Espíritu Olímpico

Opina - Deporte

2016-08-31

Espíritu Olímpico

No deja de sentirse aún cierto aire de nostalgia después de una semana vacía, sin los Juegos Olímpicos. Si bien parecen lejanos, como si hubiesen tenido lugar en la antigua Grecia, es uno de los pocos eventos que dejan una suerte de esperanza, de confianza, tal vez porque ese conjunto que reúne una muestra del mundo nos ofrece un buen ejemplo para esta golpeada humanidad.

Aunque es cierto que nada se puede idealizar moralmente como bueno, lo que llaman algunos El espíritu olímpico es una fuerza y una dignidad que no se percibe en las competencias del calendario habitual y menos en el quehacer cotidiano. En los Juegos Olímpicos de Pekin el atleta colombiano Juan Carlos Carmona, quien corrió en la maratón, le dijo a los medios: El puesto 43 me deja feliz. Y como él, seguramente la mayoría se siente feliz por solo participar. Obvio que en los sueños todos anhelamos la preciada medalla de oro, sin embargo, ganar es una anomalía, como subirse a una estrella fugaz.

A los múltiples ganadores del oro olímpico los comentaristas deportivos los ensalzan con pretenciosas frases de vulgar poesía y se enfocan en los “más grandes”, a quienes usualmente divinizan o comparan con máquinas. Es necesario pues rescatar a los que marchan sin pompa, al actor secundario, al que sale por la puerta de atrás, a los que ganan y saben que por una milésima de segundo pudieron ser perdedores, a los que llegan de segundos, terceros, o cuartos, y a los que ocupan la posición número 43. Verdaderamente en el montón está la humanidad. Mientras que el victorioso muestra la plenitud de la dicha, en los otros encontraremos la gama más amplia de pasiones: alegría, tristeza, frustración, desesperación, impotencia…

De los permanentes triunfadores se escriben en la actualidad biografías best seller; son convertidos en ficciones, a tal punto que su piel es el uniforme, la máscara para representar su papel; más cuando aparecen por fuera del escenario deportivo, usando frac o camisetas, la aureola se desvanece y se ven ordinarios, comunes y corrientes. Por el contrario, de aquellos que no figuran en anales se ocupará el arte, la novela o cualquier expresión sin ínfulas de banal eternidad, que comprende que incluso las más exactas y precisas competencias están regidas por azar y arbitrariedad; de ahí que tantos ganadores son generalmente afortunados circunstanciales; son los mejores en un momento y en un ámbito específico.

Muchos campeones de hoy no lo serían si los juegos modificarán sus reglas; si por ejemplo las pruebas de 100 metros fueran de 78 o a los partidos se les restaran cinco minutos. Sin contar con el azar de una lesión, del clima, de una inesperada caída, de un fanático inoportuno. De igual modo cada disciplina moldea a sus participantes: Usain Bolt difícilmente ganaría la prueba ecuestre o la triatlón y Michael Phelps no sería el más adecuado para participar en gimnasia. Por ello es que no existe un cuerpo perfecto único, como lo repite la publicidad, más bien la diversidad es la que hace posible que el cuerpo humano se lleve a sus más exigentes posibilidades: saltar, nadar, correr, apuntar, lanzar… ¡Y qué placer ver a los deportistas en cada campo! Qué deleite resulta observar esos cuerpos en el momento, que no es competitivo sino puro juego, pura estética, en donde brindan una luz de belleza efímera.

Una afirmación como la del atleta colombiano, digno en su puesto 43, nos permite distinguir entre jugar y competir. La una no excluye a la otra, no obstante, cada vez la balanza se inclina hacia la competencia desvergonzada, a ganar a cualquier precio, sin consideración. Lo cual se ejemplifica en el más popular y con menos espíritu olímpico de los deportes: el fútbol.  Es verdad, los atletas se preparan y son preparados para competir, y su meta es ser los mejores, más cuando algunos se salen del molde y compiten jugando, divirtiéndose, la vida regresa al deporte. Desafortunadamente los niños, los jóvenes, y también los adultos, aprenden más a competir y menos a jugar.

Jugar siempre será una remembranza de los tiempos infantiles, de la despreocupación, de las tareas gratuitas e inútiles, del placer que proporciona hacer algo simplemente “porque sí”. Es encantador que dos niños se tomen una habitación completa porque saben que allí ocurrirá la batalla más importante que conocerá el universo, entre un superhéroe con capa y un osito de felpa. Y si hay un ganador, a las pocas horas osito y superhéroe estarán juntos montados en una caja de cartón viviendo increíbles aventuras.

En cambio, la competencia que se nos propone día a día implica ser el primero, mantenerse en la cima, considerar al otro una amenaza, gastarse las horas con la mira puesta en una meta que deja tirados en el camino a los débiles que no llegaron de pie, a quienes por conveniencia nunca les extendimos la mano.

Imagen cortesía de: femalecoachingnetwork.com

Imagen cortesía de: femalecoachingnetwork.com

A mí personalmente me conmueven bastante los deportistas que ganan una medalla de oro y lloran desconsolados como el pesista colombiano Óscar Figueroa, él sabía muy bien que lo lograba por primera y última vez. En cambio, los que se acostumbran a ganar como Michael Phelps, asombran, pero de a poco se nos antojan “especiales”, es decir, la cosa ya no tiene que ver con ellos. Phelps o Usain Bolt se acercan a la imagen heroica, parecen tocados por la divinidad, hacen lo que muy pocos, baten récords, inscriben su nombre en la historia de una época a la que no le gusta recordar, y se rodean de fanáticos y de grandes marcas. Son admirables esos deportistas que ganan en una oportunidad y no más, o que alcanzan el segundo lugar, o que como el atleta colombiano son felices en el puesto 43 y continúan la vida anónima; veo en ellos una metáfora cercana de la existencia: entrar, hacer algo, pasar y marcharse al olvido.

Tantos afanes que tenemos por arrancar antes, por aprovecharnos de las debilidades del prójimo, por aventajar al compañero, por tomar primeros la curva, por anotar y superar adversarios para colocarnos una medalla reluciente en el sudado pecho del orgullo que desconocemos lo realmente importante: jugar con la nobleza del niño que no destruye a los demás.

En un momento en el que el país se enfrenta al trascendental reto que marcará el destino de futuras generaciones, quisiera uno que tuviéramos la altura del que juega limpiamente y jamás la vileza del que compite con trucos sucios, y, aunque sea por un instante, qué afortunados si nos cobijara el espíritu olímpico de atisbar un destino juntos sin importar quién gane, como aquella atleta estadounidense D´Agostino que ayudó a su par a levantarse y a seguir hasta la meta después de que ambas cayeran en la pista. Sí, darle la mano a los colombianos víctimas de atropellos e injusticias y caminar todos sin esperar vencedores ni perdedores, felices de llegar en el puesto 43 o quizás más atrás. Sí, es un sueño; mas no siempre tendrá que ser una ilusión.

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Eduardo Cano Uribe
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