Colombia en la “olla”

Opina - Judicial

2017-08-12

Colombia en la “olla”

El 30 de abril de 1984 el sicario Byron Velásquez Arenas, en medio de la lucha del Estado colombiano contra el narcotráfico, asesinó vilmente a Rodrigo Lara Bonilla, ex ministro de justicia y uno de los mayores bastiones en la lucha contra el narcotráfico de este país. En ese momento Colombia estaba sumido ante el enorme poder de los otrora carteles que delinquían desde el Valle hasta La Guajira.

Velásquez era solo la punta de un iceberg respecto de los reales asesinos. Con su gran poder económico y político los narcos sometían al Gobierno de Belisario Betancur. Pablo Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín, llegaba a ser congresista de la República; de hecho, se conoció posteriormente que Escobar fue uno de los autores intelectuales del asesinato de Lara Bonilla.

Sin embargo, hay piezas que no encajan en el crimen de Lara Bonilla. 23 años después, en 2007, Rodrigo Lara Restrepo, hijo del asesinado Lara Bonilla y actual presidente de la Cámara de Representantes, se desempeñaba como zar anticorrupción bajo el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez.

En diciembre de ese mismo año, el diario estadounidense Nuevo Herald reveló un testimonio de la hermana de Lara Bonilla, quien aseguró que su hermano sabía que si le hacían un atentado serían los dueños de un helicóptero y un avión con cocaína que habían sido incautados en el complejo cocalero más grande del país: Tranquilandia. El meollo del asunto radicó en que, según el testimonio, Álvaro Uribe Sierra –papá de Álvaro Uribe Vélez- tenía relaciones con el hecho; dado que, el helicóptero allanado era presuntamente propiedad de Uribe Sierra.

Esa situación provocó que Lara Restrepo renunciara como zar anticorrupción, pese a que en su momento adujera “motivos personales” y no la presión política en la que el país le cuestionaba si desconocía que el papá –Álvaro Uribe Sierra- de su jefe –el ex presidente Álvaro Uribe Vélez- estuvo presuntamente involucrado en el asesinato de su padre. Así pues, las piezas del crimen siguen sin estar completas, siguen sin revelar cuáles actores políticos y económicos que se favorecían del narcotráfico fueron también responsables del crimen.

Pero el acontecimiento de Lara Bonilla no fue suficiente para acabar con el narco-Estado que se erigía desde la década de los 80. Vamos a la actualidad. En el mes de mayo de 2016 la Policía, la Fiscalía y el Ejército se tomaron el “Bronx” en Bogotá, la olla más grande de Colombia. De igual manera la Policía intervino otras 23 ollas del país, entre las que se encuentran 4 de las más grandes: “El Calvario”, en Cali; “Casa del humo”, en Bucaramanga; los barrios “Popular” y las “Delicias” de Villavicencio; y en Medellín el centro y algunas comunas.

Un negocio que, según el estudio sobre el sobre impacto económico y social del comercio de estupefacientes en pequeña escala del Departamento Nacional de Planeación –DNP-, movió en el año 2015 6 billones de pesos, equivalentes al 0,75 del PIB, como consecuencia del aumento del consumo de drogas ilícitas en el país. De los cuales, solo 300.000 millones corresponden a las ganancias ligadas al cultivo y producción; $2,5 billones a la banda delincuencial que la distribuye y $3,2 billones a los expendedores de droga que la ponen en las calles para el consumo.

Con un negocio tan jugoso es sencillo comprar conciencias y hacer arreglos institucionales para subsistir en la economía criminal. Además del enorme despliegue armado y de la estrategia de atención integral de las instituciones estatales durante el 2016, hoy en día el problema del narcotráfico y microtráfico continúa, en el fondo se reorganiza, evoluciona y empeora.

Una historia que no ha tenido tanto despliegue en medios, en comparación con la de Lara Bonilla, pese a que ambos lucharon contra el flagelo de las drogas, es la de Óscar Javier Molina; un funcionario que durante 15 años trabajó en la Secretaría de Integración Social de Bogotá de la mano con habitantes de calle, luego de haber sido uno de ellos. Le llamaban “el funcionario de mostrar”, con su habilidad para estar en la calle y la forma de abordar a quienes la habitan, Molina recorría los caños y ollas más grandes de Bogotá para ayudar a esas personas que ignoramos y que el ex funcionario les invitaba a pasar navidad en su casa.

