¿Cómo debatir en una sociedad cansada del otro?

Opina - Sociedad

2017-02-18

¿Cómo debatir en una sociedad cansada del otro?

Quiero empezar diciendo que esta no era la columna que había pensado escribir. Inicialmente, mi idea era hacer una retahíla de argumentos por las que considero que nuestra sociedad se ha vuelto apática y desinteresada al extremo, pero al escuchar a Jonathan Pie, un reportero satírico creado por el comediante y actor inglés Tom Walker, hablar sobre la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, de la decisión del Reino Unido a salirse de la Unión Europea, y de cómo al casi nulo debate que existe actualmente en nuestra sociedad explica  estos resultados, entendí el error que estaba a punto de cometer: iba a etiquetar al que piensa diferente a mí como tonto, sin tomarme el tiempo si quiera de escucharlo, mucho menos de entenderlo.  Así que cambié de opinión, y en mi afán de perpetuar mi convicción para nunca cometer ese mismo error, escribí ésta columna.

Tom Walker en su interpretación del reportero Pie, la cual considero magistral y profundamente sabia, toca muchos temas, pero lo que dejó en mí fue esta idea: nos hemos convertido en personas tan convencidas de nuestra opinión, la hemos repetido tantas veces en nuestras cabezas, la hemos constatado tanto con personas que piensan igual a nosotros, que ya no aceptamos la posibilidad que exista otra forma, diametralmente opuesta a la nuestra, de ver la realidad.

Hemos olvidado que argumentar no se trata de estar equivocados o acertados, sino de entender la forma en que otros ven el mundo. Nos hemos convertido en personas tan convencidas de nuestra propia inteligencia, tan ensimismados estamos en nuestras pequeñas burbujas llamadas realidad, que ya no debatimos con el otro.

A ese, el diferente, ya no lo escuchamos. De hecho, lo ignoramos y hasta lo despreciamos, porque simplemente no compartimos su opinión de la realidad. Y, si por azares del destino nos topamos con la incómoda obligación de hablar con él, lo atacamos. Utilizamos sus argumentos no para entenderlo, sino para destruirlo. Hacemos todo para desvirtuar su posición, y que así él tenga que hacer silencio y someterse a nosotros. Y ganar. Porque todo se ha convertido en una competencia, en esta sociedad de rendimientos máximos que llamamos actualidad. Todo es una lucha por ver quién es más inteligente, más elocuente, más sabio o más poderoso.

Por eso frecuentamos espacios donde adulan nuestra inteligencia, donde nos hacen sentir mejor con nosotros mismos. Por eso evitamos hablar con nuestros contrincantes, y en cambio los etiquetamos de mentirosos, estúpidos o ignorantes, desvirtuando su opinión frente a toda los demás. Porque claro, nosotros tenemos razón, no ellos. Estamos radicalizados, y obligamos al otro a radicalizarse, o rendirse. Los Congresos del mundo, ágoras que antaño aglomeraban cientos de puntos de vistas diferentes expresados desde el respeto y la crítica constructiva, se han convertido en ring de boxeo. Y no lo digo de forma figurativa.

Imagen cortesía de: Clases de Periodismo

Y claro, esto no se resume a los líderes políticos, no, por el contrario, nos toca a todos. En nuestros hogares, donde ignoramos, e incluso nos burlamos, de ese que se viste, habla y piensa diferente; hasta los espacios académicos, donde ridiculizamos de ese compañero solo porque no piensa como nosotros. Todos, y me incluyo, nos hemos cerrado a la discusión constructiva. Eso sí, hablo de todos como sociedad, no como individuos, porque hay algunos casos en Colombia que nos siguen demostrando cómo se debe debatir.

Y así, al final, llegamos a la verdadera pregunta: ¿cómo podemos debatir en una sociedad que está tan cansada del otro? Bueno, la verdad es que no creo que haya una fórmula mágica, pero podríamos empezar escuchando al otro, no solo a oírlo mientras esperamos nuestro turno para hablar, sino escucharlo para entender su posición, para conocerlo, para ver desde sus ojos. Y así, tal vez, dejaremos de verlo como estúpido sólo porque nos contradice y empezaremos valorarlo, a él y a su opinión, incluso cuando estemos totalmente en contra de ella.

Y, sobre todo, debemos dejar nuestro inmenso ego a un lado. Entendamos, y créanme que lo digo más para mí que para ustedes, que nuestra opinión no es La Verdad. Hay más de 46 millones de verdades solo en este país y todas tienen algo que enseñarnos.

Estoy seguro que si la mayoría de nosotros empezáramos a escuchar y a conocer al otro, en pocos meses volveríamos a debatir, respetuosa y constructivamente, sobre esos temas que hoy son intocables, erigiríamos puentes donde hoy hay brechas casi insalvables. Y crearíamos en pocos años una sociedad donde vuelva a estar permitido disentir, donde todos conozcamos el valor que tienen las opiniones del otro: exactamente el mismo que la mía.

 

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Javier Villalba
Internacionalista de la Universidad del Norte. Investigador publicado en temas de posconflicto, seguridad urbana y crimen organizado. "Nos convertimos en lo que pensamos" decía Buddah.