¿Cambio? ¿radical?

La nefasta confusión de los intereses particulares con los públicos han marcado el trasegar político de esta agrupación, lo que la hace el partido más corrupto entre los que figuran en el espectro político colombiano.

Opina - Política

2017-10-04

¿Cambio? ¿radical?

El Partido Radical fue el nombre que el Liberalismo decimonónico adoptó en la incipiente Nueva Granada de la época de la gran reforma del medio siglo. Venía de la declaración audaz de Ezequiel Rojas en el periódico El Aviso, en la cual adoptaron el credo romántico y optimista de la Revolución de 1848.

Se denominaron Gólgotas, porque al decir de José María Samper en la reunión de una de las Sociedades Democráticas, ellos eran portadores del credo expuesto en el sermón de la montaña por el Mártir del Gólgota.

Tenían fe en que un pueblo iletrado, que apenas despertaba a la independencia, pudiera liberarse de las cadenas con que lo ataban la superstición del campanario y del hispanismo.

En su momento, fueron héroes mal comprendidos que pretendieron hacer germinar la semilla de la modernidad en el desierto de la escolástica y el atraso mental, propios de la nacionalidad naciente.

Un siglo más tarde, algunos personajillos de relumbrón, mimados de las élites. Todos consentidos de las oligarquías y acunados entre los algodones del poder, como que habían ocupado cargos públicos y emparentaban con políticos de viejo prestigio, dando un portazo, abandonaron el viejo Partido Liberal de sus ancestros para fundar una secta que se aprovechó de las ansias populares de transformación de las condiciones de vida y el ejercicio de la política, y se las sumó al nombre de los viejos titanes del partido para fundar un grupúsculo exclusivista llamado Cambio Radical.

Aunque si algo ha caracterizado esta agrupación es precisamente lo contrario de lo que predica su nombre: Sus cuadros dirigentes más importantes, en un gran número, se encuentran sub iudice, vinculados al sucio juego de la parapolíltica; encarcelados, algunos condenados, al punto que es la agrupación política con más militantes investigados por la Administración de Justicia.

La feria de contratos, la nefasta confusión de los intereses particulares con los públicos, han marcado el trasegar político de esta agrupación, lo que la hace el partido más corrupto entre los que figuran en el espectro político colombiano.

De modo que la creación de ese supuesto cambio radical no se hizo para acompañar candidatos, ideas, programas, ni expectativas renovadoras y purificadoras del liberalismo progresista y de avanzada, sino para respaldar, desde el principio a oscuros personajes.

En efecto, su primer paso político fue el apoyo a un baladí militante conservador, el insípido e intrascendente Andrés Pastrana: El movimientico creado por caprichosos delfines de Lleras Restrepo y militantes del galanismo, prefirió aliarse con el antagonista, en lugar de purificar desde adentro la heredad paterna y apoyar a los de su estirpe.

Para empeorar el desaire, la agrupación, que ya había alcanzado presencia en el Congreso, en gobernaciones y alcaldías, cuatro años más tarde firmó pacto con el diablo: Cambio Radical con su reputación le dio respiración artificial a una candidatura inane y raquítica que solo alcanzaba el 2% en las encuestas y se hizo a la mar enarbolando las banderas de lo más nefasto que le ha podido ocurrir a la política colombiana: los militantes de Cambio Radical se hicieron recalcitrantes uribistas.

Lo que pasó después es conocido por la opinión pública.

Y como aquí, desde los tiempos de Rafael Núñez, la política, es “dinámica”; y nuestros grupúsculos carecen de ideología, principios y programas de largo alcance, a poco andar, la serpiente mordió a su servidor: el régimen nefando del uribato desató toda clase de persecuciones contra Vargas Lleras, militante de Cambio Radical y nieto del poder, quien alcanzó a sufrir un atentado contra su vida, nunca completamente aclarado.

Se le sometió al ostracismo y al acoso por parte de su antiguo aliado. De hecho, su nombre en el gabinete del Santos, sucesor inicialmente ungido por el tiranuelo, fue piedra de escándalo y el primero de los motivos de disgusto que habría de causar a la postre, el divorcio completo entre el primero y el segundo.

En la reelección del Príncipe vino la luna de miel Santos-Vargas, materializada en términos de fórmula vicepresidencial, edificada con el mismo cemento y los mismos ladrillos que las casas de interés social que el Presidente Santos prometió a sus electores, pero que el inefable Vice capitalizó para sí.

Y, como toda gloria transita hacia el ocaso, al decir de los romanos, llegó la hora del sol a las espaldas para el mandatario. Prudente y calculadamente, el delfín oportunista fue desmarcándose de su mentor.

Pero tuvo la astucia de dejar puntales en los lugares claves del poder: atornilló a un sujeto viscoso y tornadizo como Néstor Humberto Martínez Neira (ministro del interior de Pastrana), vergüenza de su estirpe, en el cargo más importante de la justicia  penal para que torpedeara en lo posible los acuerdos de paz y persiguiera, si hubiere lugar a ello, a los amigos del presidente.

Y para mayor dramatismo situó en la presidencia de la Cámara de Representantes a un infortunado joven, víctima de la violencia, golpeado de manera horrible por las tragedias de la vida desde sus años más tiernos: El mozalbete Rodrigo Lara Restrepo, apabullado por la sombra inmensa de su inmenso padre, Rodrigo Lara Bonilla, hombre puro y mártir de la democracia y la decencia en un país infame.

Porque el pobre muchachito,  Lara Restrepo, no ha hecho otra cosa que dar tumbos desde que inició su carrera política: no se sabe si forzado por su militancia partidista en Cambio Radical, se vio constreñido a aceptarle a un sujeto despreciable como Álvaro Uribe Vélez, antítesis de la honradez y la decencia de su papá, un cargo público del cual salió al comprender su error.

Lo paradójico es que, pese al estrépito que hizo al abandonar el puesto, ahora como presidente de la Cámara de Representantes está apoyando, nuevamente de hecho, la causa enarbolada por los antagonistas de su progenitor.

En efecto, Lara Restrepo, siguiendo ciegamente las consignas oportunistas del irascible delfín, se apresta a torpedear la implementación de los acuerdos de paz y la reglamentación del Tribunal para la Paz, mientras Vargas Lleras le hace ojitos a la mano derecha que siembra la cizaña, en espera de poder cosechar una presidencia conjunta entre ambos traidores del liberalismo.

Y uno se pregunta, ¿cómo pueden dormir tranquilos en las noches estos muchachos, con tantas incoherencias?

 

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Armando López Upegui
Historiador, Abogado, Docente universitario y Maestro en Ciencia política.