El plebiscito y la política: un retorno de lo reprimido

Opina - Política

2016-09-25

El plebiscito y la política: un retorno de lo reprimido

Un fantasma recorre a Colombia, el fantasma de la política. Contra ella se habían rebelado en santa alianza los poderes establecidos y los poderes “emergentes” durante décadas y siglos: liberales, conservadores, terratenientes, industriales, comerciantes, ejército, insurgencia, narcotraficantes, paramilitares, medios de comunicación… Todos a una, como en Fuenteovejuna, habían decidido que la política era un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de la gente, así que resolvieron tutelarla de todas las maneras posibles: por las armas, por el dinero (compra masiva de votos), por la burocracia (aquello de “el que escruta elige”), por la alienación mediática, o por todas las anteriores combinadas, generación tras generación.

Pero ahora, a pocos días del plebiscito que refrendará los acuerdos alcanzados entre el gobierno y las FARC-EP, la política ha emergido en toda su fuerza, con toda su potencia durante tanto tiempo contenida, y en su espíritu primordial: como la deliberación amplia y general, en ocasiones bastante áspera, pero en todo caso extendida por todos los rincones del país.

Que hoy día se hable más de política que de fútbol, que la discusión sobre el plebiscito haya catalizado un tsunami de opinión política a lado y lado, que la discusión de los problemas del país se haya convertido en el pan nuestro de cada día, es un hecho de importancia superlativa, y desconocido en el país, que le hace a uno suponer, quizás con un poco más de corazón que de razón, que Colombia ya ha ganado la más importante de las guerras: la guerra por la política, entendida como ejercicio de discusión colectiva de los problemas del país, y que a partir de ahí se abrirán nuevos e insospechados horizontes que pueden transformar profundamente la sociedad, aunque también cerrarla, pues que en cuestiones de historia nadie tiene la cábala perfecta.

Y es que hay que considerar tres aspectos esenciales de la nueva situación: el primero, que el desborde y generalización de la discusión sobre los problemas del país es una ganancia neta, incluso con los ribetes de polarización que ha tomado en esta campaña por el plebiscito. Como partidario del SÍ, puede que uno se sienta perplejo por las mentiras descaradas y la desinformación que algunos partidarios del NO están llevando a cabo, aunque resulta entendible, dado que los dirigentes de dicha campaña viven de la guerra, y por ende puede que mueran con ella (un hermoso corolario, por demás, de este fenómeno social actual).

Empero, hay en las razones aducidas por muchos partidarios del NO, y también en las no dichas pero imaginadas, motivos para sentir satisfacción y tener esperanza de cara al futuro. En efecto, cuando algunos partidarios del NO, aquellos que hablan desde lo que creen y no desde una posición de marcada extrema derecha (y son más de lo que uno imaginaría), argumentan que los problemas reales del país son otros, como la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el hambre, etc., lo que hacen es apuntar, sin comprender aún con claridad, lo mismo que quienes defendemos el SÍ creemos: que una vez superado uno de los capítulos de la guerra (que no el único), se descorrerá el velo que permitirá observar en su desnudez los problemas que estructuralmente aquejan al país, y habrá que manifestarse frente a ellos, y frente a efectos secundarios, como hasta ahora.

Hay en la queja de los partidarios del no un índice de redención hacia la situación futura, puesto que superado el conflicto con las FARC-EP, y todo lo demás constante, ¿a qué atribuiremos los enormes problemas económicos y sociales del país, sino es a su propio modelo, y de qué otra forma podremos obrar, si no es organizándonos? La batalla será, entonces, por impedir que la extrema derecha interprete las enormes crisis que vendrán en el próximo periodo (salud, hambre, tributación desigual, desempleo e informalidad, entre otras) como resultado del posacuerdo, y demostrar que es a la inversa: que la crisis vino antes, que de hecho siempre ha estado aquí de manera velada, y que la guerra después; y para atajar una y otra habrá que pelear para cambiar el modelo de país. Y hay en los elementos de discusión actuales aspectos que constituyen terreno abonado de cara a las nuevas tareas.

