El riesgo de la xenofobia en Colombia por la inmigración venezolana

Infórmate - Sociedad

2017-08-06

El riesgo de la xenofobia en Colombia por la inmigración venezolana

Venezolanos en Colombia hablan de la experiencia de reformar una vida después de salir de su país y del temor a ser excluidos y maltratados por la estigmatización contra los inmigrantes.

 

Con apremio, intriga o alarma, así reciben los colombianos la novedad de verse rodeados por inmigrantes venezolanos. La miel negra que atrajo a los nacionales en el siglo pasado no se ha agotado aún, pero cayó el crecimiento económico y las oportunidades que la bonanza petrolera representaba para Venezuela y para el millón de colombianos que según estudios emigraron en los últimos 40 años.

Colombianos como Gladys Olaya que hace 44 años se fue a vivir a Venezuela cuando la situación allá era buena y las oportunidades de trabajo numerosas : “Yo quería mejorar mi situación económica, las empresas venezolanas contrataban a los colombianos porque a nosotros no nos importaba el sueldo, no nos importaba el horario, con lo que nos pagaban bastaba y podíamos mandarle plata a la familia acá”.

Gladys creó una empresa, se casó y formó su familia en Venezuela. Dice que fue difícil, que los rechazaron como a los venezolanos ahora, les reclamaban por ocupar un puesto que creían merecer como nacionales. Aun así considera que le debe todo a ese país y no le deja de preocupar que situaciones como las que vivió se repitan: “No podemos ser resentidos. Para nosotros fue duro pero así y todo tuvimos mucho apoyo allá, por eso me pongo en su situación; si podemos darle la mano a aquel que alguna vez también nos la ofreció, ¿por qué no hacerlo?”.

La entristecen los casos de personas a las que se emplea con un salario previo definido para después no pagarles nada o muy poco, o de los que aprovechan la necesidad del otro para obligarlo a trabajar 18 horas diarias.

Las cifras de Migración Colombia indican que fueron 378.597 los venezolanos que ingresaron al país en el 2016, de esos cerca de dos mil fueron deportados por razones como ingreso, permanencia irregular, o desarrollo de actividades no autorizadas. Entre 2014 y 2017, años de recrudecimiento de la crisis, en Bogotá el ingreso de venezolanos fue de 442.362, Medellín 57.932, y ciudades de frontera como Cúcuta y Paraguachón recibieron 259.470 y 162.919 respectivamente. En enero de 2017 hubo 47.094 ingresos registrados, un aumento de más de más la mitad comparado con la cifras en el mismo mes del año pasado.

Migración Colombia tiene siete puestos de control de paso terrestre en cuatro departamentos fronterizos con Venezuela, pero información de la Defensoría del Pueblo indica que hay alrededor de 120 pasos clandestinos por los que se movilizan colombianos y venezolanos sin ninguna regulación migratoria por parte de los dos países, como en Paraguachón y Puerto Carreño. Solo en la capital del Vichada, con una población de 15.000 habitantes, se calcula que existe un flujo fronterizo de 100 personas por día, de las que solo 25 acuden a las vías formales para hacerlo.

“No venimos a robar a nadie”

Carmen Lucero Apellido pasa con agua de la llave las palabras que se le atoran cuando habla de su viaje a Colombia. Vino de San Antonio de Táchira, la ciudad que en el 2016 fue protagonista de la deportación masiva de colombianos por parte del gobierno de Nicolás Maduro, dice que ese hecho marcó a los venezolanos aquí porque se les comenzó a señalar y culpar por las decisiones del presidente: “Cargamos con lo que nos hizo Maduro a nosotros y ahora aquí nos quieren culpar por lo que haga Maduro contra los colombianos. Somos hermanos, a nosotros nos duele eso también.

Nosotros no venimos a robar a nadie, venimos a trabajar. Yo me vine porque no me podía quedar con los brazos cruzados. La situación no mejoraba y todo echaba para atrás; no había qué hacer. Llegué y no sabía dónde iba a dormir. A mí me tocó pasar por el río, porque estaba cerrada la frontera y los venezolanos no podíamos salir. El colombiano podía salir y decir que renunciaba a estar allá y no lo podían detener. Tocó por caminos verdes, como dicen, por trocha; nos agarró la guardia, nos extorsionaron para dejarnos pasar, a algunos se los llevaron presos”, cuenta.

Gladys habla de su experiencia personal como inmigrante de ida y vuelta y cree que las actitudes excluyentes, más contra los venezolanos, no tienen justificación: “No dejo de ver personas que dicen que los venezolanos están llegando a quitarles la comida. Yo digo que nadie está viniendo a quitarle la comida a nadie, no hay razón para tratar a una persona de esa manera”.

