¿Cuál es el costo de la paz?

Opina - Conflicto

2017-09-04

¿Cuál es el costo de la paz?

Se ha vuelto común la actitud de criticar y quejarse ante las crisis y las problemáticas del país que, por supuesto, nunca van a dejar de existir si no sentamos cabeza y no atacamos los asuntos por la raíz y no por la tangente.
Pero antes de que siga leyendo este texto, es indispensable que usted tenga en cuenta los siguientes datos:

– Presupuesto nacional para el 2018: 235,6 billones de pesos
– Recorte general del presupuesto: 6,93 billones de pesos
– Presupuesto para educación: A pesar de ser el de mayor inversión (35,3 billones de pesos), se redujo en un billón su presupuesto.
– Presupuesto para inclusión social y reconciliación: Pasa de 11.691 millones de pesos a 9.629 millones de pesos.
– Presupuesto para ciencia y tecnología: sufre un recorte del 41 %. Pasa de 380.000 millones de pesos a 222.000 millones de pesos.
– Presupuesto para deportes: sufrió un recorte del 66 %. Pasa de 587.000 millones de pesos a 221.000 millones de pesos.
– Presupuesto para posconflicto: aumentó en un 31 %. Pasa de 1,8 billones de pesos a 2,4 billones de pesos.

El panorama para algunos sectores es negativo. Según el diario El Tiempo, de 30 sectores que cubre el presupuesto nacional, 17 tendrán un recorte por efectos de inflación y de gastos. Sin embargo, no es en lo económico en lo que quiero hacer énfasis. Si bien era necesario mencionar esos datos, el punto al que quiero llegar es: ¿Hasta qué punto el gobierno está comprometido con la generación de un nuevo tiempo de nuevas oportunidades si está recortando la inversión en campos tan importantes para el desarrollo como lo son la educación, la cultura y el deporte? ¿Qué tanto se relacionan estos sectores con el posconflicto? ¿No son, acaso, la falta de oportunidades y la desigualdad social la que ha llevado a la proliferación de la violencia en el país?

Glorificamos y veneramos a nuestros deportistas y hondeamos la bandera de Colombia cuando triunfan, pero olvidamos que su trabajo pasó por la indiferencia y la negligencia de los gobiernos. Muchos de los casos más emblemáticos del deporte nacional han logrado escalar hasta llegar a la cumbre del deporte internacional gracias a su perseverancia y a su capacidad de sobresalir en sus disciplinas sin un apoyo económico y una guía capacitada brindada por las instituciones del Estado.

Y así también pasa con los sectores culturales y científicos. Cuántos escritores, cuántos investigadores colombianos han tenido que presentar sus proyectos y sus obras en otros países porque aquí simplemente no hay nadie interesado en apoyarlos y escucharlos.

Si no es porque en otros países y en otras universidades valoran la capacidad de innovar y crear conocimiento, casos como el de Rodolfo Llinás o Manuel Elkin Patarroyo no hubieran podido conocerse. Y con esto me refiero a que varias de sus investigaciones en pro de la ciencia y la salud no hubieran podido llevarse a cabo sino hubiera sido porque el valor que se le brinda al sector de investigación y desarrollo tecnológico en otras naciones es de gran relevancia, entendiendo que al apostarle a grandes ideas se pueden obtener buenos resultados en cuanto a reconocimiento y valoración del trabajo realizado.

Inclusive este tipo de espacios, si es que se quiere pensar en términos de capital, traería varias inversiones, pues el campo de la investigación y del desarrollo científico es un espacio que requiere de grandes sumas de dinero para satisfacer las necesidades por las cuales se realiza el proyecto y así beneficiar, en la mayoría de las ocasiones, la vida del ser humano.

En Colombia, infortunadamente, el Estado no ha sabido interpretar la importancia de fortalecer los sectores educativos, culturales, deportivos y científicos. Si entendieran que a partir de estos campos muchos niños y jóvenes podrían eludir la violencia y centrar sus habilidades en una cancha, en un laboratorio o en una obra literaria o teatral, quizá la situación podría mejorar.

