Dos Colombias

Opina - Sociedad

2016-06-26

Dos Colombias

Diversidad es lo que tenemos los colombianos, por lo tanto, diferentes miradas y matices sobre lo que nos sucede. Diferentes puntos de vista y múltiples opciones para solucionar nuestros problemas abundan en la calle, en la academia, en la política. Pero hoy por hoy, y a grandes rasgos, lo que tenemos son dos países:

Un país envenenado

No es extremismo, fácilmente podríamos describirnos de la siguiente forma:

La tragicomedia diaria que vive Colombia, día tras día, no es menos pavorosa que los corazones de quienes habitan este país insensato, mojigato, indecente, insensible y mañoso que por largos años ha padecido desigualdades, miseria, odio, resentimiento, dolor, desolación y muerte.

Las historias sin fin que cada uno de los colombianos pueden mostrar a la largo de su vida siempre irán ligadas a una nefasta noticia, a un lánguido recuerdo, a una desgracia, a una injusticia o a una calamidad. Nada puede deslindar a un colombiano de hechos dolorosos que, quizás, son propios de la condición humana, aquí y en cualquier lugar del mundo.

Pero el colombiano es sui generis. Su vida es mezcla de amor y odio, de triunfo y venganza, de vida y muerte, de tragedia y risa. Nadie como un colombiano para oponerse a la paz, Nadie como un colombiano para oponerse al olvido, nadie como el colombiano para reprochar la convivencia pacífica. No, el colombiano, producto de esa mezcla horrenda que nos dio el destino, o Dios, o la naturaleza, es violento per se.

Goza con el sufrimiento ajeno, disfruta del mal de los demás, saca provecho de las penas de otros, aplaude sonriente una caída, un traspié o un dolor. Se envalentona con el débil pero corre y se arrodilla ante el poderoso. Reniega de su suerte pero grita de felicidad cuando otros corren la misma.

El colombiano, mezcla de sangre y codicia, disfruta con las escenas de muerte, con las vidas destrozadas de otros y saca tajada de cualquier cosa para enriquecerse, para ostentar, para fingir una vida que no tiene. Pone zancadillas, maltrata, ofende, mira por encima del hombro al celador o a la aseadora; escupe y destila veneno cuando alguien lo critica, y mata, roba, hace trampa, se mete a la guerrilla o entra a un grupo paramilitar, o a la política.

El colombiano plagia, trata mal al diferente y busca acabarlo moral o físicamente, nada le cuesta, nada lo ataja. Es capaz de inundar los escenarios públicos con retórica barata y ocupa los cargos de elección popular para llenarse el bolsillo, para tener lujos, para alimentar su ego y para aumentar sus bienes.

Que no generalice, me gritarán algunos, que no todos son así, que el colombiano es emprendedor, trabajador, luchador. Que se levanta y sigue. Que es ejemplo de grandeza cuando se enfrenta a la adversidad. Mentira. Embustes.

Todo lo anterior le toca, se ve obligado a hacerlo para seguir respirando. No es emprendedor, corre con suerte si tiene padrinos y plata. Se levanta y sigue porque no le queda de otra. Lucha y trabaja por pura sobrevivencia.

¿Y quién tiene la culpa de todo? Nuestra historia, nuestro pasado, nuestro destino. Así somos. No merecemos más porque nuestra sangre vengativa y negra nos ha llevado a que no seamos capaces de firmar un acuerdo de paz; o de pactar un contrato social en donde quepamos todos; o de reconciliarnos.

Un país que empieza a reconstruirse

 No es idealismo ramplón, en un futuro podríamos decir esto:

Todo ha pasado y comenzamos una nueva vida. La historia que escribimos nos ha dejado una patria distinta. No olvidamos, pero perdonamos a los demás por todas las desgracias que nos ha tocado vivir. Todo lo que nos obligó la suerte, lo que nos hizo padecer la historia.

Imagen cortesía de: dw.com

Imagen cortesía de: dw.com

Seguimos siendo un país violento, intolerante y desigual; injusto y pobre. Pero hemos dado un paso gigante para cambiarlo. Se ha acabado con el más grande grupo guerrillero de Colombia a través de un diálogo que ahora los transformará en un grupo político. Hemos entendido que con el acuerdo con las Farc no entraremos de frente a la paz, pero la empezaremos a construir. Hemos comprendido que la cárcel no repara y que quienes hicieron el mal, pueden ahora revertir sus daños construyendo país.

Le hemos dado una patada a la guerra que azota a los campos y a las veredas. Empezamos a  voltear la página y aquellos que se oponían a una reconciliación han entendido que se puede no estar de acuerdo con algo sin necesidad de matarnos. Trabajamos todos juntos, sin pensar siempre lo mismo, en la construcción de un país mejor, de uno que dé oportunidades, que respete las diferencias, que incorpore a todos en un mismo juego por una vida digna, decente y sin muertes por razones ideológicas.

La política se ha vuelto un instrumento para la lucha por la equidad, por mejores condiciones para el prójimo. La trampa, el odio, la envidia, la cizaña, y todo lo que envuelve al ser humano como parte de su condición natural, se han transformado, no desaparecen, pero son menos cotidianas, porque hemos entrado en razón y ahora pensamos que es mejor una buena vida para todos y no solo una excelente para unos pocos.

El colombiano ha empezado a transformarse. Tuvo que vivir una guerra larga para hacerlo, como ha pasado con los ciudadanos de los países del llamado primer mundo. No es ahora cuando estamos viendo esto, será en la Colombia de nuestros nietos o de nuestros bisnietos donde se vean estos cambios, pero es hoy cuando podemos comenzar a darles ese regalo.

Que qué cosa tan romántica, tan idílica, tan utópica, me gritarán muchos. Quizás, pero es preferible vivir de sueños alcanzables y no con realidades trágicas. No hay peor mañana que ese oscuro y lúgubre que hoy muchos pretenden construir.

Muchas más Colombias podrían describirse, pero con estas dos hay la posibilidad de escoger cuál es el país que queremos. En nuestras manos está propender por el cambio o perseverar por el statu quo.

¿Cómo quieren que nos vean? ¿Cómo quieren vivir en Colombia? ¿Cómo desean el país para el futuro?

Ustedes tienen las respuestas y no vayan a salir con que quieren paz sin impunidad, o justicia tras los barrotes, o castigo sin piedad para todo aquel que haya hecho el mal, porque entonces, lo que querrían sería la primera Colombia.

P.D.: Mientras escribo esta columna, se ha anunciado un acuerdo con las Farc para finalizar el conflicto definitivamente. Otra Colombia es posible.

Publicada el: 26 Jun de 2016

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Mauricio Galindo Santofimio
Comunicador social - Periodista, docente universitario. Subdirector de Esfera Pública.