Democracia en escenas

El sistema político que los griegos fundaron en occidente es ahora un problema.

Opina - Política

2017-10-22

Democracia en escenas

La democracia de hoy, tan llena de atajos, procedimientos e incidentes arroja más resultados antidemocráticos que otra cosa. Por paradójico que suene lo anterior, pareciera ser que la democracia actual es una suerte de error: en Colombia no ha defendido -e inclusive ha empeorado- las causas más profundas. No es por ser pesimista, pero las democracias liberales -las más proliferadas de nuestro triste mundo- se encuentran severamente cuestionadas. El sistema político que los griegos fundaron en occidente, es ahora un problema.

La teoría lo decía fácil: que los ciudadanos en libertad escogerían. Que los elegidos por el pueblo fundarían instituciones democráticas. Que las instituciones democráticas se consolidarían en el tiempo. Y listo.

Pero no; ni los ciudadanos en libertad escogieron, ni los elegidos fundaron instituciones y, mucho menos, aquellas se consolidaron.

Para pensar la democracia de hoy habría que preguntarse dos cosas: ¿para qué sirve? y ¿le importa a la gente vivir en democracia? Sirve muy poco. Más que un sistema para resolver conflictos, pareciera ser un generador de ellos, no sirve ni como excusa: es normal ver a policías defendiendo aquello que, se supone, se defiende con ideas. A la gente le importa cada vez menos vivir en democracia y lo demuestran haciendo un uso precario de ella. Según la Encuesta Europea de Valores de 2014, una de cada seis personas en el mundo considera un régimen militar como una opción “adecuada” para cambiar la democracia, en 1995 era uno de cada dieciséis.

No es un secreto que la democracia puede acabar el mundo; la elección de Donald Trump, el triunfo en Colombia –con engaños- del No y el Brexit son muy buenos ejemplos. En el nombramiento de Donald Trump, 63 millones decidieron el futuro de 200 millones, ah no, perdón, de 7, 440 millones. En Colombia, los citadinos, lejanos de la guerra rural escogieron cómo debería ser el proceso de los que sí vivieron un conflicto adentro de sus casas; de 35 millones de votantes colombianos, únicamente 6 millones y medio salieron a votar por el No. Y así. La democracia representa un sinfín de limitaciones.

Explicar resultaría tedioso, lento y denso. La mejor manera de hablar de la democracia en Colombia es con algunos ejemplos, situaciones y escenas de la vida cotidiana que la sacan del mundo del sistema y la posicionan en su origen: el mundo de la vida. Son dos historias en diferentes espacios y con diferentes personajes que muestran su naturaleza endeble.

La primera escena es en un colegio.

Ese día la profesora Luz Magnolia citó a sus estudiantes del Grupo B a un diálogo:

—Niños, vayan al salón para cuadrar unas cositas.

En el lugar contó que era necesario cambiar algunas horas de clase. Era, según ella, importante negociar y quedar en un punto único, vencer las diferencias y encontrar una sola respuesta en un salón de, más o menos, 27 mundos en cada cabeza.

—La democracia se basa en que hagamos lo que la mayoría quiere, repetía la institucional profesora—Les propongo que sea a las 9:30 o a las 10:15 —Decía en un tono amable y democrático (sí, porque la democracia también puede ser adjetivo).

Los estudiantes se dividieron en dos: los de las 9:30, que eran los más juiciosos, los de notas sobresalientes, los que llevaban las tareas siempre y que competían por sus calificaciones; y los de las 10:15, que llegaban tarde a todo, y muchos eran repitentes (pienso que la palabra repitente, más que una palabra, es un estigma). Unos y otros. Los buenos y los malos. Uno de los estudiantes no quería elegir, y no por no adecuarse al cronos estudiantil, la verdad es que le parecía muy problemático que le llamasen democracia a la imposición de dos opciones: —Escoge una o la otra —Sé democrático. Pues no.

El estudiante se preguntaba:

—¿Por qué dos y no tres ni cuatro opciones? —¿Quién es usted y quién le dio la legitimidad de cerrar el mundo en tan pocas posibilidades? —¿Por qué no podemos construir nosotros las alternativas?

La democracia sacaba su peor cara: la arbitrariedad. Hace algunos años Gadamer y Habermas debatían un asunto pertinente para entender al estudiante de la primera escena: para Gadamer, padre de la hermenéutica contemporánea, interpretar el mundo es un acto de libertad; para Habermas no podemos hablar de libertad porque no sabemos si nuestro material de interpretación, nuestra mirada o nuestros conceptos son producto de coacción, de violencia o de abuso. Por ejemplo, en la primera escena, ante las dos opciones que impuso la profesora, desde la lectura de Habermas, habría que preguntarse ¿por qué esas dos opciones? O ¿por qué Ordóñez o Petro o Vargas Lleras?

La segunda escena fue en un banco:

—¡La plata todos y quédense calladitos! —Dijo el ladrón.

Fue muy maleducado y asemejó a todos con una enfermedad venérea (muchos sí tenían cara de eso, pero no se les puede ir diciendo así como así).

—¡No! —Gritó una persona en el banco.

Primero se creía que era un valiente, pero la sorpresa llegó cuando dijo:

—Yo iba a robar primero.

El escenario más paradójico y cínico. Tenían a dos ladrones que querían robar al mismo tiempo. Primero se creía que se iban a matar, pero no: entre ladrones se respetan. Entonces, llegó el diálogo:

—Yo ya había planeado esto hace mucho tiempo —Decía enérgicamente el primero.

—Es para la operación de mi hija, la EPS no me la quiere operar ni con tutela. —Decía el otro.

Por un principio de tiempo, debería robar el primero. Por un principio de justicia, el segundo pero ¡llego la democracia!

—Pues sabe qué, llave; que ellos voten.

Unos pobres (tradicionalmente los bancos están llenos de personas sin dinero, porque las personas con dinero no van al banco; mandan a sus ayudantes) votando por quién los debería robar, tan colombiano el asunto.

La situación nos recuerda cómo tantas y tantas veces tenemos que elegir entre dos ladrones y nos sentimos partícipes de una fiesta de libertad. Aunque parecen distantes -o no-, los ladrones del banco y los políticos de profesión se parecen en algo: creen que la democracia es un valor supremo, metaterritorial y extraordinario, cuando en realidad solo ha sido una forma de solucionar conflictos.

Pensé no contar estas historias nunca, pero de cara a 2018 las considero, más o menos, pertinentes.

La democracia se ha convertido en una utopía y lo democrático en sinónimo de bondad y esperanza. En tal sentido, es importante mencionar sus debilidades, su imperfecta forma de presentarse en la vida cotidiana, su capacidad de aniquilar el buen conflicto o el intercambio de diferencias.

—“No discutan, la decisión fue democrática”.

Ante la democracia como argumento solo quedan silencios. La democracia de hoy parece una creación de empresarios en oficinas y no de ciudadanos en plazas y calles. La democracia es más que un sistema o un valor o una palabra, es una constante escena y un eterno retorno que, a los habitantes de Colombia, nos sigue costando años y años de legitimados sin sabores.

 

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Juan Pablo Duque
Soy un migrante empedernido. Colombiano. Joven (1992) psicólogo social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), magíster en Investigación Psicosocial de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y estudiante de la especialidad en Políticas Públicas para la Igualdad de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso Brasil).