyezuelos que apoyaran su sagrada misión de aumentar su inconmensurable poder.

Así las cosas, la violencia ha acompañado a la especie humana desde siempre y lo seguirá haciendo. Por eso no debería sorprendernos que en plena era de la modernidad tecnológica nos sigamos matando de la manera más primitiva y cavernaria.

Dicho todo lo anterior, podríamos concluir que la violencia y la necesidad de imposición sobre el otro son inherentes al ser humano, casi un instinto. Desde nuestra infancia se nos ha enseñado la violencia como método de imposición de ideas. La autoridad de nuestros padres pasaba primero por el castigo físico como demostración de superioridad.

Así, aprendimos que el uso de la violencia es completamente lícito y justificado. Por esto es que lamentablemente a la violencia jamás le faltarán representantes dispuestos a todo, con tal de imponerse sobre los demás. Aún vemos ejemplos de ello, como el ex vicepresidente Vargas Lleras, que impone su voluntad a punta de coscorrones.

La historia colectiva y nuestras historias individuales nos recuerdan que no solo Colombia sino el mundo entero no han tenido un solo día de paz en toda su historia. Siempre, en todos los momentos de la historia sin excepción, ha existido en algún lugar del mundo un derramamiento de sangre y una confrontación que implique algún despliegue bélico.

Ciertamente existen facciones de la sociedad que aún no han saciado su instinto de venganza y que no encuentran camino distinto al de la confrontación, convirtiéndose en los representantes de esa secuela histórica que nos lleva a vivir en permanente conflicto.

Imagen cortesía de: Actividad Cultural del Banco de la República

Lo estamos viviendo en la actualidad con el proceso de paz con las guerrillas, el cual desde el instante en que se dio a conocer al país, ha tenido tantos querientes como detractores, estos últimos, reivindicando su derecho a la justicia que en realidad no es otra cosa distinta a una encarnizada venganza y la incapacidad de otorgar un perdón que suponga una nueva oportunidad, no sólo para los desmovilizados, sino para esta sociedad que ya harta sangre ha derramado. Y es justamente allí cuando entran en escena los populistas y demagogos de siempre, que buscan hacer de la guerra su mejor negocio. Los mismos demagogos que sirven en bandeja de plata las cabezas de nuestros soldados, hijos de campesinos humildes, para saciar la sed de sangre de esta sociedad enferma y delirante que siempre va a reclamar más muerte.

Por esto es que el camino hacia la paz es y será siempre tan dispendioso y marcado por los más persistentes obstáculos. Ya vemos en estos tiempos álgidos y días de nubes grises, que la implementación y consecución de una paz estable y duradera será más dura que la firma de los acuerdos mismos.

Porque la violencia nos nace desde adentro, la tenemos tan enquistada en nuestras vidas que ya hemos aprendido a vivir con ella al punto de no notar siquiera su presencia. Amplios sectores de nuestra sociedad gustan de vivir con ella y se niegan de manera rotunda a desprenderse de esta violencia de una vez y para siempre.

En suma, sabemos ya de antemano que el camino en la construcción de una mejor sociedad no será fácil y que el compromiso deberá ser, sin excepción, de todos y cada uno de los que conformamos el sueño de la paz.

Ese es realmente el desafío que tenemos frente a nosotros: sobreponernos a esta violencia que nos acompaña desde que el mundo es mundo. Entender que, a pesar de lo que hagan y digan los señores de la guerra, podemos tender canales de solución diferentes a la contienda. Comprender que cada vida humana cuenta y que nunca será tarde para torcerle el destino a esta humanidad fratricida que lentamente se desangra.

 

 

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Mauricio Pérez Moreno
Defensor de la educación como único método confiable para la resolución de nuestros conflictos sociales. Amante de los libros de historia y adicto a los cubos Rubik. Treinta y cinco años tratando de entender a Colombia sin mucho éxito. Convencido de que La Verdad, aunque se halle escondida debajo de las piedras, nos hará verdaderamente libres.