Hablan y hablamos de que no hay oportunidades de estudio y de atención en niños y adolescentes pero tampoco salimos a protestar masivamente para que no se reduzca el dinero para los campos que suplen y velan por el desarrollo físico e intelectual de las nuevas generaciones.

Gozamos cuando Nairo conquista montañas en Europa, cuando Falcao infla las redes con sus goles, cuando Catherine Ibargüen vuela en el atletismo o cuando surgen grandes talentos que muchos desconocemos pero que son valorados a nivel internacional como es el caso de Sofía Gómez y sus récords en apnea. Pero no entendemos, de nuevo, que ellos tuvieron que luchar por sus resultados sin un apoyo económico. Ellos son el ejemplo de que en Colombia hay grandes talentos, ¿Por qué no apoyar los sueños y las buenas intenciones? Si ya demostramos que podemos estar en la élite del deporte y de la cultura, ¿por qué no ayudar a aquellos que quieren seguir el camino de James Rodríguez o de Gabriel García Márquez?

Algo que puede resultar paradójico es que en el presupuesto nacional se haya incrementado la inversión para el posconflicto y no para los sectores mencionados anteriormente. A pesar de entender que el dinero del posconflicto cubre gran parte de las garantías que se ofrecieron a víctimas y victimarios, también hay que reflexionar si el compromiso del posconflicto no va también asociado a la no repetición y a la disminución de la desigualdad y el aumento de la presencia del Estado en las zonas marginales y alejadas de las ciudades principales.

¿No hay acaso una relación directa del posconflicto con la generación de espacios para la cultura, la educación, la inclusión social y el deporte?

Muchos de los niños que resultaron siendo víctimas y victimarios en el conflicto armado lo fueron, precisamente, por la ausencia y la incapacidad del Estado para hacer frente en los sectores vulnerables y ofrecerles la oportunidad de estudiar, de practicar algún deporte o de centrar sus sueños e intereses en otro tipo de actividades. Cuántos casos no se han escuchado sobre la decisión de muchos para irse a la guerrilla o, simplemente, dedicarse a delinquir: “no tenía salida y por eso decidí agarrar un arma”; “No podía estudiar, no podía trabajar”. “No había oportunidades de salir adelante”. “Muchos de mis conocidos tuvieron que irse para la guerrilla al igual que yo”.

Inclusive, sin irnos más lejos, el caso de los falsos positivos precisamente se relaciona al asesinato de jóvenes que se fueron con la falsa promesa de que les darían trabajo y estudio en otras zonas del país. Se aprovecharon del vacío de su propio territorio para asesinar civiles y hacerlos pasar como guerrilleros.

No es en defensa del dinero y los intereses que imperan en la economía, es en defensa de un país que requiere ampliar su cultura y su educación. Es en defensa de sectores que cultivan la inteligencia de las nuevas generaciones para que aprendamos a ser reconocidos por nuestras invenciones y no por nuestras guerras.

Hablar de paz también requiere hablar de cultura, de identidad, de desarrollo integral a partir del deporte y de desarrollo en ciencia y tecnología para la salud y no para las armas. Es por ello que se hace relevante darle prioridad a aquellos sectores que, de alguna manera, alimentan las tareas y las obligaciones que tenemos todos en época de posconflicto.

Si el deporte nos une pues que sea ese el aliciente para no recortar su presupuesto y apoyar las nuevas promesas. Si la paz necesita memoria y reconciliación pues no neguemos la oportunidad a nuevos contenidos cinematográficos y literarios. Si la paz y la convivencia necesitan nuevos hábitos y oportunidades, pues invirtamos más en educación y en investigación, de allí surgen las mejoras que la nación requiere para olvidar las balas y emprender el camino hacia el desarrollo cultural y científico como pilares de una nueva identidad, un nuevo tiempo y una nueva oportunidad para todos.

 

Jorge Andrés Osorio
Estudiante de filosofía y letras. Interesado en reconstruir historias y narrar al país desde el periodismo. Trabajo temas en cultura, sociedad, memoria, conflicto y literatura.