Conocía la situación del “Cartucho” y del “Bronx” mejor que los oficiales de inteligencia, sabía que estos espacios de drogadicción son lo más parecido a una mina. Todos los consumidores buscan la forma de aliviar su adicción y consiguen el dinero para comprar la sustancia. Un negocio que comparado con la minería criminal -que produjo 7,1 billones de ganancias en el 2015- significa un fenómeno que va más allá de la demanda o del consumo. Molina sabía que quienes están detrás de estos espacios no son simples delincuentes, son bandas criminales, paramilitares y hasta políticos.

Javier Molina sabía también que su labor significaba quitarle consumidores a estos grupos delincuenciales, y por lo tanto, dinero. A sus 28 años, el 28 de septiembre de 2013, un hombre entró a su hogar y le propinó 3 disparos en la cabeza, frente a su esposa. Nadie supo qué sucedió y la Fiscalía nunca determinó quién fue, siquiera, el autor material del hecho.

Ese mismo año -2013- la Policía ecuatoriana entregaba a la justicia Colombiana a Óscar Alcántara González, conocido con el alias de “Mosco”. Este hombre era requerido por homicidio y por estar señalado como uno de los jefes del “Bronx”. Su influencia se extendía desde Bogotá hacia otras cuatro zonas de Ecuador.

Habitantes de calle, comerciantes y muchos jíbaros de la zona describían a “Mosco” como uno de los grandes jefes del “Bronx” y sus alrededores. De acuerdo a algunos testimonios, “Mosco” se movilizaba en camionetas fuertemente blindadas y con hombres armados que le escoltaban. La pregunta es ¿por qué una persona de este talante deambulaba por Bogotá y Quito, Ecuador, como si no fuera un peligro para la sociedad? ¿Acaso sus tentáculos van más allá del simple micro tráfico, acaso hay complicidad política?

De hecho, uno de los factores que más preocupan es que el pasado 28 de julio de 2017 el Juzgado 24 de ejecución de penas de Bogotá le concedió la libertad a “Mosco”; quien no estaba purgando pena por las investigaciones que realizaron las autoridades por el “Bronx”, sino por el homicidio de Luis Alberto Obregón Robledo, conocido como “Caleño”, registrado el 21 de abril de 1997. De acuerdo con la Policía, “Caleño” fue uno de los jefes de las mafias de la extinta calle del Cartucho, en el centro de Bogotá. Lo que significa que el poder de “Mosco” data de décadas atrás, y que si fue capaz de asesinar a un personaje de su talante, no le hubiera temblado la mano haberse quitado de encima a un personaje como Javier Molina.

La condena contra “Mosco” inicialmente fue de 40 años de prisión y posteriormente se la rebajaron a 25, la cual pagaba en su casa desde 2015. Un año después, Alcántara pidió ante el juzgado su libertad condicional con el argumento de haber cumplido las tres quintas partes de la pena.

La historia de Lara Bonilla y la de Molina es la radiografía palpable de un fenómeno de nunca acabar. El demonio de las drogas se llevó por delante a dos grandes personajes, pero hay que ir más allá.

Al final, ambos son crímenes que recuerdan que el problema del narcotráfico y del micro tráfico no se puede reducir a entrar con el pie de fuerza del Estado a arrasar con las ollas, tampoco mediante la asistencia integral de los drogodependientes.

El problema radica en que, tácitamente, existen grupos económicos, políticos y actores tras bambalinas que se lucran del narcotráfico pero que no han sido identificados, actores que siguen impunes y de los cuales poco se conoce.

 

( 1 ) Comentario

  1. Excelente artículo. Oportuno y bien escrito y que toca puntos claves sobre la paradoja de Lara Restrepo sirviéndole al gobierno del execrable sujeto. Solo quisiera hacerle una precisión: el asesino directo de Lara Bonilla, el parrillero que disparó sobre él, no era Byron Velásquez Arenas, sino Iván Darío Guisao Várgas. Byron Velásquez Arenas era un menor de edad que conducía la motocicleta y que fue capturado. A Guisao Vargas lo silenciaron los agentes del DAS en la persecución posterior al homicidio.

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Esteban Salazar
Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales. Candidato a Magíster en Gerencia para el Desarrollo. Amante de la vida, la política y la música. Trabaja por el país, el país que nos merecemos.