Contrapartidas

Opina - Economía

2016-10-15

Contrapartidas

El resumen de los acontecimientos políticos en Colombia en lo que va del mes, parece una corroboración práctica de la tercera ley de Newton: a todo movimiento de acción se le opone uno de reacción de igual o mayor magnitud. Así, el inesperado y ciertamente doloroso triunfo del NO en el plebiscito del 2 de octubre ha sido contestado por una masiva, efervescente y permanente movilización social ciudadana, que como lava hirviente, hace ebullición ora aquí, ora allá, en toda la geografía nacional, y da cuenta de un estado de conciencia social que, aunque no traducido institucionalmente, ha adquirido protagonismo en el país y ha balanceado la correlación de fuerzas políticas.

Este panorama revela una inversión en la tendencia política nacional que nos ha traído a la actual situación, con una extrema derecha que continúa ganando a fuerza de miedo y de manipulación, pero con una oposición democrática y progresista que ha crecido al punto de pararse de frente. ¿Cómo ha podido llegarse a esta situación?

Colombia vive una enorme crisis social que, siendo atávica, ha hecho metástasis en la movilización política en el último sexenio, al punto que podría decirse que en lo corrido de la década, el país ha experimentado un “cambio de ciclo político”. En efecto, aunque la crisis social en el país ha corrido pareja con su historia, en el pasado la misma fue conducida por el tándem partidos-medios-militares-narcos hacia posiciones autoritarias de poder, usando a la insurgencia como pretexto y, bajo la “seguridad democrática” de Uribe. De esta forma, se configuró una sociedad fuertemente controlada, con rasgos incluso fascistas, como la extremada violencia con que se trató al conflicto social en el país.

Sin embargo, la viabilidad de mantener este modelo estuvo siempre atada a la capacidad de la economía nacional y estatal de mantener franjas de orden y bienestar, al menos para ciertas clases medias, y esa capacidad de reciclaje de la economía dependía de la suerte de los commodities o materias primas que dominan la estructura de las exportaciones colombianas (petróleo y derivados, carbón, ferroníquel, oro, esmeraldas).

Uribe tuvo la suerte (y nosotros la desgracia) de llegar al poder en medio de un boom de precios de commodities como no se viera en décadas, y con esos ingresos pudo, de manera correlativa, financiar el esfuerzo bélico (con ayuda de países extranjeros y del empresariado vía “impuesto al patrimonio”), y a la vez, comprar a la ciudadanía a través de políticas asistenciales de corte populista, como “Familias en Acción”, para dar un ejemplo. Su poder y popularidad estuvo sostenida tanto en el crecimiento de una pequeña clase media beneficiaria del boom de materias primas como de la política populista que implementó, amén de una muy bien aceitada maquinaría mediática que operó a todo ritmo en su favor.

Empero, este modelo era frágil precisamente en esa, su base material, y a partir de 2010 el vestido comenzó a descoserse y la “cuestión social” a emerger en toda su fuerza y crudeza. La primera oleada de esto que llamo “cambio de ciclo político” sucedió precisamente en enero de 2010, cuando Uribe impuso la “emergencia social en salud” y publicó una serie de decretos, derogados posteriormente por la Corte Constitucional. El problema de la salud, tan caro para los colombianos, evidenció que la crisis era severa y, desde entonces, no ha hecho más que agravarse.

La primera oleada de oposición progresista tuvo su expresión ideológica y política en la “marea verde” de Mockus, y culminó con su derrota electoral: aunque este fuera un movimiento político bastante contradictorio y hasta light en su programa, el despertar de las clases medias a la política, la enorme movilización real y virtual que significó (esta última en proporciones inéditas en el país), supuso la campanada de alerta de un cambio incipiente de conciencia y de formas políticas en el país.

En 2011 arranca la segunda oleada política, con las manifestaciones estudiantiles contra el proyecto de reforma de la Ley 30 de educación superior, y se despliega y extiende en años posteriores, a través de mingas, paros campesinos y del sector judicial, huelgas y una intensa movilización a todos los niveles. Algo se había hecho claro: la contención manu militari del movimiento social operada durante al menos dos décadas, había terminado su capacidad de cortarlo, y ahora nuevos actores sociales salían a escena, una y otra vez, cambiando en parte la dinámica política nacional. Esta segunda oleada, sostengo, culminó en la victoria electoral de Santos en 2014, aunque el factor de la movilización social sigue vigente y hasta crece de año en año, develando así las profundas desigualdades y contradicciones de nuestro modelo económico.

