El concepto tergiversado de la culpa

Opina - Sociedad

2017-02-22

El concepto tergiversado de la culpa

En “el pan de cada día” o en nuestra cotidianidad se ha vuelto normal el hecho de escuchar o ver noticias acerca de actos violentos, ya sean homicidios, feminicidios, violaciones, robos y demás acciones que representan un daño para uno o varios seres humanos.

Ahora, una de las consecuencias de ser una cultura violenta es que hemos perdido la capacidad de asombro e indignación frente a muchos eventos como los mencionados anteriormente. En otras palabras, hemos interiorizado la violencia a tal punto que nos parece común y corriente que haya escenarios bélicos y de agresión en cualquiera de sus manifestaciones.

Más allá del problema que representa esa normalización de la violencia, existe una actitud que resulta indignante e incomprensible: ¿cómo puede ser posible que a alguna mujer o niño lo culpen de ser violado? ¿Por qué le adjudican la culpa a una persona asesinada por el hecho de pertenecer a un gremio en especial o a un trabajo específico? Pasa entonces que uno escucha en la calle a personas que, con total franqueza, afirman cosas como: “la culpa es de la vieja por salir a emborracharse y andar en minifalda”; o frases como “ese tipo se buscó que lo mataran por ser líder social y meterse donde no debía.”

El quid de este asunto está en que según parece, tenemos atravesado un concepto de culpa que no concuerda con la lógica de un delito. Es decir, en un delito donde el factor principal es la violencia y la transgresión de la vida de otro ser humano, existen dos agentes: la víctima y el victimario.

Ahora bien, el victimario es el que lleva, casi siempre, la culpa del hecho cometido, pues en él recae la acción de violentar y de agredir a otra persona por razones de diversas índoles. De aquí que entonces la víctima sea quien sufre las consecuencias y se exonera de toda culpa pues es ella quien recibe toda la fuerza y el impacto del victimario.

Es debido a lo anterior que parece inconcebible que la culpa, definida por la RAE como: “Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta” recaiga sobre la víctima solo porque se vistió de tal manera (en el caso de las mujeres violadas), en los papás de los niños violados por descuidarlos y en las personas asesinadas por pertenecer a un partido político, a un equipo de fútbol o a un gremio en específico.

Es aquí cuando de nuevo me hago la pregunta si es posible que esa incapacidad de tolerar lo diferente o de pensar como los otros y no como yo siempre lo he hecho, nos lleva a extremos como estos donde justificamos la conducta del violador o asesino por el simple motivo que lo hecho por la víctima no concuerda con nuestros ideales o principios.

Basta entonces con observar detalladamente este tipo de afirmaciones que se escuchan en las calles para entender que el problema recae en la alteridad, en la manera en que vemos al otro a partir de nuestra manera de ser y no nos atrevemos a mirar más allá de nuestra subjetividad.

De modo que nuestro deber está en ampliar nuestros horizontes y aceptar que las mujeres pueden vestirse como ellas decidan hacerlo para sentirse libres y expresar su personalidad; que los niños pueden estar en cualquier lugar disfrutando de su nobleza y diversión sin el riesgo de ser violados por una persona con problemas mentales o por sacerdotes que les cuesta cumplir con su voto de castidad y recurren a la inocencia de los más pequeños; y que las personas pueden elegir sin temor alguno su partido, creencia, profesión y cultura sin riesgos de ser agredidos o condenados por haber pensado diferente.

Jorge Andrés Osorio
Estudiante de filosofía y letras. Interesado en reconstruir historias y narrar al país desde el periodismo. Trabajo temas en cultura, sociedad, memoria, conflicto y literatura.