Cien años de polarización

Opina - Sociedad

2017-07-19

Cien años de polarización

Detrás de ese legado binario donde siempre hemos resumido la política en dos partidos políticos o en dos grandes figuras del Estado se esconde un fenómeno que, a veces, resulta más agudo y, en otras ocasiones, se esconde para no ser detectado: la polarización.

La polarización política se entiende como el proceso o el espacio donde la opinión de los ciudadanos se ve dividida por dos opuestos o dos posturas extremistas. Si bien en este caso no se trata de quién es uribista y quién es santista (pues los dos vienen del mismo lado), se trata de las posturas por quienes le apuestan a la paz y quienes le apuestan a la guerra.

Podríamos ser más generales y decir que se trata de una nueva confrontación ideológica entre la derecha y la izquierda, pero no todo el que apoya la paz es izquierdista y no todo el que le apuesta a la guerra es derechista. Esa polarización en Colombia resulta ser uno de los fenómenos que más afecta la convivencia y el sano debate de ideas y argumentación.

La polarización no solo genera mayor fragmentación sino que causa, también, efectos colaterales como la violencia en el lenguaje y la estigmatización de individuos o colectivos generales.

Las diferencias entre liberales y godos fue polarización; el fenómeno de las guerrillas y los paramilitares surgió de la polarización; los procesos de paz con Belisario y Pastrana generaron polarización; el exterminio de la UP y la Constitución del 91 también generaron polarización.

La calumnia de Uribe contra el periodista Daniel Samper; la etiqueta de “castrochavista” a todo aquel que votó a favor del proceso de paz; las ofensas reiterativas entre los usuarios de las redes sociales de “paracos” “burribistas” “farcsantistas” y otras cuantas palabras salidas de contexto que llegan, incluso, a las amenazas de muerte, son ejemplos de una tradición que nos hace pensar que todo hecho relacionado con la política causa polarización y división.

Este fenómeno en Colombia ha permanecido desde hace varias décadas y siempre lo olvidamos porque suele disfrazarse muy fácil de polémica o de Presidente de la República. En la actualidad, la polarización es generada por la coyuntura política que deja la falta de comunicación e información sobre los Diálogos de La Habana, la falta de memoria sobre la injusticia detrás de los escándalos de las chuzadas, los falsos positivos, la Ley 100, el mal llamado proceso de paz con los paramilitares y otros cuantos episodios que Uribe generó por mantener en alto la bandera de la Seguridad Democrática.

El fanatismo en que han incurrido algunos seguidores del Centro Democrático ha despertado no solo el posible odio de ellos sino de quienes están en desacuerdo con este tipo de posturas. Tan exitosa ha sido su labor de sembrar discordia que muchos, no todos, terminan por caer en ese juego donde se olvida la argumentación y el diálogo y se pasa a las ofensas, a las falacias ad hominem y a las amenazas.

Para muchos resulta un tema de poca importancia o una exageración. Pero de momentos como ese en el que se pasa del debate a la ofensa es que se crea el escenario de violencia del cual queremos salir. Si partimos de la filosofía política de Carl Schmitt, filósofo y pensador del partido Nazi en la Segunda Guerra Mundial, la política se divide en la lógica de amigo-enemigo donde el individuo que esté en mi contra puede suscitar un debate que puede incursionar en un escenario de armas y violencia, pues al haber necesariamente una figura enemiga, la posibilidad de llegar al conflicto bélico es permitido pues el objetivo será invalidar y reducir por completo la postura contraria o, en palabras de Schmitt, la postura enemiga de la política.

Como hemos pertenecido a una historia enmarcada por la guerra, la visión por el otro está completamente destruida y la tolerancia ante la diferencia de ideas o creencias también ha resultado caer en una crisis ética y de convivencia. Con esto se habla de que la falta de escucha y del ejercicio de solucionar diferencias a través de la palabra y el debate generan posturas extremistas y tercas que no permiten o no toleran escuchar aquello que les resulta impensable o poco probable.

Hemos permitido que la cultura de la unidad (no unidad en medio de la diversidad) y de la verdad suprema supere la oportunidad de escucharnos y de crear una solución conjunta que afecte a la menor cantidad de gente posible. Desde siempre hemos sido una sociedad polarizada que simplemente muta de circunstancias o de figuras públicas. Es por ello que uno de los retos de nosotros y de los que le apuesten a la educación es construir comunidades que adopten el ejercicio de escucharse y de entenderse.

Hay que procurar ir hacia la construcción del debate público y evitar los instantes de ira donde nuestras palabras se tornan retadoras y amenazantes.

Somos una sociedad tan fragmentada, que inclusive en los momentos de unión cuando juega la Selección Colombia, hemos llegado a asesinar en medio de las celebraciones. Desde la erradicación del fanatismo por figuras públicas hasta reconocer que el color de una camiseta no es sinónimo de objetivo militar. Ese tipo de espacios hay que cambiarlos, no puede ser posible que una circunstancia o una persona nos divida como comunidad.

No está mal ser de una ideología o de otra, lo que está mal es permitir que un símbolo sea más que el movimiento o el partido, o que el momento histórico sea más que el porvenir y el progreso del país. Y no niego que un proceso de paz y el cese de una guerra que lleva más de 50 años no genere una coyuntura y un momento de roces e intensos debates, pero si llevábamos tanto tiempo en guerra por qué seguir insistiendo en violentarnos los unos a los otros.

El bien común y la tolerancia están por encima de la verdad que proclama un ex presidente lleno de ego. Si las víctimas perdonaron y evitaron esa polarización, ¿por qué nosotros no?

 

Jorge Andrés Osorio
Estudiante de filosofía y letras. Interesado en reconstruir historias y narrar al país desde el periodismo. Trabajo temas en cultura, sociedad, memoria, conflicto y literatura.