Como Gladys hay venezolanos que sienten un cambio de actitud entre la primera acogida y el trato que se les da actualmente. Maribel Lopera es una de las que perciben esa transformación en el recibimiento que les dan los colombianos. Viene de San Juan de Los Morros, capital del estado de Guárico, llegó a Medellín hace cinco meses para trabajar en confección, el mismo oficio que desempeñaba antes de salir de su país: “Al principio fue muy buena nuestra llegada. Ahora ya le gente se ha vuelto más cerrada, más selectiva, se notan preocupados, piensan que les van a quitar el trabajo. Tienen miedo que nos privilegien, que nos prioricen y les quiten las oportunidades a colombianos que las necesitan”.

Hay casos como el de La Asociación de Migrantes de Venezuela, Asovenezuela, que le pidió el 22 de abril de este año al Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia que explicara el porqué de las denuncias que muchos venezolanos presentan ante la organización por el mal trato que los funcionarios de la Cancillería tienen ante el pedido de visados. Los denunciantes afirman que se les requieren documentos de imposible cumplimiento para no otorgarles lo que piden y en muchos casos les dan largas para imposibilitarles el acceso a información o papeleo.

 

Un estigma político

Para Jesús David Girado, doctor en filosofía de la UPB, hay dos vertientes claras en el temor al extranjero en general y al venezolano en particular. Una es la carga política con que por parte de los colombianos se tiende a señalar al que venga de Venezuela, una relación estrechamente ligada a la izquierda: “El imaginario colectivo colombiano empieza a pensar que un venezolano es sinónimo de chavismo y lo empezamos a ver como una especie de amenaza, alguien que va a empezar a hacer una especie de proselitismo en nuestra sociedad desde la vertiente política del socialismo”.

Girado agrega que la fractura diplomática que se produjo en los gobiernos Chávez-Uribe es todavía motivo de resentimientos entre venezolanos y colombianos, y persiste aún la división tajante de una identidad política y cultural relacionada con el país del que se provenga.

Girado explica que en el plano global siempre hay un sentimiento de temor hacia el extraño, mixofobia, en el que desde el discurso político y el común se apela a la amenaza que el otro representa para rechazarlo: “Se piensa que el extranjero es alguien que viene  a quitar el trabajo y a generar condiciones de caos. Todo lo extraño genera un poco de miedo en la medida que esa persona supone una especie de quiebre en la continuidad de la vida y la permanencia en las condiciones de identidad en la que nos encontramos”.

Mal no es peor

Lucero se levanta entre semana a las cuatro de la mañana, arrastra un carro de comida rápida hasta su punto de venta y vuelve ya entrada la tarde a su casa. En medio de lo difícil que resultaría un horario así para cualquier trabajador, Lucero no se queja, y prefiere eso a tener que regresar a Venezuela: “Allá nadie está trabajando, todo los negocios están muertos. Yo no podía conseguir harina para trabajar, y si conseguía no me compraban”.

En Venezuela Maribel manejaba su propio negocio, era independiente y reconocida en su ciudad. Dice que Colombia es difícil, que tiene una burocracia muy complicada: “Son tres meses de permiso y tres meses de prórroga. Directamente llegas sin salud, sin educación, sin una casa donde dormir. Yo no sé cómo hace tanto venezolano para estar acá; la mayoría no viene como yo, viene mucho peor”. Y así Maribel prefiere las dificultades de Colombia que un incierto regreso a su país.

Para Gladys es difícil que alguien de Venezuela quiera regresar en este momento a su país, más cuando por los medios solo se ve el recrudecimiento de la violencia y la agudización de la falta de comida: “Si los venezolanos que están aguantando hambre pueden llegar a una parte donde tengan comida y alojo, así no tengas las misma situación económica, no van a querer volver”.

Lucero piensa lo mismo, pero guarda la esperanza de que la situación cambie y que la necesidad no la obligue a estar separada de su hija y su marido: “Si saliera el gobierno, volviera otra vez la inversión a Venezuela y hubiera trabajo, yo querría regresar. Siempre es mejor estar con la familia, pero si a uno los hijos le piden comida tiene que pensar qué se pone a hacer”.

Desde el 1 de mayo empezó a regir la Tarjeta Migratoria de Tránsito, TMF, un documento para ingresar a las zonas de frontera por parte de las personas que habitan en esa zona y tienen una circulación permanente entre los dos países.

La Defensoría aplaudió la implementación de este documento pero indicó que hay venezolanos que no la pueden imprimir porque la página web de Migración Colombia no se lo permite y en otros casos como el del departamento del Vichada, donde la señal de internet es muy mala para hacer el trámite.

A esto se le suma el periplo burocrático de los colombianos que retornan para poder identificar a sus hijos nacidos en Venezuela, pues papeles como el registro de nacimiento o el apostillado venezolano son imposibles de conseguir, lo que limita el acceso a servicios básicos como la salud o la educación.

 

 

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Links

https://asovenezuela.org/#!comunicado=1

http://www.defensoria.gov.co/es/nube/noticias/6361/El-Gobierno-debe-garantizar-los-derechos-de-colombianos-y-venezolanos-que-llegan-al-pa%C3%ADs%E2%80%9D-Defensor-del-Pueblo-Defensor-del-Pueblo-Venezuela-frontera-Frontera-con-Venezuela.htm

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Néstor José Rueda