¡Pero somos felices!

Opina - Sociedad

2017-03-03

¡Pero somos felices!

“Es algo tan natural que ya no sorprende. Si se destapan dos o tres contratos más, que demuestren sobrecostos absurdos en una obra, es apenas normal. Que se queden sin almuerzo unos cientos de niños de escasos recursos, mientras los responsables de su alimentación se compran camionetas último modelo, es algo previsible. Sorprendería en cambio, que hubiera un día sin corrupción en Colombia”.

Las anteriores palabras, del primer párrafo de la última carta abierta de la revista Bocas, de El Tiempo, lo dicen todo. ¡Somos felices en medio de la porquería! Nada nos importa y todo lo justificamos a más no poder porque qué interesa si al otro lo roban o lo maltratan o lo atienden mal en una clínica, en un hospital, en un banco, o en cualquier oficina estatal o privada.

Desde que uno esté bien, el resto vale poco. El colombiano es feliz, según dicen algunos estudios, y según creen otros optimistas -que sonríen a toda hora, les gusta el sol y viven en la dicha eterna así se estén muriendo de hambre, y ni siquiera por culpa de ellos, sino de esos corruptos por los que votan, pero a los que no son capaces de pedirles cuentas- pero a la vez, Colombia es el país en donde “la depresión es más alta que el promedio mundial”. (Ver link)

Nuestra querida patria es contradictoria, dicharachera, rebuscadora, indolente, atrasada, inculta, inmoral, ¡pero sus ciudadanos somos felices! Todo el mundo se siente en la gloria y todos celebramos la caída del otro, gozamos con la pérdida del otro, aplaudimos la desgracia del otro.

Y cuando se quieren dar pasos de progreso, como acabar con una guerra, por ejemplo, entonces salen los monseñores y mesías a poner palos en la rueda para que todo siga igual, para que nada cambie, para que sigamos comiendo de la que sabemos y para que sigamos matándonos.

Somos el país maravilloso que deja morir niños de hambre en un departamento. Ese que ve a los “poderosos” mirar por encima del hombro al trabajador, al que se muele el lomo, todos los días, mientras ellos lo desfalcan para satisfacer sus gustos, muchas veces traquetos y mafiosos, que son, claro, otra de las cualidades de los colombianos: chabacanería a más no poder.

Somos el país que dizque tiene una ley antitrámites pero en donde diariamente los burócratas se inventan uno nuevo, y vueltas y vueltas engorrosas, ridículas y absurdas para acabar de moler al pobre, al anciano, al desprotegido, que aún así, sigue sonriendo.

En la carta de Bocas se muestran cifras que escandalizan, pero como la gente no lee, ni se informa, ni sabe lo que es la sindéresis, ni la cordura, sino que opina porque sí, pues le da lo mismo. Al fin y al cabo, con meter a la cárcel a esos que roban no se va a dar una mejor vida a los que cumplen la ley.

Dice Bocas: “Si se suman unos cuántos escándalos al azar -los 2.2 billones de pesos que le costó a Bogotá responder por el carrusel de la contratación; los 8,5 billones que se esfumaron de Reficar; los 11.2 billones de dólares de Odebrecht; o los más de 500.000 millones de pesos que se robaron de programas de alimentación escolar en el Cesar, Córdoba y Norte de Santander-, resulta una cifra de doce ceros que alcanzaría para pagarle un salario mínimo a más de 12 millones de colombianos, un cuarto de la población del país”.

¿Sorprendente, no? Pero qué importa. ¡Que sigan robando para que sigamos siendo felices! Que les sigan embolatando la platica a unos tales pilos que son premiados por eso, por ser pilos, pero que son vistos como espíritus gloriosos que no comen, no se visten, no necesitan recrearse y que, obvio, no se enferman ni requieren pagar arriendos ni transporte.

Y lo peor es que lo “expertos”, los sabiondos, los que pontifican, no hacen sino descubrir que el agua moja. Porque decir que “cada congresista es una empresa política y no el partido, lo que lleva a que consigan al precio que sea su votación”, pues es una verdad de Perogrullo, igual que afirmar que hay que “endurecer las penas de manera que se pueda sancionar de manera efectiva a todo el que sea responsable en hechos de corrupción”. Embustes, populismo punitivo, soluciones a medias, porque si meten a la cárcel al corrupto lo que hacen es favorecerlo. Desde allá, con sus millones robados, que no entrega, manda, ordena, vocifera y controla todo.

