Crisis humana y ambiental

Opina - Ambiente

2017-08-09

Crisis humana y ambiental

Este pretendido “análisis”, llega tarde, aunque haya escuchado varias veces el discurso que lo inspira. Digamos que se trata  una deuda que tenía conmigo mismo y que hoy logro saldar, sin que ello signifique que jamás volveré a escuchar un discurso confrontador, doloroso y que en doble vía, me hace pensar en que no hay nada qué hacer, al tiempo que anima a tratar de plantear salidas a las encrucijadas esbozadas por el responsable de esa disertación: Pepe Mujica.

Pepe Mujica es un político, sin duda, pero deviene distinto a la gran mayoría de operadores políticos en el mundo, que usan el poder solo para dar rienda suelta a sus arañados, maltratados o problemáticos egos, o para saciar la avidez  por el dinero.

En su discurso, en el encuentro mundial de Río + 20,  y en su calidad de Presidente de la República del Uruguay, Mujica puso varios puntos en una discusión política y ambiental que las grandes potencias económicas y militares no se han atrevido a dar, a pesar de los compromisos adquiridos para mitigar en algo el daño que el actual modelo de desarrollo genera en el medio ambiente, en el Planeta mismo y por supuesto, en la indescifrable condición humana.

En sus primeras palabras, Mujica señaló: “muchas gracias a la buena fe que, seguramente, han manifestado todos los oradores que me precedieron. Expresamos la íntima voluntad como gobernantes de acompañar todos los acuerdos que, esta, nuestra pobre humanidad, pueda suscribir. Sin embargo, permítasenos hacer algunas preguntas en voz alta. Toda la tarde se ha hablado del desarrollo sustentable. De sacar las inmensas masas de la pobreza[1].

Mujica comprende, como pocos, que a pesar de todos sus avances técnicos,  científicos y los grados medibles de “progreso” y quizás de “civilización”, la condición humana sigue siendo frágil, llena de incertidumbres y miedos y atormentada por su finitud. Cuando el ex presidente uruguayo habla de “nuestra pobre humanidad”,  quizás nos esté invitando a una reflexión mayor que supera las preocupaciones ambientales que infortunadamente rondan a muy pocos millones de habitantes en el mundo.

Reflexión que bien podría iniciarse si aceptamos que al olvidarnos de nuestra propia fragilidad como seres humanos, e ignorar la de los ecosistemas naturales, nos convertimos en una especie peligrosa para nosotros mismos y para las otras que comparten un mismo entorno natural.

Y al avanzar en su inolvidable discurso, pero insuficiente ante la poderosa inercia que genera el “proyecto humano universal” que acompaña a la idea del desarrollo, Mujica se preguntó: “¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo, que es el actual de las sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar? Más claro: ¿Tiene el mundo hoy los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será eso posible? ¿O tendremos que darnos algún día, otro tipo de discusión? Porque hemos creado esta civilización en la que estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo. Pero la economía de mercado ha creado sociedades de mercado. Y nos ha deparado esta globalización, que significa mirar por todo el planeta”.

Por supuesto que estos llamados de atención resultan molestos, fastidiosos, pero al final, inocuos ante las fuerzas demoledoras del mercado global y la inconsciente reproducción humana, aupada por Iglesias y otras instituciones humanas que promueven la ocupación del planeta, de la mano de dioses  y de discursos “humanistas” soportados en un oprobioso antropocentrismo y alejados, consecuentemente, de cualquier intención ambiental de frenar, mitigar o evitar daños en los ecosistemas socio-naturales.

Mujica tocó, en su ya referido discurso, asuntos que atraviesan la compleja condición humana, de la que él intentó escapar en su búsqueda por ser coherente entre lo que piensa y hace: Mujica no tuvo hijos, vive en una pequeña finca, sin lujos, un viejo auto y una vida ascética que, por supuesto, no es modelo a seguir, porque cientos de millones de habitantes en el planeta están detrás de la consecución de más y más dinero; empobrecedora carrera que cierra la posibilidad de mirarnos como una especie más y de entender que nuestra fragilidad jamás será superada, así concentremos la mayor riqueza material posible.

Vuelve Mujica a preguntarse: “¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?”.  No digo nada de esto para negar la importancia de este evento. Por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis no es ecológica, es política”.

Y aquí vale la pena detenernos para tratar de descifrar lo que parece evidente, pero que es de una enorme trascendencia. Si le damos la razón al político latinoamericano,  la crisis política a la que alude, arrastra variopintas  crisis de un ser humano que jamás supo qué hacer con la vida y con el arma que creó y que es la que mayor riesgo genera: el Poder.  Y es así, porque individualmente nos vamos sumando a proyectos y a asuntos colectivos sin la mayor discusión.  El poder de la tradición, por ejemplo, nos arrastra a repetir un modelo de vida humano con el que nos hacemos daño y del que se derivan efectos negativos en la Naturaleza.

Vivir representa una acción continua. Es como un juego, al que entramos  al nacer, en un completo estado de inconsciencia, nos mantenemos por varios años jugando, aplicando y exigiendo el cumplimiento de unas reglas que viejos jugadores aceptaron y validaron, pero que poco discutieron, y terminamos la partida cuando fenecemos, dejando como legado la legitimidad de un juego del que nos quejamos en varios momentos de nuestras vidas,  pero del que no pudimos salir por comodidad,  incapacidad o quizás porque alguien nos dijo que “así es la vida, que así eran las cosas”.

