Conservación, ecosistemas emergentes y sustentabilidad

Hablar de sustentabilidad o sostenibilidad nos remite de manera inexorable a repensar procesos productivos, prácticas de consumo y las relaciones entre el ser humano con la Naturaleza.

Opina - Ambiente

2017-11-02

Conservación, ecosistemas emergentes y sustentabilidad

La presencia incontrastable de la especie humana en el planeta Tierra y los claros efectos negativos que dejan los procesos y las actividades antrópicas desplegadas durante siglos, pero aceleradas quizás en los últimos 50 años, hacen pensar en la urgente necesidad de revisar procesos productivos, modificar prácticas de consumo y en general, a establecer límites a específicas acciones antrópicas de especial impacto ambiental y ecológico sobre frágiles ecosistemas naturales-históricos.

Entonces, hablamos desde hace años atrás, de sostenibilidad ambiental y más recientemente de sostenibilidad o sustentabilidad, problemáticos términos y categorías que, al devenir interdisciplinares y sistémicas, en especial la segunda, se nos presenta como un reto y quizás una meta inalcanzable si examinamos los efectos y los daños que como especie dominante hemos provocado a Gaia.

Y en ese proceso de consolidación de lo que sería una segunda etapa del largo e ineficaz proceso de concientización ambiental del grueso de la población humana y en particular de las élites económicas y políticas tanto de los países denominados “desarrollados”, como de los que buscan alcanzar algún nivel de desarrollo, pareciera que trasladáramos la operacionalización de las decisiones y las actividades de carácter sostenible o sustentable, a procesos externos a la condición humana, como si la transformación de la naturaleza obedeciera a lógicas y discursos alejados de esa propia  condición que deviene compleja.

Por lo anterior, señalo que la (in) sostenibilidad o la (in) sustentabilidad tiene un fuerte arraigo en la condición humana en tanto que, como especie dominante, consciente o inconscientemente,  no solo tomó distancia de la Naturaleza, sino que culturalmente justificó -y seguirá haciéndolo-, los procesos de transformación de unos  ecosistemas naturales cuyos servicios ecosistémicos poco o nada son tenidos en cuenta porque el proyecto humano moderno, deviene profundamente avasallante, hasta el punto de hacer inviable la vida humana, en especial en ciudades que crecen de manera desordenada, expandiendo sus instalaciones a territorios rurales y selváticos que se resisten a esa apuesta de desarrollo.

De esta manera, aparecen territorios insostenibles ambiental y socialmente porque el territorio es mirado como un mero sustrato, si evaluamos el agotamiento de fuentes de agua, el empobrecimiento de los suelos por la creciente urbanización, por la desaparición de ecosistemas naturales (bosques y humedales), por la consolidación de  prácticas agroindustriales y la ganadería extensiva, entre otras acciones antrópicas; dichas transformaciones del territorio empiezan a producir territorialidades que devienen asociadas al consumo, pero especial y dramáticamente a  la profundización del distanciamiento de la especie humana de los ecosistemas naturales-históricos y al vaciamiento del sentido de la vida.

Por ese camino, entonces, no es posible separar la discusión de la sustentabilidad o la sostenibilidad del lugar dominante que el ser humano logró alcanzar sobre especies animales y vegetales sobre las que ejerció todo tipo de presiones y acciones de depredación, a partir de largas y sostenidas acciones discursivas de subvaloración, en el marco de un deseado mundo artificial que poco a poco aparece, como una suerte de macro ecosistema emergente.

Y en ese proceso cultural en el que se desconocen finas y frágiles conexiones ecológicas, la conservación ambiental, como discurso y práctica social y política, viene sufriendo profundos cambios, justamente por la aparición de ecosistemas emergentes.

En especial aquellos que son frutos de actividades antrópicas de gran calado como el arrasamiento de ecosistemas boscosos para dar vida en esos territorios, a monocultivos como la Palma Africana, la caña de azúcar y plantaciones de coca, entre otros.

Y es allí en donde el discurso ambiental tendiente a la conservación, muy propio de los años 60 y 70, se va poco a poco diluyendo en la valoración de ecosistemas emergentes cuya funcionalidad ecológica y sus “servicios ambientales emergentes”, parecen convencer a quienes otrora defendían a dentelladas la conservación.

Las sucesiones ecológicas, por actividades humanas o por ciclos naturales y la aparición de ecosistemas emergentes no pueden terminar justificando procesos de intervención humana que desechan no solo el principio de precaución, sino que dejan de lado el desconocimiento que aún tenemos sobre el funcionamiento de la Naturaleza en su conjunto y en particular de frágiles ecosistemas que al ser fundamentales para la vida humana y la supervivencia de especies vegetales y animales, deberían de conservarse, ante las enormes dudas que se suscitan sobre los nuevos servicios ambientales que pueden o podrían prestar los ecosistemas emergentes.

Así entonces, hablar de sustentabilidad o sostenibilidad nos remite de manera inexorable a repensar procesos productivos, prácticas de consumo y las relaciones entre el ser humano con la Naturaleza, en el marco de un proceso más amplio de comprensión de una condición humana arrogante y con la enorme capacidad de usar el conocimiento científico en beneficio de empresas a las que solo les interesa alcanzar mayores ganancias, a costa de la pérdida de especies y de delicadas conexiones ecológicas que a pesar de los avances de las ciencias ambientales, mantienen y mantendrán estadios constantes de ignorancia en un ser humano del que hay que demandar, sobre todo, prudencia y respeto por un entorno del que infortunadamente supo tomar una equivocada distancia.

 

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Germán Ayala
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.