Pero todas esas cosas deben cambiar. Aquí lo que hay que hacer es educar. Por eso muchos ya no veremos un país sin corrupción. Pasarán los años y seguiremos en las mismas, porque, como dicen, “loro viejo no aprende a hablar”. La corrupción en el país es parte de nuestra cultura. Así somos. La esperanza, quizás, está en las nuevas generaciones, y claro, también en nosotros, y en los maestros y en los docentes universitarios que deben enseñar con el ejemplo, en sus casas y en sus escuelas, colegios y centros de educación superior.

Recordemos lo que dijo la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, en un discurso del 2015 bastante divulgado: “Cambios radicales se están produciendo en lo que las sociedades democráticas enseñan a los jóvenes, y estos cambios no han sido bien pensados. Ansiosas de lucro nacional, las naciones y sus sistemas de educación, están descartando descuidadamente habilidades que son necesarias para mantener vivas las democracias. Si esta tendencia continúa, las naciones de todo el mundo pronto estarán produciendo generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y entender el significado de los sufrimientos y logros de otra persona”. (Ver link)

Caricatura de Matador para El Tiempo

Luego lo que toca es educar en política, en ciencias humanas y sociales. Enseñar a razonar y a distinguir, en las escalas de valores, entre lo que es correcto y lo que no. “Platón y Aristóteles tenían claro que la esencia de la educación es la política. Los pueblos educan a sus nuevas generaciones para consolidar sus valores y sus instituciones a fin de perdurar en el tiempo. Afirmaban que donde la educación política fracasa, toda la sociedad está en un grave peligro”, decía con sabia razón, Francisco Cajiao en su columna del pasado 21 de febrero. (Ver link)

Pero no podemos hacerlo, educar quiero decir, si nos colamos en el TransMilenio o en los sistemas de transporte de nuestras ciudades, si arrojamos basura a la calle, si nos saltamos las filas, si no recogemos los excrementos de nuestro perro, si cerramos al conductor que nos sigue. No podemos educar y pretender que tengamos un mejor país si nos quedamos con las vueltas mal entregadas por un tendero, o decimos a nuestros hijos que respondan el mal con otro mal más grande.

Ser corrupto no es solo robarse las cifras astronómicas que suelen guardar en sus bolsillos los delincuentes de cuello blanco. Es además, pretender sacar tajada en cualquier negocio; mirar cómo se aprovecha el descuido del otro para “tumbarlo”; activar el egoísmo y la envidia con el fin de vanagloriarse con los trabajos de los demás; poner zancadilla y “correr el butaco” al compañero; plagiar, copiar, o intentar copiar en una evaluación, en un quiz o en una prueba para ascender en un trabajo o para conseguirlo -¡como se ha visto en concursos docentes!-.

Ser corrupto, entre muchas otras cosas, es pasarse una señal de pare, pitarle al de adelante cuando el semáforo está aún en amarillo, exceder los límites de velocidad y transitar en bicicleta por donde se nos dé la gana. Por desgracia, estos comportamientos son los cotidianos del colombiano común, porque eso somos, y porque así somos felices. ¡Viva Colombia!

Ñapa: Revocar a Peñalosa debería ser una lección para los gobernantes que quieren ir en contravía de lo que la mayoría de los ciudadanos desea, pero podría convertirse en una calamitosa y tortuosa situación para Bogotá. ¿Nos arriesgamos o dejamos que siga? Escucho argumentos.

( 1 ) Comentario

  1. la revocatoria si se realiza como acto de inconformismo, o mas bien como acto político??, deberían establecer reglas claras, programas de gobierno completos y específicos ya que lo que plantea un candidato no es lo que realiza, siempre solo cumplen un 10-20% de lo que plantea.
    las veedurias no cumplen su papel, y cuando cumplen son diezmados por el político de turno

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Mauricio Galindo Santofimio
Comunicador social - Periodista, docente universitario. Subdirector de Esfera Pública.