El segundo aspecto tiene que ver con el espíritu de la política que se ha mencionado: se trata de la discusión abierta de los problemas públicos, de todos, pero sin la tutela de poderes tradicionales, sino por la ciudadanía desde sus propios sentimientos, intereses y razones. Uno de los aspectos más fascinantes de la actual campaña reside, precisamente, en que la discusión ha desbordado amplísimamente el tutelaje político: amplias y diversas iniciativas ciudadanas, tertulias organizadas y espontáneas, comentarios e intervenciones en todo tipo de redes sociales, han llevado adelante la actual campaña muy por encima de los intereses de los partidos, llámense la unidad nacional, el Centro Democrático, o incluso RCN (que es también un partido político sin nombre ni registro legal).

A esto le acompaña un segundo elemento: la organización. El tutelaje a que han sido sometidos los ciudadanos por los poderes económicos, políticos y militares, pasa por el control de la conciencia y de la organización de la gente en movimiento y corrientes políticas. Y es de esperar que uno de los efectos de corto y mediano plazo de la actual coyuntura, además de la irrupción de la deliberación política, sea la organización social. No de otra manera se podrán encarar los desafíos que se vienen: la reforma tributaria, la invasión de la “inversión extranjera” en la minería de oro (ahora que la volatilidad de los mercados y la depresión de los hidrocarburos empuja al alza el precio de este metal), la nueva ley de aranceles a los licores (de la que no se habla y tendrá graves efectos sobre el país), la crisis estructural y crónica de la salud, el gigantesco problema de las pensiones, etc.

Es esto precisamente lo que da confianza en el futuro respecto a las opiniones de los partidarios del NO: una vez terminado el conflicto, y con todos estos problemas presentes y perennes, habrá que dar un paso adelante, además de un discurso hacia todos lados, e ir “adonde las papas queman”. Y hacerlo con conciencia y sin el tutelaje político de los partidos tradicionales, que es una expresión práctica y pragmática, pero no por ello menos hermosa, de lo que es el espíritu de la política.

Caricatura de Turcios en lachachara.org

Caricatura de Turcios en lachachara.org

El tercer aspecto es, precisamente, que parar desmarcase del tutelaje político, la actual campaña por el plebiscito ha debido desligarse también de cierto y malsano tutelaje mediático que, en nombre de la “información”, le ha hecho un daño inmenso y sistemático a la política y a la democracia. Tres casos, asociados a RCN, dan cuenta de esto: la “cantada de tabla” dada por Claudia López al canal el 23 de junio por la forma en que cubrieron el acuerdo que puso fin a la guerra entre el gobierno y las FARC-EP; la recriminación no velada del comandante del ejército Alberto Mejía a ese canal, por instigar a la continuación de la guerra, cuando “los que prestan el servicio militar son los más pobres de Colombia”; por último, la dura reprimenda dada por Sigifredo López al canal por el cubrimiento de su caso años atrás, cubrimiento sesgado y revictimizador del exdiputado, que sirve de índice y ejemplo de lo que ha sido la actuación de RCN en el cubrimiento del conflicto desde su aparición misma como canal de televisión.

Si algo resulta indicativo del cambio de conciencia que ha ido operándose en la opinión pública colombiana frente a la política, es la debacle de audiencia y credibilidad del canal RCN, y ello es un gran motivo de esperanza donde los allá.

Los factores antes mencionados constituyen la piedra angular para considerar que, aún a días del plebiscito que refrendará los acuerdos de La Habana, hay ya un ganador neto: la sociedad colombiana, que ha descubierto como por encantamiento intempestivo esa pulsión reprimida durante tanto tiempo que se llama la política.

Ganancia que hay que cuidar y proteger, porque tras el plebiscito, y si como muchos esperamos triunfa el SÍ y derrotamos a la extrema derecha, vendrán tiempos complejos, en los que los poderes tradicionales intentarán reencauzar el río de participación que se ha desbordado por la actual coyuntura. De ello dependerá, en no poca medida, que lo firmado por el gobierno y las FARC-EP haga metástasis en una verdadera y profunda democratización de la sociedad colombiana, condición sine qua non para la construcción, ahora sí, de la paz estable y duradera que hoy nosotros, como antes nuestros antepasados, hemos soñado e intuido vagamente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Julián Sorel
Licenciado en filosofía por ocasión, opinador por vocación, espíritu decimonónico por convicción