Y en este punto, creo que la cacareada crisis ambiental del planeta no es más que una frase con la que buscamos, contradictoriamente, esconder la implacable crisis humana de estar en el mundo, al tiempo que señalamos salidas que sabemos que técnicamente son viables, pero que social y culturalmente resultan inaplicables o inapropiadas por cuanto las condiciones en las que opera hoy la vida humana, sirven exclusivamente para distraernos de las incertidumbres que arrastramos por no saber qué hacemos en este mundo, de dónde venimos y sobre todo, un insondable para qué.

Si como dice Mujica, la crisis no es ecológica, sino política, entonces debemos de pensar en que lo que genera la crisis es el Poder, en cualquiera de sus manifestaciones.

Lo que sucede es que repensar el Poder y las condiciones en las que nace y se reproduce, nos llevaría a plantear salidas anárquicas que llenan de más miedo e incertidumbres a una ya atormentada especie humana.

Al respecto, Brigitte Baptiste, plantea lo siguiente: “se les pide a las ciencias ambientales que contribuyan a resolver las contradicciones que aparecen en el devenir conjunto de los sistemas sociales y ecológicos. Se les pide–con su poder integrador de las disciplinas– que interpreten los efectos de la evolución de las culturas humanas en el contexto del funcionamiento cambiante del planeta, con la conciencia de que es la expansión de nuestra especie la que lo ha transformado radicalmenteTambién se les pide que evalúen la vulnerabilidad de la vida y el nivel de riesgo para la continuidad de los experimentos sociales, que persisten después de unos pocos miles de años de historia. La primera respuesta que nos dan las ciencias ambientales es que todo lo que hemos hecho al mundo implica un cambio en nosotros mismos, pues el planeta funciona como un sistema ecológico integrado. La segunda, que los efectos de las transformaciones se producen y manifiestan a diversas escalas, lo que nos da la posibilidad única de compararlas entre sí, eventualmente aprender y guiar nuestras decisiones hacia caminos más adecuados. La tercera, que esas decisiones, urgentes ante la evidencia de los riesgos de colapso, están en manos de las instituciones humanas (tal vez un pleonasmo): así reconozcamos la voz y los derechos de las demás especies, de sus poblaciones y de la biota; debemos asumirlas como propias en un gesto de voluntad política ineludible. Las tradiciones religiosas del mundo nos recomiendan humildad en ese paso, pues a menudo la humanidad ha creído tener el control para encontrarse ante caminos sin salida, llenos de dolor. Pero de ese riesgo inherente a la condición humana tampoco se libran ellas, prestas a contribuir con políticas sin sensibilidad científica[2].

Vuelvo sobre el razonamiento de Mujica: “El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre. Y a la vida. Porque no venimos al planeta para desarrollarnos solamente, así, en general. Venimos al planeta para ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida y esto es lo elemental. Pero si la vida se me va a escapar, trabajando y trabajando para consumir un “plus” y la sociedad de consumo es el motor, -porque, en definitiva, si se paraliza el consumo, se detiene la economía, y si se detiene la economía, aparece el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros- pero ese hiper consumo es el que está agrediendo al planeta. Y tienen que generar ese hiper consumo, cosa de que las cosas duren poco, porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica, entonces, no puede durar más de 1000 horas encendida. ¡Pero hay lamparitas que pueden durar 100 mil horas encendidas! Pero esas no se pueden hacer porque el problema es el mercado, porque tenemos que trabajar y tenemos que sostener una civilización del “úselo y tírelo”, y así estamos en un círculo vicioso”.

Justamente, el pensador y operador político uruguayo toca un elemento y factor clave: “…Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida y esto es lo elemental…” Justamente el ser humano se olvidó de lo elemental y lo hizo, de la mano del Poder y de todo lo que de este se desprende: avaricia, malicia, injusticias, codicia, ruindad, malevolencia, odio, rencor y una larga lista de acciones y adjetivos que confirman la complejidad de nuestra condición.

Vuelve Pepe Mujica: “Estos son problemas de carácter político que nos están indicando que es hora de empezar a luchar por otra cultura. No se trata de plantearnos el volver a la época del hombre de las cavernas, ni de tener un “monumento al atraso”. Pero no podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, sino que tenemos que gobernar al mercadoPor ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político. Los viejos pensadores –Epicúreo, Séneca o incluso los Aymaras- definían: “pobre no es el que tiene poco sino el que necesita infinitamente mucho, y desea más y más”. Esta es una clave de carácter cultural. Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que se hacen. Y los voy acompañar, como gobernante. Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo, “rechinan”. Pero tenemos que darnos cuenta que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es la causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado. Y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir”.

Si bien podemos entender que la salida a la crisis socio-ambiental que afronta el actual proyecto humano es de carácter político y cultural, llegar a consolidarla como un modelo universal de salida conlleva enormes riesgos, exigencias y cambios en las relaciones de dominación planteadas entre los Estados del mundo; y al interior de estos, profundos cambios en las correlaciones de fuerza existentes, por ejemplo en Colombia, entre quienes proponen frenar el actual modelo de desarrollo extractivo (mega minería) y aquellos que a toda costa, desde instancias de poder político y económico, insisten en la necesidad de extender las prácticas de explotación y del  crecimiento incontrolado de ciudades para el beneficio de unos pocos.

Es urgente plantear, al tiempo que las ciencias ambientales aportan soluciones integrales, la revisión del actual “proyecto humano”,  a partir del cuestionamiento de las instituciones en donde se reproducen las actitudes, modelos, paradigmas, deseos, pulsiones y las necesidades que se van agregando y congregando a esa idea de felicidad anclada al discurso del consumo y la acumulación.  Hay que empezar por la Iglesia y la Familia, primeros núcleos de dominación, en donde lo ambiental poco o nada tuvo cabida. Así entonces, la crisis es humana-ambiental.

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Germán Ayala
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.