Elogio a la mediocridad

El fútbol, como deporte espectáculo, hace rato dejó de ser una justa deportiva asociada, exclusivamente, a la búsqueda de la “gloria deportiva y los máximos honores”, para convertirse en un vulgar negocio.

Opina - Deporte

2017-10-12

Elogio a la mediocridad

En el partido de fútbol, por las eliminatorias al Mundial en Rusia 2017, jugado entre las selecciones de mayores de Perú y Colombia, se dio una escena que muchos calificaron como “un pacto de no agresión”, dado que el empate a un gol convenía a los dos oncenos: Colombia clasificaba de manera directa a la cita orbital, en el cuarto lugar y Perú, accedía a lo que se conoce como el “repechaje”, al ocupar el quinto puesto de la eliminatoria. La misma revista Semana, de Colombia, tituló su nota del 11 de octubre, de la siguiente manera: El pacto de Lima: ¿Falcao acordó el empate ante Perú?[1]

Varios portales[2] de noticias dieron cuenta de lo que sucedió minutos antes de terminar el partido, cuyo marcador  resultaba definitivo a los intereses de una tercera selección: la de Chile. En la imagen, se vio a Radamel Falcao García conversando con varios jugadores peruanos. Posteriormente, se notó con claridad que la selección peruana renunció a buscar la victoria, tocando el balón en su campo; lo mismo ocurrió con su similar de Colombia, cuyos jugadores no buscaban quitarle el balón a sus adversarios.

Al parecer, estamos ante un “pacto de no agresión”, que no es nuevo en el fútbol, por lo menos en este hemisferio[3]. Incluso, varios que defienden y ven como normal lo sucedido, recuerdan que Colombia fue víctima, en el pasado, de pactos de este tipo, para evitar que accediera a un mundial. En particular, rememoran un partido entre Uruguay y Argentina, en las eliminatorias para el Mundial de Korea en el 2002. Y al hacerlo, estos compatriotas terminaron validando la perniciosa decisión adoptada por los seleccionados del Cono Sur. Tan inaceptable lo que sucedió en aquella época, como lo acontecido anoche en Lima.

Lo sucedido en la cancha del Estadio Nacional de Perú, da cuenta de un episodio que confirma que el fútbol, como deporte espectáculo, hace rato dejó de ser una justa deportiva asociada, exclusivamente, a la búsqueda de la “gloria deportiva y los máximos honores”, para convertirse en un vulgar negocio.

Un jugoso y rentable negocio, capaz de someter el honor deportivo, el respeto por una camiseta nacional y, sobre todo, el que se deben los jugadores  hacia millones de fanáticos que aún creen que asisten a un enfrentamiento deportivo y no a un encuentro comercial y empresarial disfrazado de partido.

Es decir, lo pactado o no en Perú, nada tiene que ver con la competencia deportiva, en tanto los jugadores de las selecciones de Colombia y Perú renunciaron a jugar en los minutos finales, dejando de esa manera, de cumplir con dos funciones sustanciales en dicha disciplina deportiva: atacar y defenderse. Funciones que se cumplen a través de la disputa y la tenencia del balón.

Así las cosas, llamo a lo sucedido en dicho escenario deportivo, como el “elogio a la mediocridad”, en tanto se dejó de competir para alcanzar un lugar privilegiado en la historia deportiva del continente, y se conformaron, unos, siendo cuartos en la tabla de posiciones, pudiendo ser segundos o terceros, de haber insistido hasta el final, por alcanzar la victoria; y los otros, que dejaron de buscar la posibilidad de derrotar a Colombia, conformándose con la opción de ser quintos y jugar el “repechaje”, asumiendo, muy seguramente, que será fácil derrotar al rival que les corresponde enfrentar.

Se trató, además, de la comisión de un “fraude deportivo” que queda oculto detrás de las celebraciones a rabiar de los hinchas peruanos y colombianos, y por supuesto, la de los propios jugadores cafeteros e incas, que brincaban de alegría: los primeros, por acceder al Mundial Rusia 2018 y los otros, por el chance de acompañar a Colombia a la misma justa deportiva, si derrota a la selección de Nueva Zelanda, en el marco de lo que se conoce como el “repechaje”.

El periodismo deportivo se hizo co-partícipe de dicho elogio a la mediocridad, en la medida en que volvió a los viejos procesos de heroización, convirtiendo a los jugadores colombianos en Héroes. ¿En Héroes de qué? En ¿dónde está el heroísmo? En lugar de rechazar lo que sucedió en las postrimerías del encuentro, varios, por no poder decir todos los periodistas, se acomodaron a las circunstancias que impone el negocio del fútbol. Y como voceros de ese “fraude deportivo”, sirvieron de estafetas a los patrocinadores que, por supuesto, jamás entrarán a criticar la conducta poco deportiva en la que cayeron los protagonistas de dicho partido.

Distinto lo que mostró el seleccionado de Brasil en la misma eliminatoria a Rusia 2018. El fútbol que exhibió en las últimas jornadas y la actitud de sus jugadores hacen parte de lo que llamo la búsqueda genuina de la gloria y el reconocimiento. De esa forma, sepultaron cualquier asomo de mediocridad. Justo, lo contrario a lo mostrado por los seleccionados de Perú y Colombia.

Lamentable lo que sucedió en dicho escenario deportivo. Y por supuesto, que no podemos esperar reacción alguna de la FIFA, cuestionado ente no solo por el comportamiento mafioso y corrupto de varios de sus dirigentes, sino porque su poder, resulta incontrastable aún para los propios Estados.

Más grave aún resulta el episodio no futbolístico, para una sociedad como la colombiana en donde por estos días, y ante el silencio de los fusiles de las Farc, los colombianos podemos escuchar en toda su magnitud, el ruido insoportable de la corrupción. Lo sucedido en Lima, sin duda, contribuye a ese ethos mafioso que se entronizó en el país y que tiene en la viveza y en la maña a sus correlatos más inmediatos.

Que en feroces guerras y batallas los guerreros pacten treguas, vaya y venga, pero que en un deporte espectáculo como el fútbol se “negocie” no jugar, no competir, termina siendo una conducta que acerca a los involucrados a la comisión de un “fraude deportivo”.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Germán Ayala
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.