El Animal

Opina - Arte

2017-03-31

El Animal

Sale uno de cine luego de ver La mujer del animal y se encuentra con el anuncio de La bella y la bestia. Es una suerte de ironía: la película menos rentable de la cartelera le abre el paso a la de mayor taquilla. Una es para perderse en la fantasía europea del príncipe encantado y la otra para atragantarse con la vulgar realidad colombiana de un macho sin normas. En la de Víctor Gaviria nos aterrorizamos ante un hombre que se comporta con la maldad de una bestia, mientras en la Disney una bestia encarna la bondad que puede guardar un hombre. No me pareció extraño que algunas personas abandonaran la sala: hay una dosis de realidad que es imposible de soportar, así la ocultemos con una desdeñosa excusa.31

Para este país que aún no comprende lo que le sucede, y menos el proceso de paz al que le da un tratamiento de farándula, es de sobra mucho más importante enfrentarse e intentar dimensionar lo que nos presenta La mujer del animal, una memoria que es un testimonio, una réplica y un espejo, y de ver cómo, antes que el dichoso mito de la pujanza y el amor por la patria, la fundación de nuestras comunidades y su perpetuación, en este caso la antioqueña, está basada en el silencio, el miedo y la violencia. Homicidio y violación van de la mano y se convierten en la estructura que jerarquiza y ordena.

El personaje, el Animal de la película apenas es un caso entre miles, millones a través de la historia nacional, que todavía se repiten.

El Animal es el violador, ese abusador infame y cruel que nos debería causar siempre vergüenza y que de ningún modo podría emitirse un solo gesto, una sola mueca o una sola palabra que lo justifiquen; pero igualmente el Animal que le da origen a esta nación es el criminal, el ladrón, el corrupto, el mesías cínico de turno, incluso quien desde la asepsia de su escritorio, de su vehículo o de su cálida cama ordena ejecutar la muerte a distancia; es más, algo tienen de Animal la madre y el niño que de a poco reproducen la barbarie y que lloran con abundantes lágrimas sin percatarse un solo instante de la vileza que ellos mismos encarnan.

Imagen cortesía de:: BIFF – Bogota International Film Festival

Aunque me aterra tanto o más esa comunidad anestesiada, sumisa, obediente, sometida, que calla y no le responde nada al Animal, la misma que prefiere ser testigo desde el balcón o la pantalla del televisor porque las cosas son problemas de los demás, esa comunidad a la que le queda como consuelo celebrar la muerte del infame, más pronta a resguardarse de la siguiente bestia, a veces con cara de oveja, que entrará a su casa a violar a sus mujeres, a saquearle la cocina y a asesinar a sus hijos. Eso es Medellín, eso es Antioquia, eso es Colombia.

No sé, debe ser uno de esos efectos que produce el cine, el de ver la cosas en lo concreto y en su amplia metáfora. Ya hasta el monstruo de smog que dejamos crecer en este Valle de Aburrá se me representa como otro gran Animal que seguimos alimentando y que está hecho de nuestra codicia, nuestros miedos, nuestros egoísmos, nuestros silencios y nuestras miserias. Un monstruo gigante que le soba el cuello a esos gobernantes acomodados que tenemos y que son incapaces de darle una estocada.

Acaso la contaminación ambiental es solo una forma abstracta entre tantas que nació de ese insaciable, de ese usurero, de ese violador, de ese asesino, de ese Caín entre montañas, y que ejemplifica en este siglo repleto de tecnología y asépticos centros comerciales algo siniestro y arcaico que cargamos a cuestas y que se engorda desde que comenzó en alguna ladera: nuestra lamentable, enfermiza y continua contaminación espiritual.

 

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Eduardo Cano Uribe
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