La tercera oleada corre paralela a la segunda y la sobrepasa: arranca en 2012 con el inicio de las conversaciones de paz entre el gobierno y las FARC-EP, y ha culminado el 2 de octubre con la tan inesperada victoria del NO en el plebiscito para la refrendación de los acuerdos logrados entre Estado e insurgencia. Con estas negociaciones se pusieron sobre la mesa aspectos centrales del problema social colombiano, tales como la absurda y faraónica desigualdad en la propiedad y uso de la tierra en Colombia, con latifundistas acaparando y especulado con ésta, amén de evadir impuestos, mientras las comunidades campesinas sufren los horrores de la desposesión de la tierra, de la violencia y del narcotráfico.

La catalización sobre la conciencia social que estos acuerdos han tenido, especialmente en el último año, ha sido muy importante, porque un sector bastante amplio y diverso de la sociedad, empezando por las clases medias, ha entrado en la arena política, encontrándose allí con organizaciones y movimientos sociales que han luchado toda la vida. Esta convergencia se expresa de manera electoral en el ajustadísimo margen de victoria del NO en el plebiscito.

Piénsese en lo siguiente: hasta 2010 las fuerzas de ultraderecha en el país, capitaneadas por la alianza uribismo-conservadurismo-iglesias, ganaban las elecciones con una comodidad superlativa, en tanto que el 2 de octubre apenas si lo lograron hacer por 50.000 votos, en unas elecciones que, por primera vez, fueron de carácter limpio y a conciencia, entendiendo por tal que al no haber reposición de votos, no había otro incentivo para la participación electoral que la conciencia (o mala conciencia por parte de los del NO) de lo que estaba en juego. Así, y si bien muchos desde la izquierda sabemos que tácticamente se perdió porque los partidos no movieron su “maquinaria electoral”, ética y políticamente debe valer para nosotros, y mucho, el que este empate estricto sea el fruto de una espontánea, plural y masiva participación política de la ciudadanía, además de los movimientos sociales.

Ahora hemos entrado de lleno en la cuarta oleada política, y el panorama se presenta confuso y sinuoso, pero no predestinado. Hay que ser conscientes que todo el escenario moderno comenzó con la crisis de la economía y el régimen político colombianos, y ello no ha sido superado, sino que hace cada vez más metástasis ideológicas y políticas, que atraviesan incluso a los votantes del NO. Muchos de ellos votaron en parte desde la rabia, a diferencia de nosotros, que lo hicimos desde la esperanza.

Varios de los argumentos que esgrimieron dan cuenta de ello: que la reforma tributaria era para costear a la guerrilla, que habría una “ley barreras” que imponía tributos a los pensionados para tal fin, que se iba a financiar a las FARC a costa del erario público, que los salarios a entregar a los guerrilleros eran injustos, incluso, que Colombia podía terminar como Venezuela; son indicativos de que, al menos a un segmento importante de la población, le importaba sobre todo, la cuestión económica. Esto no es lo único, pero tampoco es de poca monta.

Y tal vez haya algo de nostalgia por los “buenos años” del gobierno o cuasi-dictadura de Uribe, cuando los commodities tenían precios altos, un cierto y pequeño sector de clase media había emergido y, en general, se podían comprar conciencias bajo programas populistas de subsidios condicionados (nuevamente “Familias en Acción”). De ser así, el panorama es difícil, porque la crisis de los precios de las materias primas llegó para quedarse, las reformas de “ajuste fiscal” (aumento del IVA, reforma pensional, privatizaciones etc.) se implementarán y el descontento social irá aún más en auge, como lo reconocen hasta los directores del Banco de la República.

La comparación que se está haciendo de lo sucedido el 2 de octubre con el fenómeno del Brexit debe extenderse a la del auge de los nacionalismos xenófobos en Europa, e incluso a la del fenómeno Trump en Estados Unidos. En todos los casos hay un hilo conductor: las crisis sociales desatadas están haciendo polarizar la situación y, salvo en el caso español con el auge de Podemos, están siendo capitalizadas por la extrema derecha.

Porque las crisis económicas, como la actual, suelen resolverse por los extremos, no por los centros, y en nuestro caso está claro que un importante sector de la sociedad vira o, más aún, se mantiene en su apego a la extrema derecha, ante una situación social que cada vez empeora más y una izquierda que, si bien mejora al menos en esta última elección su capital político, no logra de ninguna manera convertirse en alternativa de poder. Pero eso no debe hacernos perder de vista que es mucho más grande e importante la inflexión de un sector mucho mayoritario de la población hacia posiciones democráticas y progresistas.

Quizás a la noche de Walpurgis del 02 de octubre le haya llegado también su domingo de pascua.

Publicado el: 15 Oct de 2016

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Julián Sorel
Licenciado en filosofía por ocasión, opinador por vocación, espíritu decimonónico por convicción