El librero, una especie en vía de extinción

A través de los ojos de esa librería pudo ver una época dorada del centro y para su desgracia padecer su declive.

Narra - Literatura

2017-10-05

El librero, una especie en vía de extinción

Libreros como Luis Alberto Arango se rehúsan a caer en la estocada contemporánea del olvido, pues para ellos hay un valor tan grande en su labor que defienden, como en el poema Librero, que “uno debería pagar para ser merecedor de este bello oficio”.

Bajo el abrasador sol de un domingo que cobija la zona norte de la ciudad de Medellín, Luis Alberto Arango saca unos minutos para disponerse a conversar sobre algo que conoce muy bien: su labor como librero; de forma apacible recibe a su interlocutora con una gran sonrisa y completa disposición para el diálogo que se avecina.

Luis Alberto es un librero por vocación y ha estado a la cabeza de la Librería Palinuro desde su apertura en el año 2003 en el centro de la ciudad entre Perú y Caracas, a cuadra y media de Bellas Artes. El carácter que ha formado a lo largo de los años lo ha hecho tomar decisiones difíciles para evitar el cierre de sus puertas, cosa que muchos colegas no han podido eludir.

Arango se formó como administrador; sin embargo, ha estado ligado a los libros toda la vida, por lo que su oficio actual, en palabras suyas, “no se trata de entrar a una facultad, sino que surge por azar y por el amor a los libros” y de una idea que Sergio Valencia, una vez llamado Maruja, implantó en el cuarteto (Elkin Obregón, Héctor Abad Faciolince y Luis Alberto Arango).

Los libros digitales y el cambio de dinámicas en la ciudad son algunas de las causas del cierre de distintas librerías que nacieron también en el centro, aquellas pudieron ser patrimonio paisa, pero la poca atención que tenían y en general el olvido al se expuso este sector de Medellín evitó cualquier recuerdo colectivo.

Otros como las agrupaciones paramilitares aprovecharon esta coyuntura para realizar compras de locales como espacios delictivos, la anterior incursión hizo que el centro perdiera su encanto y se llenara de piratería, drogadicción y moteles; en otras palabras, dejó de tener esa aura cultural.

Tal fenómeno ha afectado a librerías como la Nueva, la Científica, la Dante, Los libros de Juan, entre otras porque, en definitiva, “la razón económica no importa si es en pequeño o en grande, la razón Aeconómica es universal”, argumenta Arango.

En el año 2010 Palinuro estuvo a punto de decir adiós, empero, pudo continuar en la casa que vio nacer las estanterías que albergaron por años “mundos disecados”, como los llama en el poema Librarius. A pesar de ello, en el 2015 no hubo otra salida que cerrar, aunque una luz brilló cuando un amigo cercano de Luis Alberto le dijo que Wilson Mendoza, propietario de Grammata Textos, tenía libre el segundo nivel de su librería ubicada en el sector Estadio. Luego de ver el espacio, calcular gastos y demás se hicieron las concesiones pertinentes para irse del centro.

Adrede muchos de los fieles compradores en un acto simbólico se encadenaron para evitar el traslado; Arango alude a este episodio con gracia, entre risas y un conmovedor vuelco al pasado, que si bien fue muy diciente no pudo dar marcha atrás a la medida que estaba a punto de salvar del abismo a su adorada librería.

Con nostalgia dice que a través de los ojos de esa librería pudo ver una época dorada del centro y para su desgracia padecer su declive. “Las personas son los sitios y aquellas que habitaban el centro ya no están”, dice acongojado. La decisión unánime de Héctor Abad, Sergio Valencia, Elkin Obregón y Luis Alberto fue ponerla en un sector que les gustaba, en el que se sentían bien y de la misma manera decidieron marcharse de él.

Estos riesgosos cierres orillan al público lector a quedarse con las librerías gigantes como la Nacional y Panamericana donde la calidez de un librero es casi inexistente a causa de la implementación de bases de datos, las cuales, ante una mirada poco aguzada, remplazarían un erudito literato, tal como se puede ver en los distintos puntos de venta donde un trabajador no conoce ni siquiera el nombre de autores reconocidos, confunden títulos y todo lo dejan a una búsqueda en el computador o la frecuente consulta de un solo empleado conocedor del tema.

Hay una completa insatisfacción ante la ausencia de un trato diferenciado cuando se adquieren estas producciones, pues como dice Luis Alberto “el libro, por encima de todo, merece respeto” y un simple vendedor no logra dárselo. De hecho, la esencia verdadera de una librería radica en la intrínseca relación entre su librero y los ejemplares que aguardan por un lector en los estantes. Con modestia Luis Alberto afirma que “lo bonito es que de quien más aprendes es del cliente, uno no es un sabio, simplemente está guiando a otros”.

Arango añade, de forma tranquila, que está cómodo en la nueva sede, llevan alrededor de dos años y los cambios son considerables. Además, estratégicamente hay una retroalimentación constante entre un café, Grammata y Palinuro; estos funcionan como una unidad tripartita que se convoca en torno a los libros y las buenas conversaciones, de esa manera todos buscan un equilibrio económico.

Durante la Fiesta del Libro y la Cultura pervivió el ánimo de todos los socios, amigos, familia y fieles compradores de las librerías de viejo para preservar el papel de los libreros en la ciudad y evitar que desaparezca esta especie en vía de extinción.

 

Daniela Giraldo
Soy estudiante de Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y de Filosofía en la Universidad de Antioquia, además tengo fuertes predilecciones por la fotografía y la literatura.